Capítulo 21
Esa tarde Ian abre una botella de vino en la mesa de la cocina y sirve una copa para cada uno.
Es un vino caro que ha traído del duty-free.
Sé que lo hace como gesto de reconciliación, pero no me apetece nada beber y vacío mi copa en la suya y me sirvo un vaso de agua.
Oímos a Paula trajinar arriba, acostando a las gemelas.
Sus lloros resuenan por toda la casa, como siempre a la hora de dormir.
Tengo todo el cuerpo en tensión mientras les escucho.
Ian se vuelve hacia mí y susurra.
—¿No deberíamos ver qué les pasa?
—No. Paula les está enseñando a dormir solas. —Sus gritos me retumban por dentro y siento un impulso primario de ir a buscarlas, pero Paula dice que es fundamental meterlas en una rutina.
Ian da un trago de vino.
—¿Por qué sigue aquí?
—Me está ayudando, consiguiendo que se asienten.
Él asiente.
—Bueno, ya puede irse. Seguro que lo ha hecho muy bien, pero ya no la necesitas.
—Ian, no puedo deshacerme de ella porque tú de repente reaparezca de la nada.
—¿Por qué no? Una doula es un papel temporal, ¿no? Ya estoy aquí. Yo puedo ayudar.
—¿Ayudar, Ian? Eres su padre. Necesito que hagas tanto como yo. Si no, nos quedamos con Paula.
—¿Cuánto cuesta esto?
Frunzo el ceño. Todavía no le he pagado nada.
—Bueno, de momento nada. Cuando no tuve noticias tuyas, ella se ofreció a ayudar a cambio de alojamiento y comida. Pero ahora que has vuelto, quiero pagarle bien por todo su trabajo y por la ayuda en el hospital.
Ian saca la cartera, cuenta unos cuantos billetes de veinte libras y me los da.
—Con esto debería sobrar para lo que ya ha hecho. ¿Por qué no le das las gracias por haberte ayudado y le pides que se vaya?
No lo entiende. No puedo simplemente pasarle a Paula un fajo de billetes y decirle que se marche. Ian no tiene ni idea de lo que Paula ha significado para mí, de cuánto me ha ayudado.
—Es muy de fiar. La necesito.
—¿Y yo qué? Yo quiero estar ahí para las niñas.
—Tú no has sido de fiar, ¿verdad? Te perdiste los partos y te has perdido el principio de su vida. Necesito saber que puedo fiarme de ti, Ian. Y ahora mismo no estoy segura.
Ian se encoge y da otro sorbo de vino.
—Haré lo que sea para demostrártelo.
—Me voy a la cama —digo. —Estoy cansada.
—Quédate un poco más —dice. —Hablemos. Sé que cometí un error. Tendría que haber intentado con más fuerza ponerme en contacto contigo desde Tailandia. Te amo, Katie.
Suspiro.
—Estoy demasiado cansada para esto, Ian.
—Está bien, subiré la copa a la cama, podemos hablar allí.
Pero no quiero hablar. No soporto enfrentarme a todo esto.
Ian se perdió el nacimiento de nuestras gemelas.
No ha estado en los primeros días de su vida.
Y ahora ha entrado tan campante y quiere que sigamos como antes.
La idea de tenerle en la cama a mi lado hablándome parece demasiado.
Tenemos muchísimo de qué hablar, pero ahora mismo solo quiero un poco de paz.
Cuando subimos, él gira a la izquierda hacia el dormitorio principal y yo le agarro del brazo y le retengo.
—No. Paula está ahí.
—¿Está durmiendo en nuestro dormitorio?
—Tenía que hacerlo. Había una gotera en la habitación de los invitados y las otras habitaciones no están arregladas.
—¿Y tú dónde has dormido?
—En la habitación de los invitados. —Empujo la puerta de mi húmedo y mohoso dormitorio y Ian arruga la nariz con una mueca de asco.
—Esto es una locura, Katie. ¿Cómo puede esta habitación no ser lo suficientemente buena para ella, pero sí para ti? Huele a humedad.
Mira alrededor.
—¿Y las niñas dónde están?
—Con Paula —digo, sonrojándome. —Ella les ayuda por las noches.
—Katie, esto es un disparate. No podemos vivir así.
—Lo sé —digo. —Pero tampoco podía hacer que Paula durmiera aquí, ¿verdad?
Me cuesta un poco, pero consigo convencer a Ian de que no irrumpa directamente en la habitación de Paula y que se venga a dormir conmigo en la de los invitados.
—No puedo creer que hayas estado durmiendo aquí —dice Ian mientras se desviste.
—No tenía elección. Necesitaba desesperadamente la ayuda de Paula. Y sin ti no podía permitirme arreglar la gotera.
—Mañana me ocuparé de eso. A ver si puedo hacer algún arreglo. Así Paula puede volver a dormir aquí.
