Capítulo 9
Melissa viene a verme a la cafetería unos días después, poco después de las cinco de la tarde, cuando mi turno está a punto de terminar.
Para mucha gente esa sería la hora de salir del trabajo, pero no para mi hermana.
Esto es su «almuerzo tardío», y la primera vez en todo el día que ha podido tomarse un descanso. Luego vuelve directamente a la oficina.
—¿Quieres tomar algo? —digo, mientras me quito el delantal.
—No, salgamos de aquí. Necesito llevar un sándwich de todas formas.
—Aquí hacen sándwiches.
Se ríe.
—Sí, ya lo he probado. Paso.
—Como quieras. —Me despido a voces de Martin y los demás, salimos de la cafetería y vamos a una panadería artesana que hay a unas puertas.
Observo a mi hermana mordisquear su wrap de hummus y zanahoria.
—¿Qué pasa? —pregunto. Tiene que haber algo para que haya venido a verme. Entonces me asalta una punzada de preocupación—. ¿Es Mamá?
—No, no es Mamá. Solo quería asegurarme de que estabas bien —dice.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
—Tiene que ser un cambio enorme para ti. La casa. Las mellizas. En el baby shower no parecías tú misma del todo.
Arqueo las cejas, sintiéndome de repente expuesta.
—Estoy bien.
—Vale. Es solo que siempre parecías feliz en el apartamento compartido. En el baby shower te veía un poco apagada.
—Pero ahora estoy feliz —insisto—. ¿Cómo no iba a estarlo? —Pienso en lo preciosa que es nuestra casa, pero no puedo evitar sentirme vacía.
—Es que no pareces tú. Estás viviendo el tipo de vida al que yo aspiraba, pero nunca creí que fuera lo que tú querías.
Asiento. Ella encajaría a la perfección en mi calle.
—Estoy bien —digo—. Sé que tengo mucha suerte.
—Puedes contar conmigo siempre que lo necesites —dice Melissa—. Tenemos que cuidarnos la una a la otra. Somos hermanas.
Su comentario me trae recuerdos de la infancia.
No guardo muchos recuerdos de cuando era pequeña, pero recuerdo lo unidas que estábamos.
¿Cuándo cambió eso? ¿Cuando éramos adolescentes?
¿O antes, cuando murió nuestro padre? Recuerdo cómo, después de que falleciera, ella pasaba todo el tiempo con Mamá y yo siempre me sentía fuera de lugar.
—Gracias —digo—. Es muy amable de tu parte.
Da un sorbo a su batido.
—Me encantaría que volviéramos a estar unidas.
—A mí también —digo, con sinceridad. No recuerdo la última vez que tuvimos una conversación tan franca como esta.
—¿Han decidido los nombres? —pregunta.
—Sí —digo, sonriendo—. Frances y Alice. —Estoy emocionada de poder contárselo por fin.
—¿Frances? —Se le demuda el rostro.
—Sí, por nuestro padre. —Sonrío. Ojalá mi padre siguiera aquí para conocer a las gemelas, y esto me parece la manera perfecta de recordarle. Estoy segura de que mi hermana estará de acuerdo.
Pero Melissa empuja la silla hacia atrás bruscamente. Golpea la mesa y su vaso se tambalea, derramando el batido verde brillante sobre el cristal. Sale corriendo, dejando su sándwich a medias.
Me quedo mirando cómo se va mi hermana, atónita. No entiendo por qué los nombres de las niñas le han disgustado tanto. Me rasco la cicatriz del brazo y salgo corriendo a la calle. Ha empezado a llover, y ella ya ha desaparecido entre el caos de paraguas.
Diez minutos después voy en metro de vuelta a casa, todavía desconcertada por la reacción de Melissa.
El vagón es como una sauna; la humedad sube de los impermeables y los paraguas mojados amontonados en el suelo.
Cuando me bajo y salgo al aire libre, la cola del autobús se extiende por toda la calle.
