La mujer en mi casa Capítulo 13
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Capítulo 13

—Cinco libras y dos onzas —anuncia la matrona, levantando a Frances—. Dos bebés perfectas.

—Lo has hecho de maravilla —me dice Paula.

Estoy temblando en la cama. Solo quiero acurrucarme y dormirme. Me pasan a Frances y la contemplo, tan pequeña. No siento nada.

Empieza a llorar y miro a Paula, que sigue sosteniendo a Alice, mirándola con ternura.

No sé qué hacer con la bebé. A mis pies, los médicos me examinan.

—Tenemos que darte puntos. ¿Quieres sujetar a las bebés mientras lo hacemos? Te pondremos anestesia local.

—No —digo, e intento pasar el bebé. No quiero sujetar a ningún bebé. Solo quiero descansar. Recuperarme. No puedo asimilar lo que acaba de ocurrir.

Paula extiende los brazos y coge a Frances. Se sienta en la silla sujetando a las dos, haciéndoles arrumacos. Me doy la vuelta y empiezo a llorar, mientras noto la aguja atravesarme la piel y el médico empieza a coser.

Una hora después me llevan a la ducha y me lavo la sangre.

Dejo que las lágrimas fluyan junto con el agua.

Sigo temblando, completamente desbordada por el parto de Frances.

He pasado la última media hora con las bebés sobre el pecho, pero mis sentimientos se han adormecido y no consigo conectar con ellas.

La oleada de amor que sentí cuando sostuve a Alice en brazos por primera vez ha sido engullida por un vacío enorme.

Las matronas han intentado ayudarme con la lactancia, pero ninguna de las gemelas parece interesada. Alice no hace más que llorar, con la cara roja de rabia, y Frances se queda dormida.

Cuando subimos a la planta de maternidad, la matrona le pide a Paula que se vaya.

—Solo pueden quedarse las parejas. No se permiten visitas hasta por la mañana —dice con firmeza.

—No te vayas —digo, alargando la mano para cogerle el brazo. No tengo ni idea de cómo voy a apañármelas sola. Pero tras colocar a las bebés en las cunas junto a la cama, la matrona se marcha, acompañando a Paula a la salida.

No sé qué se supone que tengo que hacer ahora.

Me han dicho lo importante que es que los recién nacidos tomen leche en sus primeras horas, pero ninguna de las bebés ha comido.

Las miro a las dos, profundamente dormidas.

¿Debería despertarlas e intentar darles el pecho otra vez?

Ojalá estuviera Paula aquí para ayudarme.

Tengo que ponerme en contacto con Ian. Contarle lo de las bebés.

El móvil está en el bolso, al lado de la cama. Me incorporo despacio, notando cómo se tensan los músculos del estómago, y empiezo a deslizarme fuera de la cama con cuidado. No estoy segura de que las piernas me aguanten.

A mi lado Frances empieza a llorar, un llanto débil que me desgarra el corazón. Me la quedo mirando, completamente abrumada. De golpe me cae encima que ahora soy responsable de ella. De ella y de Alice. Tengo que cuidarlas para siempre.

Saco a Frances de la cunita y la meco de un lado a otro.

Sigue llorando. Debería intentar darle el pecho.

Me siento en el borde de la cama, me levanto la camiseta y la acerco al pecho.

No reacciona. Alice se une a los lloros.

También me la quedo mirando. ¿Cómo se supone que voy a sujetar a las dos a la vez?

Comienzo a sentir náuseas. ¿Qué estoy haciendo? No puedo ser madre.

Dejo a Frances y cojo a Alice. Cuando la acerco al pecho empieza a mamar y me invade una sensación de logro. He hecho algo bien. Pienso en lo fácil que fue su parto comparado con el de Frances. Me pregunto si también será una bebé más fácil.

Cuando las dos bebés están tranquilas y de vuelta en sus cunitas, me deslizo fuera de la cama con cuidado, haciendo una mueca al notar cómo tiran los puntos, y voy hasta el bolso y saco el móvil.

Se me cae el alma a los pies cuando lo compruebo.

Ian no ha devuelto mis llamadas. Lo intento una vez más, y cuando no contesta le mando el mensaje más breve posible diciéndole que han nacido las gemelas, y luego vuelvo a tumbarme en la cama, esperando descansar un poco.

