Capítulo 19
—¿Me estás pidiendo que me vaya? —Paula me fulmina con la mirada, con las mejillas encendidas, furiosa. Coge un cuchillo del escurridor y empieza a secarlo, pasando la hoja una y otra vez dentro del trapo de cocina.
Retrocedo un paso, sorprendida por su reacción.
—Bueno, supongo que sí te estoy pidiendo que te vayas, en cierto modo —digo, sonriendo con nerviosismo. —Lo has hecho de maravilla, pero ha llegado el momento de que cuide yo sola a las niñas. Puedo darte una referencia estupenda.
Paula suspira pesadamente.
—¿Eso es lo que ha sido esto para ti? ¿Una transacción comercial?
—No. No es eso. —Me rasco la cicatriz con nerviosismo, pensando en todo lo que ha hecho Paula por mí.
Veo que tiene lágrimas en los ojos.
—A veces creo que me implico demasiado con mis clientas. Me involucro demasiado. Me importas mucho, Katie. Supongo que no me esperaba que me pidieras que me fuera, todavía no.
Pienso en lo buena que ha sido conmigo, en cómo me ha escuchado hablar de mis preocupaciones por Frances, de mi difícil relación con mamá, de la pérdida de mi padre.
—Lo siento, no lo entiendes. No tiene nada que ver contigo —digo. —Es Ian. No creo que vaya a volver. Y si no vuelve, no puedo permitirme pagarte. Así que tengo que dejarte ir. —Me derrumbo llorando.
La cara de Paula cambia, y veo cómo su rabia se apaga.
—Claro que va a volver —dice, pasándome el brazo por los hombros. —No digas tonterías. Estará desesperado por ver a sus hijas.
—Eso pensaba yo también... pero en realidad creo que me he estado engañando. —La miro de reojo, preguntándome si puedo admitir que no se ha puesto en contacto conmigo. Siento una vergüenza enorme.
—Desde que di a luz no hemos hablado ni una sola vez —confieso, entre lágrimas. Paula me envuelve en un abrazo y me sujeta. Tiemblo de sollozos. —Creo que me ha dejado. —Las palabras me salen atropelladas.
—Todo va a ir bien —dice Paula. —Aunque Ian no vuelva, saldrás adelante. Eres una madre estupenda. Y puedo quedarme un poco más si me necesitas.
—De verdad, no hace falta —digo entre lágrimas.
—Si el problema es el dinero...
—Sé que Ian puede permitírselo. Dijo que estaba encantado de pagar. Pero todavía no ha mandado nada.
—Mira, déjame quedarme unos días más, ayudarte a adaptarte a la vida como madre. Sin coste, si quieres.
Pero no quiero que sea gratis. Quiero pagar lo mío.
—No, Paula. No puedo dejarte hacer eso, es demasiado. Ni siquiera te he pagado por el trabajo que ya has hecho. —Miro al suelo, avergonzada.
—No te preocupes por eso —dice. —Escucha, tú me estás dando alojamiento y comida, ¿no?
—Supongo —digo.
—Pues yo no necesito el dinero. Y quiero ayudarte, Katie. No quiero verte sola así. Así que, ¿por qué no me quedo? A cambio de alojamiento y comida. De esa manera, las dos salimos ganando. Me resultaría muy difícil marcharme ahora; me he encariñado contigo y con las gemelas.
Me quedo mirando el suelo. La oferta parece imposible de rechazar. Me sentiría mucho mejor si Paula pudiera quedarse un poco más. Puedo aprender todo de ella mientras esté aquí, y cuando se vaya ya tendré suficiente confianza para cuidar a las niñas sola. O, si Ian vuelve, con su ayuda.
—De acuerdo —digo. —Si estás segura.
—Te voy a sacar a dar una vuelta —dice Paula al día siguiente. —Necesitas salir de casa. Dejar de pensar en Ian.
—¿Adónde vamos?
—Es una sorpresa. Lo sabrás cuando lleguemos.
—Paula, de verdad que no me puedo permitir mucho.
—No es nada caro —dice con una sonrisa, cambiándole el pañal a Alice con destreza mientras yo me peleo con el de Frances.
Cogemos el autobús juntas y yo meto el cochecito en el espacio reservado. Cuando pongo la tarjeta sin contacto en el lector, se me revuelve el estómago. No estoy segura de que haya suficiente dinero en mi cuenta ni siquiera para este trayecto.
Cuando bajamos del autobús, pasamos por delante de las tiendas. Hay tantas cosas que necesito comprar. Más pañales. Comida. Ropa de bebé. Pero no puedo permitirme nada de eso. Pienso en ver a mamá el otro día. ¿Voy a acabar pidiéndole que me ayude? No puedo dejar que a mis niñas les falten pañales.
Paula mira el reloj.
—Está a la vuelta de la esquina.
—¿Qué?
—El registro civil. Esa es la sorpresa. Te he pedido una cita para inscribir a las gemelas.
Frunzo el ceño.
—No creo que esté preparada para esto.
—Sabes que no vale la pena esperar a Ian —dice Paula. —Tienes que empezar a recuperar el control. Para poder arreglártelas sola, con él o sin él. Te hará sentir mejor, en vez de quedarte en casa dando vueltas con la esperanza de que vuelva.
Asiento. Claro que tiene razón. Sigue sin coger el teléfono. Por las noches, se me pasan por la cabeza todas las explicaciones posibles. ¿Podría haber tenido un accidente horrible? ¿Y que nadie haya pensado en avisarme? ¿O quizás ha desaparecido y nadie lo ha denunciado?
