11
El sótano está helado, y tarda un rato en acostumbrarse mis ojos a la oscuridad. Cuando lo hacen, veo una figura oscura hecha un ovillo en el rincón. Es mi hermana, tumbada en un colchón viejo, temblando. Bajo los escalones sentada y me acerco a ella.
—¿Estás bien? —pregunto.
—¿Tú qué crees? Claro que no.
—¿Qué te ha hecho?
Empieza a lloriquear.
—Lo mismo que a ti. Me ha traído aquí y me ha tirado al suelo, nada más. —Alargo la mano para coger la suya pero ella la aparta.
—¿Tendrás moratones? —pregunto.
—No creo que haya caído con suficiente fuerza.
Asiento, desanimada. Un día que papá no estaba, vimos algo en las noticias sobre una niña con moratones sin explicación.
Resultó que su padre le hacía daño y se la llevaron lejos de sus padres.
Mamá apagó la tele rápidamente, pero mi hermana y yo entendimos el mensaje.
Si queremos que alguien nos crea, si queremos escapar, necesitamos pruebas.
Necesitamos moratones. No los de las rodillas de cuando te caes en el patio. Otros más grandes.
Pero no tenemos nada de eso. Papá siempre nos pega en la cabeza donde nadie puede verlo.
—A lo mejor los moratones salen luego —digo.
Ninguna de las dos ha sabido nada de la Srta. Kingdom. Ha estado de guardia en el patio, pero no nos ha dicho nada. No estoy segura de que se lo creyera.
Me siento en el colchón y rodeo a mi hermana con los brazos. Ella se levanta y se arrastra al otro lado del sótano.
—¡Esto es culpa tuya! —dice furiosa entre lágrimas.
—¿Qué?
—¿Por qué le has saludado con la mano a ese hombre? Tenías que saber que iba a enfadar a papá.
—No pensé que se fuera a enterar.
—Entonces es que eres tonta.
—Lo siento.
Me acerco a ella. La única manera de superar esto es cuidándonos la una a la otra. A pesar de todo, siempre nos hemos tenido la una a la otra. Siempre nos hemos necesitado.
Alargo la mano para tocarle el hombro. Pero ella me aparta.