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Por las tardes, cuando papá ha salido al pub, nos sentamos con mamá a escuchar cómo toca el piano.
Es el único momento en que podemos relajarnos de verdad, las tres juntas.
Me siento en el suelo, cruzo las piernas y cierro los ojos, dejando que la música me envuelva.
Me siento verdaderamente libre, sin miedo.
Papá no volverá en horas. No habrá violencia ni dolor, solo ruido y risas.
Hasta Mamá se ríe cuando él no está. Parece más joven cuando se ríe.
Me sé cada nota de la canción que está tocando Mamá. Lleva tocándonos la misma melodía desde que éramos bebés. Una nana suave antes de subir a bañarnos y de que nos lea en la cama.
La miro ahora, con los ojos cerrados, el pelo largo cayéndole sobre los hombros, completamente perdida en la música.
Me acerco por detrás y la rodeo con los brazos, aspirando el aroma a lavanda de su champú, notando su jersey de lana calentito contra mis mejillas.
Ni siquiera se encoge cuando la toco. No como cuando Papá está en casa.
Entonces da un respingo cuando alguien la toca.
Sus dedos siguen bailando sobre las teclas mientras inclina la cabeza hasta apoyar la cara en la mía y nuestros pelos se mezclan. Sonrío con el calor de su piel. Me siento segura.
Mi hermana extiende la mano y yo la cojo. Empezamos a bailar juntas, sin control, haciéndonos girar la una a la otra y riendo. Mamá cambia la melodía y empieza a cantar, con una voz clara y fuerte. Cogidas de la mano con mi hermana, dos gotas de agua. Bailando, saltando, llenas de alegría.
Nos aferramos a estos momentos. Los momentos en que nuestra madre nos quiere.
Porque cuando Papá vuelva a casa, le oiremos pegarle. Y mañana ella se quedará junto al fregadero lavando los platos, mirando hacia otro lado mientras nos pega a nosotras.