La mujer en mi casa 4
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En el colegio, viene un policía a darnos una charla en el aula magna sobre cómo podemos protegernos.

Dice que hay personas malas en el mundo.

Se llaman desconocidos. Y puede que te ofrezcan dulces o te pregunten si quieres ver a un cachorro en la parte de atrás de una furgoneta.

Pase lo que pase, no debes irte con ellos.

Podrían hacerte daño. Ni siquiera puedes hablarles, o te meterás en un lío enorme.

Escuchamos la charla del policía con mucha atención, con las piernas cruzadas igual que todos sobre las baldosas oscuras del salón de actos.

Entendemos que hacerle daño a la gente está mal.

Entendemos que los desconocidos hacen daño.

Pero queremos saber qué pasa con otras personas que nos hacen daño.

Esperamos con esperanza las respuestas que necesitamos, que el policía nos diga qué hay que hacer cuando las personas que se supone que te quieren te hacen daño.

No hace falta irse con ningún desconocido para que te den un golpe en la cabeza o un capón. Solo tenemos que volver a casa.

Pero no menciona a los padres en ningún momento.

Aunque lo hiciera, nosotras no diríamos nada.

Si nuestra profesora nos preguntara si alguien nos hace daño, mi hermana y yo nunca se lo contaríamos.

Porque no nos creería. Le cae bien Mamá y charla con ella muy animada, como si la conociera de verdad.

Nunca pensaría que deja que mi padre la golpee.

Que también deja que nos golpee a nosotras.

La gente siempre le hace cumplidos a Mamá por su pelo, largo y suelto y con mucho volumen, como un anuncio de champú.

Pero hay una razón por la que siempre lo lleva suelto.

Es para tapar los colores de la nuca; los rojos y los marrones y los morados.

Mi hermana y yo podemos llevar el pelo como queramos.

Porque cuando nos pega a nosotras, se asegura de que sea en la cabeza.

Nuestro pelo oscuro cubre las heridas mejor que cualquier tirita.