Capítulo 15
La luz se cuela por las ventanas cuando Paula descorre las cortinas.
—¿Qué hora es? —pregunto.
—Las diez.
—¿Las diez? —digo, presa del pánico. Las gemelas llevan demasiado tiempo sin comer. ¿Cómo he podido dormir tanto?
—Necesitabas descansar, así que te he dejado dormir.
—¿Y las niñas?
—Están bien. No hay de qué preocuparse. Les he dado el biberón, les he cambiado el pañal y las he tenido contentas.
—¿Les has dado el biberón?
—Les he dado algo de leche artificial.
—Ah —digo, decepcionada—. Yo quería darles el pecho.
Paula me sonríe con simpatía.
—Un poco de leche artificial no les hace ningún daño. Solo para complementarlas hasta que estés lista para darles tú el pecho. Era más importante que descansaras.
Me tenso, preocupada por estar ya ignorando el consejo de las matronas sobre dar el pecho.
—Siento que ya he metido la pata.
—Claro que no. Vi el esfuerzo que hacías anoche. Y además tienes dos bebés. La mayoría de la gente solo tiene uno. ¿De verdad crees que vas a poder producir suficiente leche para dos? Eres demasiado dura contigo misma. ¿Quieres intentarlo ahora?
—Sí —digo, aliviada.
—Bien, te ayudo. ¿Te importa que eche un vistazo?
Obedezco y me bajo la camiseta para exponer el pecho. Mira, apretando y palpando mientras yo hago una mueca de dolor.
—No veo nada mal —dice—. Debe de ser la técnica. —Deja a Alice solo con el pañal y me la pasa, pero cuando la acerco al pecho se aparta y empieza a llorar.
—Tienes que ser un poco más firme con ella. —Paula empuja la cabeza de Alice con decisión hacia mi pecho, cortando sus lloros. Se retuerce, pero Paula la sujeta con fuerza, y entonces por fin empieza a mamar con energía.
Le sonrío a Paula con gratitud.
Entonces suena el timbre.
El corazón me da un vuelco. ¿Puede ser Ian?
Y luego se me cae al suelo. Seguramente entraría con su llave, ¿no? Me muevo en el sofá, a punto de levantarme.
—Tú quédate tranquila —dice Paula—. Sigue así. No te preocupes, yo le digo a quien sea que se vaya.
Oigo a Paula abrir la puerta y luego una voz que reconocería en cualquier parte. Mamá.
De repente me acuerdo. Hoy tenía que ir a merendar con ella. Una sesión de unión entre madre e hija antes del parto, un intento de tender puentes. Ha venido a recogerme.
Dios mío. Miro a mi alrededor presa del pánico. Estoy al descubierto en el sofá y ni siquiera le he dicho que han nacido las bebés. Se va a poner furiosa.
En el recibidor, oigo a Paula explicándole a Mamá.
—Soy su doula.
—Sí, ya nos conocemos. Pero ¿qué hace usted aquí? —Mamá suena confundida.
—Cuidando a las bebés —oigo decir a Paula con calma. El corazón me duele por Mamá. Recuerdo las ganas que tenía de conocer a sus nietas, lo disgustada que estará de que no le haya dicho que ya han llegado.
—¿O sea, ayudando con los preparativos para el parto? —dice Mamá, sin entender.
—No —dice Paula—. Cuidando de las bebés. Katie dio a luz ayer.
—¿Qué? —Puedo oír el shock en la voz de Mamá—. Pero... no iba a dar a luz hasta dentro de tres semanas... ¿Está todo bien? ¿Está bien Katie? ¿Por qué no me ha avisado? —La voz se le va poniendo cada vez más aguda hasta convertirse casi en un chillido.
Aparto a Alice del pecho y ella se lleva el pezón con ella y luego empieza a llorar cuando se le escapa de la boca de golpe. Ignorando el dolor, la dejo y me recoloco la camiseta. Tengo que hablar con Mamá, explicarle.
—Todo está bien —dice Paula—. Las bebés están sanas. Katie simplemente no quería visitas los primeros días. Quería que las bebés tuvieran tiempo para adaptarse.
—Pero usted está aquí. ¿No es usted una visita?
—Estoy ayudando con sus cuidados postnatales.
Cargo a Alice, que sigue llorando, y salgo corriendo al recibidor.
—Está bien, Mamá —digo.
—¡Katie! —Me mira fijamente, luego mira a Alice en mis brazos—. Es verdad. Has tenido a las bebés.
—Sí, Mamá. Perdona que no llamé. Ha sido una locura. Anoche fue cuando llegué del hospital. —Estoy hablando atropelladamente, intentando explicar mi comportamiento. Noto cómo la culpa me sube por dentro cuando veo la expresión en la cara de Mamá.
—¿No querías decírmelo? —pregunta.
Paula interrumpe.
—Ahora no es buen momento. Katie estaba dando el pecho.
—Puedo ayudar —dice Mamá—. Con las bebés, o con las tareas de la casa. Es tan agobiante cuando nacen...
—Lo que necesita es tranquilidad.
Seguimos todas junto a la puerta de entrada. Un punto muerto. Veo que Mamá quiere entrar. Pero los lloros de Alice son insistentes, exigiendo que actúe. No puedo concentrarme cuando llora así.
—Mamá, lo siento, pero tengo que darle de comer.
Mamá mira al bebé en mis brazos.
—¿Puedo cargarla? —pregunta.
—Tiene hambre. Acabo de interrumpirle la toma. Necesita su leche —digo, sintiendo una especie de urgencia primaria cuando los lloros de Alice se intensifican.
—¿Podría volver otro día? —pregunta Paula.
Mamá parece atónita.
—Podría esperarme aquí —dice—. Hasta que le haya dado el pecho.
—Te mando un mensaje, quedamos para otro momento —digo, levantando la voz por encima de los lloros de Alice.
—Mire —dice Paula—. Katie ha dejado claro lo que quiere. Está en mitad de la toma. Ahora mismo no quiere que esté aquí. Ya le mandará un mensaje cuando esté lista para recibir visitas.
Paula empieza a cerrar la puerta y Mamá me busca los ojos, con una expresión de desconcierto y dolor en la cara.