La mujer en mi casa Capítulo 17
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Capítulo 17

Cuando me levanto por la mañana, Paula ya tiene el desayuno en marcha. Ha cambiado los pañales y ha colocado a las niñas una al lado de la otra en las sillitas que Ian les compró. Frances llora a pleno pulmón mientras Paula revuelve los huevos y trocea los champiñones.

—A lo mejor necesita más leche —digo. Estoy tan preocupada por lo poco que come Frances que quiero aprovechar cualquier oportunidad para intentar darle el pecho.

Cuando me agacho para cogerla, Paula me agarra del brazo y me detiene.

—Primero tienes que comer tú. Puede esperar a que le toque. Es mejor que las bebés sepan quién manda.

—¿Sí? Yo creía que siempre había que intentar calmar a un bebé que llora. Al menos eso es lo que dice el libro sobre crianza con apego que me regaló Amy.

—Claro que sí. Si ahora les dejas hacer lo que quieren, ¿qué crees que va a pasar cuando sean adolescentes?

Miro dubitativa la carita arrugada y enrojecida de mi bebé. Todos los instintos de madre que tengo me dicen que la coja en brazos y la consuele.

—Podría darle un abrazo rápido...

—No. —Paula lo dice con rotundidad. —Si haces eso, pierdes toda tu autoridad.

De verdad, llevo años cuidando bebés y los que acaban siendo desobedientes y difíciles son siempre los de las madres que los miman.

Dejar que lloren y no ceder a cada capricho es mejor para ellos y para ti.

Cuando crezcan, se portarán mucho mejor.

—Está bien —digo, a regañadientes.

Intento comer los huevos revueltos deprisa, metiéndome enormes bocados.

Una vez más, es difícil sentarse bien con los puntos palpitando de dolor, y lo único que quiero es volver con Frances, que no para de llorar.

Oigo que suena el teléfono y corro a contestar, rezando para que sea Ian.

O si no es Ian, al menos la matrona para concertar otra visita.

Tengo tantas preguntas para ella. Quiero que pese a Frances para comprobar que no está perdiendo demasiado peso.

Lo cojo sin aliento.

—¿Diga?

—Me han dicho que hay que felicitarte. —Me quedo un momento en blanco, y entonces me doy cuenta de que es Melissa.

—Gracias —digo, revoloteando sobre la sillita de Frances, incapaz de concentrarme mientras ella llora a gritos.

—Mamá me lo dijo ayer. Me dijo que te diera un poco de tiempo para instalarte antes de llamarte. ¿Hice bien?

—Ehhh... sí.

Cojo a Frances en brazos y la estrecho contra mí, ignorando el ceño fruncido de Paula.

—¿Están las dos bien? —Apenas oigo a Melissa por encima de los berridos de Frances. Me llevo a Frances al salón, con la intención de intentar darle el pecho mientras hablo por teléfono.

—¿Están bien? —repite Melissa con más urgencia—. Hay mucho ruido. Puedo llamarte más tarde si no es buen momento.

—No, está bien —digo mientras me las apaño para sentarme en el sofá y acercar a Frances al pecho. Quiero seguir al teléfono para tener una excusa para estar fuera de la cocina, para poder intentar darle de comer a Frances lejos de Paula.

—A esta edad lloran mucho —le digo a Melissa, tranquilizadora, aunque no estoy del todo segura de que sea verdad. Tengo que consultarle a la matrona si el comportamiento de Frances es normal.

—Parece que lo llevas bien —dice Melissa, y tengo que contenerme para no reírme ante lo equivocada que está, mientras intento que Frances enganche.

—Ay —digo, pero Melissa no me oye.

—¿Ian te está ayudando?

El pecho se me encoge al oír su nombre y creo que voy a echarme a llorar. No puedo decirle la verdad a Melissa, no puedo contarle en el lío en el que podría estar metida. Siento una vergüenza enorme. Respiro hondo. Debería decírselo. Voy a necesitar ayuda.

—Ehhh... bueno...

Melissa se ríe.

—Nunca ayudan tanto como esperas, ¿verdad?

—No es eso —digo, pero la voz se me rompe en la garganta y Frances se aparta de mí y vuelve a ponerse a berrear.

