La mujer en mi casa 8
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Queremos oír lo que el hombre les está diciendo a nuestros padres, pero no podemos. Han ido a la cocina y sus voces no llegan hasta nuestro cuarto. Pensamos en bajar a escondidas desde nuestro dormitorio, pero no podemos arriesgarnos.

—A mí me ha parecido un policía —dice mi hermana con seguridad.

—No creo que llevara uniforme.

—No todos los policías van de uniforme. Algunos van por ahí fingiendo ser personas normales. Y así pillan a los malos.

—¿Crees que es eso lo que está haciendo?

—Puede. O sea, Papá le ha dejado entrar, ¿no? Si hubiera parecido un policía nunca le habría dejado entrar.

—Ya.

—Y entonces Papá se relajará y confesará.

—¿Confesará qué?

—Que nos hace daño. Que le hace daño a Mamá. Ya sabes, apuesto a que lo ha mandado la Srta. Kingdom.

Siento cómo la esperanza me llena por dentro y me sale una sonrisa.

—¿Crees que se lo llevarán?

—Eso creo. Lo meterán en la cárcel.

Sonrío imaginándome a Papá en la cárcel, esposado, sin poder hacerle daño a nadie.

Luego frunzo el ceño, recordando al hombre en la puerta. Era más bajo que Mamá. ¿Cómo iba a llevarse a Papá a la cárcel?

De repente oímos cerrarse la puerta de entrada. Corro al pasillo y me asomo a la ventana que da al camino de entrada. Se está alejando de la casa.

—¿Se ha ido? —pregunta mi hermana, acercándose por detrás.

—Sí —digo, con tristeza.

Me dejo caer en la moqueta. No van a rescatarnos.