La mujer en mi casa Capítulo 12
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Capítulo 12

De camino al hospital, Paula y yo repasamos el plan de parto. Quiero que sea lo más natural posible. Paula me anima, diciéndome que ha ayudado a muchas mujeres a hacer exactamente eso. No quiero epidural. No quiero intervenciones.

Sentada en el asiento trasero del taxi, otra contracción me invade y me balanceo hacia delante y luego hacia atrás mientras la cuento, el cinturón tirante contra mí. El dolor es manejable, me digo. Puedo hacerlo.

Me siento más tranquila de lo que imaginaba.

Ojalá estuviera Ian aquí conmigo ahora, pasando por esto a mi lado, pero sé que tengo suerte de tener a Paula.

Sabe exactamente lo que hace. Antes de salir para el hospital me hizo tomar un baño templado para aliviar el dolor.

Me examinó de nuevo justo antes de que subiéramos al taxi, y me aseguró que todo va bien. Estoy en buenas manos.

Entre contracción y contracción, meto la mano en el bolsillo buscando el móvil. Intento llamar a Ian, pero va directo al buzón de voz. Cuelgo cuando otra contracción me atenaza y me doblo en el asiento trasero.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta Paula.

—Aguantando —digo, cuando recobro el aliento.

Paula me frota la pierna.

—Puedes hacerlo. Para eso está hecho tu cuerpo. ¿Quieres que llame a alguien por ti? —Señala el teléfono que tengo en la mano.

—No —digo. Amy todavía está en casa con la pierna rota, y tener a mi madre allí sería demasiado estresante.

Así que solo estamos Paula y yo. Y en el fondo me alegra. Puedo concentrarme simplemente en mí misma y en mis bebés.

En mi habitación en la sala de partos, la matrona se vuelve hacia Paula.

—¿Es usted familiar? —pregunta.

—No, soy doula.

La matrona la mira con el ceño fruncido y luego se dirige a mí.

—¿Tiene alguna preocupación?

Miro a Paula, acordándome de su exploración.

—He tenido un poco de sangrado.

—Probablemente no sea nada. La examinaré de todas formas.

Asiento, incapaz de hablar mientras otra contracción me atraviesa, dejándome sin aliento.

Paula me toca el brazo.

—Sé que da miedo, pero va a ir bien. He hecho esto muchas veces.

Pienso en Ian en Tailandia. Para cuando vuelva, las bebés ya habrán llegado.

Meto la mano en el bolsillo a por el móvil para intentar llamarle de nuevo, pero entonces la matrona empieza a conectarme al monitor.

Tengo miedo y emoción a la vez. Los dolores se están intensificando. ¿De verdad puedo hacerlo?

—¿Es completamente necesario? —pregunta Paula a la mujer que está conectando el monitor.

—¿Cómo? —dice distraídamente, mientras trastea con los botones del aparato y luego recoloca los sensores en mi barriga.

—¿De verdad necesita estar monitorizada? Es muy restrictivo. Y aumenta las posibilidades de intervención.

—Es un embarazo de gemelas. Es el protocolo.

—Está bien —digo—. Puedo aguantar. —Pero luego tengo que apretar los dientes y esforzarme por no gritar cuando llega otra contracción, todavía más fuerte.

La matrona sale de la habitación y Paula se vuelve hacia mí.

—No me puedo creer que ni siquiera haya mirado tu plan de parto. Es que no tienen tiempo para nada.

—No pasa nada —digo, luchando por concentrarme.

La matrona entra y sale. Un par de horas después, cuando no está en la habitación, Paula me quita los sensores del estómago y me deja caminar, desenchufando el monitor para que no pite.

La matrona reaparece casi al instante y reprende a Paula mientras me vuelve a conectar.

Cuatro horas pasan en una neblina. Me concentro en la respiración, pero estoy agotándome.

Las contracciones llegan tan seguidas y tan fuertes que apenas puedo soportarlo.

Noto cómo las bebés se mueven dentro de mí, mi cuerpo empujándolas hacia abajo.

—Sigue respirando —dice Paula, acariciándome la espalda—. Sigue respirando. Lo estás haciendo muy bien.

Las horas se funden unas con otras hasta que la matrona comprueba mi dilatación una vez más y me dice que estamos listas para empujar.

Aprieto la mano de Paula con todas mis fuerzas mientras empujo y empujo y empujo. Mi cuerpo arde al abrirse. Y entonces aparece ella. Una niña pequeña y perfectamente formada.

Mi bebé llora, y es el sonido más bonito que he oído jamás.

Mi bebé. Me quedo mirando el extremo de la cama, la masa roja y moteada en brazos de la matrona.

No puedo creer que sea mía. Muero de ganas de alcanzarla, de estrecharla contra el pecho, de ponerla al pecho.

Solo quiero tocarla, mirarla a los ojos, quererla.

Las matronas hacen sus comprobaciones y declaran que todo está perfecto.

—Seis libras —dice la matrona—. Es perfecta.

La más grande de las dos. Alice.

Me la pasan, pero solo la tengo un segundo. Porque entonces miran el monitor de frecuencia cardíaca de la otra gemela y no ven nada en el registro.

Una matrona corre a mi lado y se inclina sobre el monitor, moviéndolo por mi estómago para localizar al otro bebé. Alice intenta engancharse al pecho, pero la matrona la aparta para buscar el latido de su gemela.