—Son todos iguales —dice Melissa, animándose con el tema—. Seguro que sigue trabajando a todas horas, ¿no?

—Bueno, sí. De hecho...

—¿Perdona? No te oigo bien.

—Nada, déjalo —digo en voz baja.

—Bueno, al menos está en casa de vez en cuando, supongo. Mamá me dijo que lo estabas pasando un poco mal. Que todavía estás adaptándote.

—Sí.

—Dijo que no quisiste verla cuando pasó por ahí ayer. Se llevó un disgusto.

Siento una oleada de culpa. Le he mandado un mensaje a mamá para disculparme, pero sé que debería haberla llamado. No me veía capaz. No sé cómo explicar cómo me comporté con ella. Luego pienso en lo que dijo Amy. Es normal sentir que pierdes el control cuando tienes un bebé.

—Estaba un poco estresada —digo. —No quería hacerle daño.

Melissa no lee entre líneas.

—Bueno, mamá solo quiere ayudar. Y conocer a sus nietas. ¿Cuándo podemos ir las dos a ver a las gemelas?

Me siento reprendida. Y culpable.

—¿Qué tal el sábado? —digo.

—Perfecto. Hasta entonces.

Después de colgar, me quedo irritada. No tuve la oportunidad de explicarle a Melissa lo difícil que está siendo todo. A veces siento que estamos en longitudes de onda completamente distintas, Melissa, mamá y yo.

No me apetece terminar el desayuno; ya estará frío.

En cambio, me pongo a pasear por el pasillo intentando calmar a Frances.

De Alice no se oye nada. No quiero entrar en la cocina y enfrentarme a las críticas de Paula por haber cargado a Frances, así que deambulo hacia el comedor, con su olor a cerrado, hacia el piano.

Me atrae. Solo quiero sentarme y tocar y tocar, olvidarme de todas mis preocupaciones por Ian, de toda la angustia por cómo cuidar a las gemelas, de la tensión con mi familia.

Sobre mi cabeza veo dónde el agua ha goteado por el techo desde la habitación donde está la gotera, dejando una mancha de un marrón claro.

Me siento en el taburete acunando a Frances y cierro los ojos. Sujetándola contra el pecho con una mano, empiezo a tocar con la otra. Aunque el piano está desafinado, me pierdo en la música y los berridos de Frances empiezan a apagarse.

Comienzo a relajarme.

—Es un piano precioso. —Me doy la vuelta y veo a Paula detrás de mí. No la he oído entrar. —Debió de ser muy especial para alguien —dice.

—Ya lo sé. Necesita que le presten algo de atención para volver a estar como nuevo. —Apoyo los dedos sobre las teclas, sintiéndome más tranquila al notar su suavidad familiar.

—Así podríamos usarlo para entretener a las gemelas. Tendrían mucha suerte. —Paula sonríe.

—Por fin le daré alguna utilidad a mis años en el conservatorio.

—Me río levemente, pero siento pena, y pienso en mamá y en lo mucho que había querido que triunfara.

Ya ni siquiera toco en los bares. Lo dejé cuando me quedé embarazada.

Miro a Frances y pienso en todas las esperanzas que tengo para su futuro.

Quiero darle todo el mundo. Me pregunto si así es como se sentía mamá conmigo.

Por primera vez, siento que quizás la he decepcionado.

—Habría que afinarlo —dice Paula. —Así sonaría todavía mejor.

Me gustaría, pero no respondo. Paula no va a quedarse mucho más tiempo. Cuanto más pasa el tiempo, más convencida estoy de que Ian no va a volver. Y entonces ella tendrá que marcharse. Y yo también.

A mediodía, la matrona todavía no ha llamado y sigo intentando localizarla, pero solo me salta el contestador.

—¿Qué te pasa? —pregunta Paula. —Pareces estresada hoy.

—La matrona no me devuelve la llamada y estoy preocupada por Frances.

Paula me sonríe con calma.

—Es completamente normal preocuparse. Pero he trabajado con docenas de madres y bebés y puedo ver que está bien.

—Gracias. —aunque valoro la opinión de Paula, me sigue apeteciendo confirmarlo con la matrona.

—Al principio es duro, pero lo estás haciendo muy bien.

—Gracias. No lo parece.