—De acuerdo —murmuro. —Gracias.
Pasa los dedos por el papel pintado que se despega junto al cabecero.
—Esto también lo puedo arreglar. ¿Qué son esas marcas que hay detrás?
—Dibujos, creo. Parecen hechos por un niño.
—Ah —dice Ian distraídamente. —No se me había ocurrido que hubieran vivido niños aquí.
—Ya lo sé. No hay ningún rastro de que viviera una familia aquí, ¿verdad? Nada de columpios viejos en el jardín ni nada por el estilo. Supongo que los dibujos serán de hace años.
—Probablemente —dice Ian mientras se mete en la cama a mi lado. Me rodea con los brazos, pega su torso al mío. —Te he echado de menos —dice.
—Yo también —murmuro adormilada, agradecida por su calor envolviéndome en la cama. Me siento segura de nuevo mientras la casa cruje y gime a nuestro alrededor y el techo se hunde sobre nosotros.
—Te amo.
—Yo también —digo sinceramente. A pesar de todo, todavía lo amo.
Me despierta el llanto de las niñas y compruebo la hora: la una de la madrugada. Me siento en la cama y empiezo a ajustarme el camisón, descubriendo el pecho. Ian se mueve dormido.
Entonces Paula abre la puerta de un empujón, da al interruptor y trae a las niñas a la habitación.
Ian se incorpora de golpe en la cama ante la repentina invasión de luz y ruido.
Mira a Paula con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué hace usted aquí?
—Traigo a las niñas para que las dé de comer —dice ella con naturalidad.
Le pone a Alice en un pecho y a Frances en el otro y se sienta en la cama junto a mí. Como siempre, Alice empieza a mamar con fuerza de inmediato, mientras Frances lo intenta a medias y luego se suelta. Paula vuelve a acercarla, e Ian observa.
—¿Puedo hacer algo para ayudar? —pregunta.
—No —digo, concentrada en Frances.
Cuando termina la toma, Paula se va e Ian se vuelve hacia mí.
—¿Esto es lo que quieres? ¿Paula trayéndote a las niñas a mitad de la noche?
—La verdad que no —admito. —Me gustaría tenerlas justo al lado, poder mirar sin más hacia sus cunas. Pero esta habitación está demasiado húmeda.
—Sabía que esto no podía estar funcionando para ti. Eres su madre. Necesitas estar con ellas.
Siento la añoranza familiar por mis hijas y se me llenan los ojos de lágrimas. Me doy la vuelta para que Ian no me vea la cara.
Me paso la noche dando vueltas, escuchando la respiración honda y tranquila de Ian.
El tiempo se difumina, expandiéndose y contrayéndose mientras entro y salgo del sueño, despertándome con frecuencia y de golpe como si sonaran alarmas.
Pero cada vez que me despierto el aire está cargado con el silencio de la enorme casa.
Hasta ahora. Esta vez me han despertado unos llantos apagados. Me siento en la cama, escuchando atentamente. Los oigo claramente, pero suenan lejanos. No pueden ser mis gemelas. Pero mis instintos no me dejan volver a dormir.
Después de cinco minutos, recorro el pasillo en silencio hasta la habitación de Paula, solo para quedarme tranquila. No se oye nada al otro lado de la puerta. Solo silencio. Deben de estar bien. Dormidas. A salvo.
Me quedo completamente inmóvil y escucho una vez más. Definitivamente oigo llorar a unos bebés en algún lugar, a lo lejos. Deben de ser los hijos de otra persona. Quizás alguien tiene la ventana del dormitorio abierta.
Pero algo no está bien. Estoy segura. Lo noto en cada músculo de mi cuerpo, en tensión, diciéndome que algo va mal. Es el sonido de los lloros lo que me inquieta. Distingo un llanto algo más fuerte, como el de Alice, junto a un quejido más débil, como el de Frances.
Estoy tan convencida de que son mis niñas y sin embargo sé que debo de estar imaginándomelo.
Me quedo de pie fuera de la habitación de Paula, escuchando.
Nada al otro lado de la puerta. Pienso en entrar solo para calmar la ansiedad y luego me imagino intentando justificarme.
Paula tiene a las gemelas en una rutina estricta.
No sabría cómo explicar por qué las he despertado a todas.
Me rindo y vuelvo a nuestra habitación.
—¿Dónde has estado? —pregunta Ian.
—¿Oyes eso? —digo.
—¿Qué?
—El llanto.
Me mira desconcertado.
—No oigo nada.
—Estaba segura de que eran las niñas, pero no se oye nada en la habitación de Paula.
Él se da la vuelta y me rodea con el brazo.
—Debes de habértelo imaginado. Es por estar separada de ellas. Te está poniendo paranoica. Necesitas estar con ellas. Eres su madre y te necesitan.