10
Estamos esperando a que venga el hombre, vigilando desde el enorme ventanal emplomado que da a la entrada. Viene todas las semanas sobre las cuatro de la tarde, con la bolsa colgada al hombro. A veces llega un poco antes, a veces un poco después, pero siempre aparece.
Ya sabemos que no es policía. No tiene pinta de policía en absoluto.
Siempre va con ropa brillante. Creo que puede ser de un equipo de fútbol.
Debe de ser su equipo favorito porque se la pone siempre.
Y no puede ser policía, porque si lo fuera querría castigar a papá.
Pero parece que le cae bien. Oímos sus carcajadas resonando escaleras arriba, antes de que salga al jardín y papá lo ponga a trabajar.
No descansa en ningún momento mientras está en el jardín, y mi hermana y yo miramos fascinadas cómo se le va poniendo la cara roja y sudorosa y se va llenando de barro.
Es casi como si no le importara mancharse, como si lo disfrutara.
Los chicos del colegio son así también. Papá nos mataría si alguna vez nos dejáramos poner así de sucias.
El jardín queda mejor después de sus horas de trabajo. Pero nada más cambia. Me pregunto si papá le paga. Nunca ha pagado a nadie para hacer nada en casa. Dice que es de vagos pagar por un trabajo que puedes hacer tú mismo. Aunque no tiene ningún reparo en hacer que mamá lo haga.
Mi hermana me da un codazo y mis ojos se vuelven hacia la entrada.
Por la ventana, le vemos acercarse a la casa como de costumbre.
Por un momento levanta la vista y creo que puede habernos visto.
Le saludo con la mano con timidez. Él echa la cabeza hacia atrás, mirando fijamente hacia la ventana.
Se me dibuja una sonrisa en la cara y saludo con más fuerza.
Pero ya está mirando hacia otro lado y oímos cómo la puerta principal se abre y se cierra cuando entra en casa.
Solo se oye un breve murmullo de conversación antes de que oigamos abrirse la puerta trasera y nos escabullamos por el pasillo hasta nuestra habitación para verle en el jardín.
No oímos a papá subir las escaleras. No le oímos abrir la puerta de nuestra habitación. Pero grito cuando le veo agarrar a mi hermana y levantarla en el aire, tapándole la boca con la mano para ahogar su grito de sorpresa.
—¡Ahora vuelvo a por ti! —grita. Le oigo bajar las escaleras a trompicones.
Me quedo sentada en el suelo, temblando. En las películas de miedo los niños siempre se esconden debajo de las camas. Pero en las películas de miedo siempre los encuentran, les sacan a rastras sea cual sea el hombre furioso o el monstruo que quiere hacerles daño.
Espero, y vuelve. Cuando me levanta en el aire, yo no me retuerzo ni protesto como mi hermana. Le dejo bajarme en brazos por las escaleras. Y entonces abre una puerta. La puerta al sótano.
Mi hermana grita desde la oscuridad de abajo. Me tiran al borde de los escalones de piedra fría que bajan hacia la negrura. La puerta se cierra a mi espalda y oigo correr el cerrojo.