No hay asientos libres en la parada y decido ir a pie, descartando un autobús que casi con toda seguridad llegará tarde y vendrá a rebosar.
Mi paraguas endeble apenas me defiende de la lluvia, y pronto el uniforme mojado se me pega a la piel y empieza a escocerme. Me duele la barriga.
Cuando llego a casa, Ian abre la puerta antes de que haya metido la llave en la cerradura.
—Hola —digo, sorprendida por sus ganas de verme.
—Hola. Estás preciosa.
Frunzo el ceño. Estoy todo lo contrario de preciosa. Tengo una barriga enorme, estoy empapada de lluvia y al mismo tiempo tengo calor y estoy sudada.
—No me siento así —digo.
Me rodea con los brazos.
—De verdad, estás guapísima.
Me saco los zapatos planos, prácticos y poco favorecedores, que compré cuando la barriga creció tanto que ya no podía inclinarme para atarme las zapatillas.
Ian me toma la cabeza entre las manos y me limpia una gota de lluvia de la mejilla, luego me pasa los dedos por el pelo.
—Sabes cuánto te quiero, ¿verdad?
Sus labios encuentran los míos y me besa con pasión, casi con desesperación.
El sexo que viene después es precipitado; los dos de repente necesitados de la química que hemos ido perdiendo a medida que mi cuerpo ha crecido y la energía ha bajado.
Nos quedamos en el salón, quitándonos la ropa rápidamente en el sofá, riéndonos mientras buscamos la postura hasta encontrar la manera de encajar de nuevo.
El sexo fue el cimiento de los comienzos de nuestra relación; rapiditos en hoteles de lujo a la hora del almuerzo y escapadas de fin de semana por Europa. Es un alivio comprobar que seguimos sintiéndonos tan atraídos el uno por el otro como siempre.
Nos separamos, sudados y satisfechos. Me sonríe, y luego me besa en los labios.
—Te amo, Katie.
—Yo también te amo —digo, dejándome olvidar por un momento mis angustias sobre nuestro futuro juntos.
—Me temo que esta noche no voy a poder quedarme a cenar —dice Ian mientras se pone los pantalones—. Tengo que trabajar.
—Ah —digo, decepcionada. Solo quiero relajarme en el calor de sus brazos; no quiero que el trabajo me lo arrebate. Pasa demasiado a menudo.
Una sombra pasa por la ventana y no sé si el sol simplemente se ha ocultado detrás de una nube, o si hay alguien al otro lado de las contraventanas. De repente me siento expuesta, embarazada y desnuda. Empiezo a ponerme el sucio uniforme de la cafetería.
—Con tal de que te tomes tiempo libre cuando lleguen las gemelas —digo.
—Por supuesto. De hecho, voy a tener que ausentarme un tiempo.
Va a la cocina mientras me visto y me trae un vaso de agua.
—Ha surgido una oportunidad increíble en el trabajo —continúa.
—¿De verdad? ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—Una semana. —Se acerca y me acaricia el pelo—. Me va a costar mucho estar lejos de ti. —Sus manos me acarician la barriga—. Y de las niñas.
—¿Una semana? ¿Dónde? ¿No podrás volver a vernos?
—El caso es que es en Tailandia. Un cliente nuevo.
La construcción de todo un complejo hotelero.
Miles de millones en juego. Y quieren que seamos uno de los contratistas principales.
No es una oportunidad que pueda rechazar.
Está en una zona preciosa y poco desarrollada del país. Junto a la playa, con montañas detrás.
—¿En Tailandia? —Me incorporo. Tailandia está lejísimos. ¿Y si pasa algo con las bebés mientras está fuera? —¿Cuándo te has enterado? —pregunto, preguntándome cuánto tiempo me lo ha estado ocultando.
—Me lo confirmaron esta mañana. Sabía que podía pasar, pero esperaba que fuera unos meses más adelante, cuando ya estuvieras asentada con las gemelas. Lo siento, sé que el momento no puede ser peor.