Pero en el fondo sé que la explicación más probable es que me haya dejado.
El estómago se me encoge mientras espero sentada en la sala de espera, observando a las parejas que ocupan el resto de los asientos, con sus bebés diminutos en brazos. Miro a los padres con envidia mientras hacen arrumacos a sus hijos.
Cuando por fin nos llaman al despacho, nos sentamos frente a la funcionaria y ella va rellenando los datos de cada gemela. Cuando pregunta por el nombre del padre, le doy el nombre de Ian.
—¿Están casados? —pregunta.
—No.
—Me temo que, en el caso de parejas no casadas, solo podemos inscribir al padre si está presente en esta cita.
Miro a Paula.
—Ahora mismo está en el extranjero.
—Usted decide si figura en el certificado de nacimiento. Pero si quiere que conste, tendrá que pedir otra cita y venir con él.
—Siempre puede añadirlo más adelante —dice Paula.
—De acuerdo —digo, sin saber muy bien qué hacer.
—Dejémoslo en blanco por ahora. Hablaré con él cuando vuelva y vendremos juntos.
—Paula y la funcionaria me miran, y me doy cuenta de que no he escapado a las miradas de lástima.
Hasta la funcionaria ha llegado a la conclusión de que no va a volver.
Siento una oleada de calor. Frances lloriquea en el cochecito y lo uso como excusa para cogerla en brazos y estrecharla contra mí, intentando esconder las lágrimas.
Cuando llegamos de vuelta ya ha oscurecido, el día cerrándose ya sobre nosotras. Paula empieza a ordenar, sacudiendo el polvo de las estanterías del salón.
—De verdad que no tienes que hacer eso —digo.
Cojo a Frances de su mantita y le doy un abrazo. Sus ojos siguen a Paula por la habitación.
—Solo intento animar un poco el sitio —dice Paula. —Ahora también es mi casa.
Frunzo el ceño. Sé que solo trabaja a cambio de alojamiento y comida, pero no había pensado realmente en esto como su casa.
Saca un sobre de fotos del bolso.
—He mandado a imprimir algunas fotos. De las gemelas. Pensé que quedarían bonitas.
—Ah —digo. —Buena idea. —Yo apenas he recordado hacerles fotos.
Siempre hay tanto que hacer. Miro la habitación ahora y me fijo en lo desnuda que está.
Sin cuadros en las paredes. Sin fotografías.
Si no fuera por los juguetes de las gemelas, el cambiador y los pañales cuidadosamente apilados por Paula en un rincón, no sabrías quién vive aquí.
—¿Puedo ver las fotos? —pregunto.
Paula me las pasa. Son principalmente de las gemelas.
En la mantita de juego, en el cochecito, dormidas en sus cunas.
En un par Paula las sujeta y ha conseguido colocar el teléfono para hacerse un selfie.
Tiene una mía, en el hospital con ellas cuando acababan de nacer.
También hay una foto de Paula con las gemelas en el hospital.
Mientras que yo tengo un aspecto pensativo e inseguro, ella sonríe con confianza a la cámara.
—¿Tienes marcos? —pregunta.
Solo tengo unos pocos y ya contienen fotos antiguas de mi familia y mis amigos. Debería sustituirlas por las gemelas. Me siento culpable por no haberlo pensado antes. Subo corriendo a buscar los marcos en una maleta sin deshacer, saco las fotos y luego bajo con ellos a Paula.
Ella mete las nuevas fotos y las coloca en las estanterías.
—¿Qué te parece? —pregunta. —Le da más vida al sitio, ¿verdad?
Trago saliva.
—Sí.
—Estupendo —dice con una sonrisa, cogiendo una taza sucia y llevándosela de la habitación.
Tiene razón, queda mejor con las niñas a la vista.
Pero ojalá hubiera fotos de Ian, de las niñas y de mí.
Era lo que había esperado, lo que me había imaginado.
Una vida en familia. Tal como están las cosas, hay más fotos de Paula con mis niñas que de mí con ellas.
Cualquiera diría que Paula está más unida a ellas que yo.
Frunzo el ceño un momento, con unas lágrimas inesperadas pugnando por salir.
Sé que en el fondo es probable que sea verdad.
Esa tarde, Frances se mancha el pelele. Cuando la pongo en el cambiador para quitárselo, echo un vistazo por la ventana.
El inmenso seto bloquea casi toda la vista a la calle, pero alcanzo a ver un movimiento en la entrada, una sombra en la oscuridad.
Me estremezco. Me alegra que Paula siga en casa conmigo.
Recuerdo cómo mi vecino apareció de repente detrás de mí cuando vaciaba la basura. El susto que me dio.
Cuando empiezo a cambiarle la ropa a Frances, oigo un traqueteo y luego un golpe en la puerta. Me quedo paralizada. Es demasiado tarde para recibir visitas.
Luego oigo una llave girando en la cerradura.
Distingo los pasos de Paula en el pasillo. Tengo el corazón en un puño.
Una conversación apagada.
Necesito saber qué está pasando. Tomo a las gemelas en brazos y las estrecho.
Bajando las escaleras, de repente recuerdo a Amy cayendo por ellas. El corazón me late más rápido y aprieto a las gemelas con más fuerza, mirando cada escalón mientras bajo.
Y entonces lo veo.
Recortado en el umbral, iluminado por la luz del porche.
Ian.