Pero no puedo dormir. Los bebés lloran, las matronas charlan y los padres primerizos hacen arrullos a sus hijos.

No dejo de mirar el móvil, pero Ian no ha respondido a ninguna de mis llamadas ni mensajes.

Ojalá hubiera tenido otro número de contacto suyo en Tailandia.

Ni siquiera sé en qué hotel se aloja. Su oficina lo sabrá, pero es demasiado tarde para llamarles.

Solo desearía que estuviera aquí conmigo ahora, apoyándome en medio de todo este estrés, diciéndome que me ama. En cambio estoy completamente sola.

Me quedo despierta mirando a las gemelas dormir en las cunitas y esperando a que Ian me llame.

Mientras las contemplo, de repente me inunda un amor intenso y aplastante.

Son perfectas. El amor que siento por ellas me aprieta el corazón y extiendo la mano y pongo el dedo junto a Alice.

Ella cierra su manita alrededor y me maravillo ante la perfección de cada dedito, de cada uñita minúscula.

Pero no puedo evitar estar en tensión, porque falta una pieza del cuadro.

En el cubículo de enfrente, un padre está sentado en la silla junto a la cama, meciendo a su bebé que llora mientras la madre duerme.

Sin Ian, nuestra familia no está completa.

El corazón me retumba en el pecho mientras observo dormir a mis bebés y miro la silla vacía junto a la cama del hospital donde debería estar él.

Paula llega en punto a las ocho de la mañana del día siguiente, al comienzo de las horas de visita. Me ayuda a darle el pecho a Alice y luego se vuelve hacia Frances y le cambia el pañal.

En las camas de alrededor van llegando más familiares, cargados de flores. Siento una punzada de envidia.

—Alice es idéntica a ti —dice Paula. Sonrío. Mientras que Alice tiene mis rasgos, Frances parece una versión en miniatura de Ian, con su frente ancha, sus pómulos altos y su mirada intensa.

—¿Me pasas el móvil? —le pido a Paula—. Tengo que llamar a Ian.

Me lo da.

La llamada va al buzón de voz de nuevo y me invade una oleada de decepción. Le dejo un mensaje atropellado sobre los partos y lo preciosas que son las niñas y que Frances es igualita a él.

—¿Qué hora es en Tailandia? —dice Paula.

—Ni idea. —Por lo que sé, podría ser de madrugada. Pero le he llamado tantas veces que debería saber que es importante.

—Seguro que llamará cuando reciba el mensaje.

En la cama de enfrente, el marido no para de hacer fotos de su mujer y su recién nacido.

—¿Puedes hacerme una foto a mí con las gemelas? —le pido a Paula.

Le doy el móvil y va haciendo fotos.

—¿Me tomarías una con ellas también? —pregunta cuando termina.

Le pongo una gemela en cada brazo y luego hago la foto y se la enseño. Podría pasar fácilmente por un familiar orgulloso. Me pregunto si ella tendrá hijos. Si los tiene, ya serán mayores. Nunca ha mencionado ninguno.

—¿Le has avisado a todo el mundo de que han llegado las gemelas? —pregunta Paula.

—No. —He pensado en decírselo a mi madre y a Melissa, pero quería que Ian fuera el primero en saberlo—. Debería decírselos, ¿verdad?

—¿Estás preparada para recibir visitas?

—Mmm... no sé. —Siento que me han destrozado el cuerpo. No tengo ni idea de cómo cuidar a las gemelas. Y Ian está en el extranjero—. Creo que primero me gustaría adaptarme a todo. Antes de ver a alguien. Y quiero que Ian vuelva y conozca a las bebés antes que nadie.

—Seguro que toma el primer vuelo en cuanto reciba el mensaje.

Asiento.

—Y luego Mamá y Melissa pueden venir una vez que él haya vuelto. Creo que me sentiría más cómoda entonces.

—¿Quizás mejor esperar a decirles lo de las bebés hasta que Ian haya vuelto?

Asiento.

—Sí. Creo que esperaré. —Me siento un poco culpable, pero lo justo es que Ian conozca a sus hijas primero. Y necesito un poco de tiempo para recuperarme antes de enfrentarme a mi familia.