—Que sí, te lo prometo. ¿Quién ha llamado antes?

—Mi hermana.

—¿Ha aportado algo de sabiduría?

—No... Hablar con ella siempre me pone nerviosa.

—La familia puede ser difícil.

—Sí. Nunca he tenido una relación cercana con ella ni con mamá.

—¿Y con tu padre?

—Murió cuando yo tenía seis años —digo, tragándome el nudo en la garganta y luchando contra la inesperada oleada de emoción.

—Lo siento mucho.

—En realidad no lo recuerdo bien. Mamá no habla mucho de él. A veces parece como si lo hubieran olvidado.

—Eras tan pequeña cuando pasó.

—Sí. Me pasé toda la infancia echándole de menos. Sentía que era la pieza que me faltaba, que me habría ayudado a entender quién soy. Me imaginaba que si hubiera estado vivo, nos habríamos entendido de alguna manera, de una forma en que mamá nunca me entendió.

—Tu madre no es la persona más comprensiva. Ayer estaba muy empeñada en abrirse paso aquí a la fuerza, en contra de tu voluntad.

—Melissa cree que he sido injusta con ella. Me he sentido culpable por echarla.

—Tienes que defenderte, si no, te pasará por encima.

—Gracias —digo. —Solo desearía tener una mejor relación con mi familia. Desearía que mi padre siguiera vivo. Desearía que Ian estuviera aquí.

—Estoy segura de que Ian volverá pronto.

Asiento.

—¿Estás casada? —pregunto. Espero que diga que sí, que ha tenido un matrimonio largo y feliz. Que me revele su secreto.

Pero ella dice con melancolía:

—Lo estuve. Era muy joven. Joven e ingenua. Él no tenía un céntimo. En el divorcio no me dejó nada salvo su apellido.

—¿No tuvieron hijos?

—No. Hubo un tiempo en que los quería, pero ya he pasado la edad en que es posible.

—Lo siento —digo.

—No lo sientas. Lo superé hace mucho tiempo.

Agradezco su franqueza y me pregunto si debería contarle que Ian no se ha puesto en contacto. Me rasco nerviosamente la cicatriz del brazo.

—No he tenido noticias de Ian —admito, con el estómago encogido. —Quería que mis gemelas tuvieran una buena relación con él, la relación que yo me perdí con mi propio padre cuando murió. Pero no parece que eso vaya a ser posible. —Me seco las lágrimas.

—Seguro que está de camino. Ya habrá encontrado un vuelo a estas alturas.

Estoy a punto de decirle la verdad a Paula cuando ella me envuelve en un abrazo y las palabras se me mueren en los labios.

—Lo estás haciendo bien en unas circunstancias muy difíciles —dice. —No dejes que nadie te diga lo contrario.

—Gracias. Hay veces que no estoy tan segura.

—Es porque tu familia te desgasta. Estás tan acostumbrada a las críticas de tu madre que las has interiorizado. Ella te hace sentir que no eres suficiente, y te lo acabas creyendo.

Asiento. Tiene razón.

—Yo tampoco tuve una infancia feliz —continúa. —Esa clase de cosas te marca para toda la vida.

—Me alegra mucho que lo entiendas. —Sonrío con desgana, pero me siento un poco mareada.

—Yo perdí a mi padre hace poco. Me ha afectado mucho, aunque ya estoy bastante mayor.

—Lo siento muchísimo. —Me alargo para tocarle el brazo. —No lo sabía. ¿Cuándo lo perdiste?

—El año pasado. Es raro, hay tanto que se olvida de la infancia, pero cuando pierdes a un padre, de repente los recuerdos empiezan a inundarte.

Asiento. Yo no recuerdo mucho de mi infancia. Solo destellos sueltos. La mano de mi padre en la mía. Tocando el piano con mamá. Haciendo el tonto con Melissa.

Mi madre y mi hermana han tenido que rellenar los huecos.

Mamá me ha enseñado las fotos. Picnics en familia, cumpleaños, Navidades.

Deberían ser recuerdos felices, pero los noto estáticos e irreales, como de otra vida.

Y por debajo de todo hay algo justo en la superficie, algo más oscuro e indescifrable.

Entierro los pensamientos, sin querer recordar.