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—¿Quién era ese hombre, mamá? —susurro mientras mamá prepara la cena. Papá está arriba, fuera de la vista, pero no del todo fuera del alcance del oído.
—¿Qué hombre? —Su cuerpo se ha quedado petrificado mientras sirve las verduras.
—El que ha venido hoy.
—Ah —dice. —Ah, es un amigo de tu padre. —Le tiemblan los brazos al intentar levantar los platos de la encimera, y me pregunto qué le habrá hecho papá.
Mi hermana la mira, confundida.
—Pero papá no tiene amigos.
La voz atronadora de papá retumba desde el umbral.
—¿Qué les estás contando? —Se acerca a mamá a grandes zancadas, le pone la cara junto a la suya. Ella se estremece. —Te dije que no les dijeras nada.
—¿No crees que deberían saberlo? —pregunta mamá. Miro a mi hermana, aterrada. Nunca le hace frente. ¿Y qué es lo que deberíamos saber?
—No es asunto suyo. Es entre él y yo.
Se inclina sobre la mesa y me pone la cara junto a la mía.
—¿Haciendo preguntas, mocosa entrometida? Pues métete en tus asuntos. —Descarga el puño sobre la mesa y el plato que tengo delante sale disparado hacia arriba y cae al suelo.
—¡Mira el desastre que has hecho! —me grita.
Se vuelve hacia mamá.
—¿Lo ves? Tus estúpidas hijas. Incapaces de sentarse en la mesa a cenar sin tirarlo todo al suelo.
Me mira directamente y yo me encojo alejándome de él.
—¿Me tienes miedo? —se burla.
Antes de que pueda responder, su mano me golpea en la nuca y caigo desplomada contra la mesa.