—¿No puedes mandar a otro?
—Me temo que no puedo mandar a un junior para algo así. Tengo que ir yo. Necesito reunirme con la empresa gestora, ver el terreno, evaluar la oportunidad.
Me doy cuenta de que no tengo elección. Se va. Queda tanto por hacer para prepararse para las bebés, y tendré que hacerlo sola.
—¿Cuándo te vas? —pregunto.
—El vuelo está reservado para esta noche. —Mira su reloj y sonríe con gesto de disculpa—. Me temo que si no salgo pronto, lo perderé.
Después de que Ian se fue, no supe qué hacer conmigo misma.
En la nevera no hay gran cosa, así que salgo al Sainsbury's a comprarme un plato preparado, que caliento en el microondas y me como sola en el sofá.
Siento una punzada de soledad. Ojalá Ian no se fuera al otro lado del mundo tan cerca de la fecha de parto.
A estas horas ya estará en el avión. Me siento inquieta en la casa sola, recordando la sombra que pasó por la ventana antes, y la mujer junto a la cafetería mirando la casa hace un par de semanas.
Después de cenar saco la bolsa de basura de la cocina y salgo por el camino sin iluminar hacia los cubos. Levanto la tapa del cubo de basura y veo una masa sin forma y desagradable en el fondo. Habrá que limpiarlo, pero por ahora simplemente tiro la bolsa dentro.
—Hola —dice una voz detrás de mí, haciéndome pegar un brinco.
Me vuelvo y veo a un hombre más alto que yo, vestido de oscuro.
—Hola —digo, con la piel de gallina pese a la noche templada. Echo un vistazo al camino desde los cubos hasta la puerta de entrada. En menos de un minuto puedo estar dentro.
—Perdona, no pretendía asustarte. —Extiende la mano y me la pone en el hombro. Me echo hacia atrás—. Soy Cameron, tu vecino de al lado. —Suelto el aire que estaba conteniendo cuando señala la casa inmaculada de al lado. Es el del Porsche.
—Katie —digo, recuperando la compostura—. Encantada. —Le tiendo la mano, agradecida cuando retira la suya de mi hombro para estrechar la mía. Esta noche está todo negro, la luna está oculta por nubes oscuras.
—Solo quería presentarme. Vi que se habían mudado y quería saludar. Han hecho un trabajo estupendo arreglando la fachada de la casa.
—Gracias —digo—. Pero el mérito es de mi pareja. —Siento la necesidad de mencionar a Ian, para que sepa que no vivo sola.
—¿También ha arreglado el interior?
—Sí.
—Qué bien. Esa casa llevaba demasiado tiempo abandonada. Me alegra que se hayan mudado ustedes. Que haya alguien que la cuide.
Asiento, pensando en el estado lamentable en que estaba cuando me mudé.
—¿Qué pasó con el anterior propietario? —pregunto.
—¿No lo sabes?
Le miro, sorprendida por el tono preocupado de su voz.
—¿Qué pasó? —pregunto de nuevo.
—Él... —Cameron baja la vista, ve mi barriga de embarazada avanzada y vuelve a empezar—. Murió hace poco. Llevaba años viviendo en la casa, desde que se casó. Aunque los últimos años estaba en una residencia y la casa estuvo vacía.
—Qué triste —digo, pensando en ese anciano trasladándose a una residencia, lejos de la casa en la que había vivido durante tantos años—. Supongo que en su día fue una casa familiar.
—Sí —dice, frunciendo el ceño—. Hace mucho tiempo.
—Bueno, pronto volverá a serlo. En cuanto salgan estas dos. —Me doy una palmadita en la barriga.
—¿Dos? —pregunta, con las cejas disparadas hacia arriba.
—Sí, gemelas. —La gente siempre se queda de piedra, y tengo que esperar un momento a que se recupere de la sorpresa.
—Qué maravilla —dice al fin—. Me alegra mucho que se mude una familia. Es un nuevo comienzo para la casa. Que falta le hace.