—No pasa nada por dejarlo un día o dos hasta que Ian vuelva. Yo suelo recomendar que los padres tengan una semana entera para vincularse con sus hijos antes de recibir alguna visita. Las visitas no deseadas pueden entorpecer mucho el establecimiento de una rutina.

—Es que creo que voy a necesitar ayuda con las bebés —admito—.

¿Habría alguna posibilidad de...? —Me callo, demasiado avergonzada para pedirle directamente que me ayude.

Ian y yo habíamos acordado que Paula me ayudaría a prepararme para los partos, pero no habíamos hablado de lo que vendría después.

Habíamos dado por supuesto que él estaría en casa con nosotros.

—¿Quieres que me quede unos días para ayudarte a adaptarte?

—Sí, por favor. Pero me temo que no podré pagarte hasta que Ian haya vuelto. —Bajo la vista, avergonzada.

—No hay problema. Solo tengo que revisar mi agenda.

Saca el móvil y la veo repasar sus citas con los ojos. Contengo la respiración. No tengo ni idea de cómo me las apañaré si no puede ayudarme.

Sonríe.

—Esta semana no tengo clientes. Estoy libre para echar una mano. Puedo acompañarte desde el hospital y ayudarte a instalarte.

Son las noches las que más me preocupan, sola con dos recién nacidos hambrientos que no paran de llorar.

—¿Puedes quedarte a dormir? —pregunto.

—Claro que sí.

El alivio me inunda.

Me dan el alta esa tarde, y para cuando llegamos a casa estoy agotada.

Después de encontrar por fin un taxi con dos sillas de bebé, he hecho el trayecto comprimida entre las dos recién nacidas, con sus lloros resonando por todo el coche, sin poder hacer nada para consolarlas.

Ahora que estamos en casa, siguen llorando y no sé por dónde empezar; si darles el pecho, cambiarles el pañal, o simplemente cargarlas.

De repente estoy furiosa con Ian por no haberse puesto en contacto.

¿Cómo puede no haberme llamado? ¿Cómo se le ocurrió irse a Tailandia tan cerca de la fecha de parto?

Por suerte Paula toma las riendas y yo subo a lavarme mientras ella cuida de las bebés.

La ducha ahoga los lloros y me limpio los últimos restos de sangre seca de las piernas, el sudor del pelo.

Me alegra tanto que Paula vaya a quedarse esta noche.

La rabia se transforma en un pellizco de añoranza por Ian, pero la reprimo, y rápidamente la reemplaza la preocupación.

¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si no vuelve?

Me digo a mí misma que no sea ridícula. Probablemente se haya quedado sin cobertura en alguna zona remota de Tailandia. Me llamará en cuanto reciba mis mensajes. Y además, con la ayuda de Paula, tengo las cosas bajo control. Por ahora puedo arreglármelas.

Salgo de la ducha y me envuelvo en la toalla caliente, sintiéndome mucho mejor ahora que estoy limpia. Sé que mis bebés están a salvo con Paula abajo.

Camino por el pasillo hasta mi dormitorio y me fijo en las dos cunitas pequeñas junto a la cama. Esta noche mis bebés dormirán a mi lado. Me siento desbordada, pero ilusionada. Me cuesta creer que esta sea mi vida. Soy madre de gemelas. Por mucho que me lo repita, sigue sin sonar real.

Me cepillo el pelo deprisa, con ganas de volver con mis bebés. De camino a las escaleras, paso por delante del cuarto de invitados donde dormirá Paula y me quedo inmóvil ante la puerta.

La gotera. Se me había olvidado la gotera. No había tenido tiempo de arreglarla antes de que empezara el parto.

Empujo la puerta y contemplo la habitación, con arcadas ante el olor a humedad.

El techo tiene una mancha amarillenta extendida por él y el rincón parece a punto de hundirse.

Trozos de yeso han caído al suelo y el cubo que puse se ha desbordado, con un círculo empapado de moqueta a su alrededor. Paula no puede dormir ahí.

Voy por el pasillo y echo un vistazo al trastero. Lleno de cosas. Las dos habitaciones de arriba están igual. Tardaría días en despejarlas.

No hay ningún sitio en esta casa para que duerma Paula. Tendré que pedirle que se vaya a casa. Tendré que pasar la noche sola con dos bebés llorando a los que no sé cómo cuidar.