Se la lleva y se la da a Paula.

—Ya la tendrá después. Necesitamos sacar a su hermana. Está en apuros.

Alice llora, pero cuando Paula la estrecha contra su pecho se calma y empieza a buscar el pezón. Paula envuelve su cuerpecito cubierto de sangre en un chal y la mece de un lado a otro, mirándola a los ojos. Siento un destello de celos ante sus primeros momentos juntas.

Pero todavía hay otro bebé dentro de mí. Frances. Y la matrona sigue intentando encontrar el latido. El miedo crece dentro de mí hasta un crescendo. Y entonces lo encuentra. Solo le ha llevado unos minutos, pero han parecido horas.

Hay más gente en la habitación ahora. Médicos. Matronas. No sé bien quiénes son todos.

—¿Cómo van las contracciones? —me pregunta alguien. Ya no noto nada, excepto un amor abrumador por la bebé que acaba de nacer.

Ni siquiera noto a Frances moviéndose dentro de mí. Mi cuerpo está entumecido. No estoy contrayéndome. Mi cuerpo se ha rendido. El pánico me abrasa.

—No tengo ninguna —digo.

—Bien, vamos a inducirte, a reactivar las contracciones y a sacar a este bebé. Si no ocurre nada rápidamente, haremos una cesárea de emergencia.

Una matrona entra empujando un gotero, busca una vena en mi brazo, introduce la cánula y la conecta.

—Ella no quería intervenciones —dice Paula con firmeza.

—Tenemos que sacar a este bebé. No hay elección.

Paula se planta delante del gotero, bloqueando el paso a un médico.

—Perdone —dice el médico—. Déjeme hacer mi trabajo. O voy a tener que pedirle que se vaya.

Paula se aparta a regañadientes.

—No quiero el gotero —digo.

—Necesitamos reactivar las contracciones —dice el médico, interrumpiéndome—. Su bebé está en riesgo.

Ponen el gotero en marcha. Al principio vuelven los dolores tipo regla, y apenas duelen.

Me ofrecen gas y aire y lo rechazo.

—¿Quiere algún analgésico? —preguntan.

—No. —¿Por qué no han leído el plan de parto?

Pero cuando las matronas se acercan al gotero y aumentan la dosis, todo se difumina.

No sé dónde termino yo y dónde empieza la cama.

Mi cuerpo se convulsiona y se contrae y no hay espacio, ni aire, ni tiempo para respirar.

Me están desgarrando por dentro. Dos matronas se ciernen sobre mí y me dicen que respire.

Pero no puedo ni pensar con claridad. Solo sé que el dolor es demasiado.

Grito y grito y grito, con los pulmones en carne viva.

Pero nadie me ayuda.

—¡Paula! —consigo gritar su nombre cuando el dolor afloja un poco.

Cuando los médicos tienen la espalda vuelta, la veo acercarse al gotero y toquetear con él. Debe de estar reduciendo la dosis.

Pero no sirve de nada.

Apenas oigo sus murmullos mientras entro y salgo de mi cuerpo. Dicen que debo quedarme quieta para que puedan encontrar el latido. Que deje de moverme. Pero no puedo. Mi cuerpo se mueve solo, temblando en la cama. Ya no puedo hablar.

Y a ellos no les importa. Veo sus figuras borrosas, en uniformes azules y blancos, acudiendo diligentemente a la bolsa de líquido del gotero y aumentando la dosis de la hormona.

Quiero que paren. Necesito que paren. Miro a Paula mientras grito, con los ojos desorbitados de pánico.

Me agarra la mano y aprieto tan fuerte que creo que voy a romperle los dedos.

Me retuerzo apartándome de ella, la cabeza golpeando de un lado a otro.

La habitación se hace más grande y luego más pequeña a mi alrededor y siento que ni siquiera estoy allí.

El tiempo pierde todo sentido. No soy humana; ni siquiera soy un cuerpo.

A mi alrededor, el personal médico sigue con su trabajo como siempre.

Me ignoran; solo quieren al bebé. Frances. El bebé que está intentando matarme.

Las matronas revolotean al borde de la cama, mirándome fijamente. Noto cómo el bebé desciende por el canal del parto, mi pelvis abriéndose a un ancho antinatural, mi cuerpo expulsándola mientras estira mis carnes, partiéndome en dos.

Me gritan que empuje, que empuje, que empuje. Y lo hago, empujando tan fuerte que siento que voy a romperme, que esto me romperá, destruirá mi cuerpo y mi mente. La bebé parece atascada, pero sigo empujando. Un médico aparece, con el ceño fruncido al fondo de la cama.

Paula me aparta el pelo sudado de la cara y grito más fuerte de lo que jamás creí posible.

Sigo empujando, sigo empujando.

La matrona habla.

—Vamos a hacerle un corte ahora, para ampliar el paso.

Apenas soy consciente de lo que dicen.

Entonces noto el bisturí, cortando mi carne. Meten el fórceps dentro de mí y giran al bebé para sacarla. Todo duele. Cada parte de mi cuerpo. Estoy completamente rota.

Grito de agonía y Alice grita conmigo.

Y entonces su hermana es arrancada de mí. Frances.