Capítulo 7 #2
—Lo siento mucho. Creo que la he perdido. —Miro hacia el interior de la casa con impotencia mientras llegan carcajadas del salón. No tengo ni idea de cuánto tiempo me llevaría encontrar la linterna, y no puedo ausentarme de mi propio baby shower para buscarla.
—Estamos celebrando mi baby shower —continúo disculpándome, aunque no puede haberse perdido la pancarta de fuera—. ¿Puedo devolvértela en otro momento?
Amy sale del salón paseando.
—Hola —le dice a Paula—. ¿Vas a entrar?
Ahora parece una grosería no invitarla a pasar.
—¿Por qué no te unes a nosotras? Tenemos champán —digo—. Y podríamos aprovechar tus conocimientos.
Me pregunto por un momento si me he precipitado. Quizás lo último que querría una doula es estar en un baby shower. Demasiado parecido a su trabajo.
Pero ella sonríe animadamente.
—Me encantaría —dice, entrando.
Le ofrezco una copa de champán que acepta de buen grado, y la presento a Ian, que está sirviendo más bebidas en la cocina.
—Has hecho muchísimas reformas en la casa —dice Paula—. Es como si fuera un sitio completamente diferente.
Detecto un matiz de reproche en su voz que Ian claramente no capta.
—Sí —responde—. Había que vaciarlo del todo para poder empezar de cero.
Ella se gira hacia Ian.
—Es increíble. Le has arrancado el alma.
—Esta cocina es completamente nueva —dice Ian con orgullo—. Hemos intentado sacar el máximo partido a un espacio pequeño.
—Hemos conservado los elementos originales —digo con cuidado—. Los azulejos victorianos, las chimeneas...
—Ah, estoy segura. Es de lo que siempre hablan en los programas de reformas, ¿verdad? Los elementos originales.
—Sí —digo, y me río.
—¿Y cómo conociste a Katie? —le pregunta Ian a Paula.
—En realidad nos conocimos cuando me mudé aquí. Paula me ayudó con una linterna antes de que arreglaras la casa. Ha venido a recuperarla.
—En ese caso, te debo un favor, Paula. Gracias por ayudar a la madre de mis hijas cuando más lo necesitaba.
—De nada —dice Paula.
Volvemos al salón y presento a todo el mundo a Paula.
—Paula es doula —digo animadamente.
—Qué oportuno —se ríe Amy—. Imagínate que te pusieras de parto hoy. En tu propio baby shower. Tendrías a una experta a mano para ayudarte.
Me río también.
—No creo que eso vaya a pasar.
Amy sonríe y va a la cocina a por más champán. Da una vuelta por la sala y rellena las copas que están por la mitad.
—¿Y eso de doula qué es? —le pregunta mamá a Paula.
—Ayudo a las mujeres embarazadas durante el parto y a menudo también después, ayudándolas en la recuperación.
—¿Eres matrona?
—No, no soy matrona. Lo pensé, pero lo descarté. Las matronas están tan desbordadas hoy en día que no pueden dar a las mujeres la atención que merecen. Yo puedo ofrecer mucho más de mi tiempo y mis cuidados, para ayudar a una madre a tener el parto que desea.
—En mis tiempos no existían las doulas —dice mamá.
—Supongo que no las necesitaban —responde Melissa con sensatez—. Había mucho más dinero en la atención al parto entonces. Hubieran tenido más atención.
—Una doula te vendría bien, Katie —dice Ian, girándose hacia mí.
—No sé —digo rápidamente.
Ian se gira hacia Paula.
—Katie está un poco angustiada ante la idea de dar a luz a gemelas. —Me sonrojo, avergonzada. Dar a luz es algo que las mujeres de todo el mundo hacen cada día. No debería tener miedo, pero lo tengo.
—Podría enseñarte algunos ejercicios de respiración —dice Paula amablemente.
—¡Ejercicios de respiración! —Mamá suelta una carcajada—. No creo que los ejercicios de respiración sirvan de mucho cuando llega el dolor del parto.
—Muchas de las mujeres a las que he ayudado han podido llevar el parto sin ningún calmante usando la respiración correcta.
Todo depende de tener la actitud adecuada.
El problema es que hoy en día la mayoría de las mujeres tienen miedo de dar a luz.
Creen que no pueden hacerlo sin ayuda médica.
Pero claro que pueden. Las mujeres llevan pariendo desde hace generaciones.
—¿No solían morir muchas mujeres en el parto? —dice mamá con sarcasmo.
Me rasco el brazo angustiada y mi hermana extiende la mano para darme una palmadita tranquilizadora en la espalda.
—No le hagas caso —me susurra.
Paula le lanza a mamá una mirada gélida.
—Es importante escuchar lo que quiere la mujer —dice con cuidado—. Y ese es mi trabajo. Ayudar a las mujeres a tener partos naturales y felices.
—Bueno, ¿por qué no pruebas los ejercicios de respiración de Paula, Katie? —sugiere Ian—. Merece la pena intentarlo. Quizás te haga sentir más preparada. —Se gira hacia Paula—. ¿Cuánto cuesta?
Paula percibe mi reticencia.
—Puedo darte una sesión de prueba gratuita si quieres. Solo media hora. Vivo cerca de tu casa, así que no me supone ninguna molestia.
—A una prueba gratuita no puedes decir que no —dice Amy—. Al fin y al cabo, no estás haciendo clases de preparación al parto.
Asiento. Quizás tiene razón. No me he apuntado a ningún curso porque para cuando supe dónde iba a vivir, todos los cursos del barrio estaban llenos.
Le sonrío a Paula.
—Gracias.
Ian sonríe abiertamente.
—Y si va bien, también puedes ayudar con el parto.
—Ya veremos cómo va —digo rápidamente.
Paula mira mi barriga.
—No te queda mucho tiempo. Créeme, las últimas semanas pasan volando. Deberías ir pensando en acompañantes de parto, si no lo has hecho ya.
—Bueno, yo estaré allí —dice Ian—. Por nada del mundo me perdería el nacimiento de mis gemelas. —Me frota la barriga con cariño, pero no puedo evitar sentir una preocupación persistente. Es difícil localizarle cuando está trabajando; no hay garantía de que llegue a tiempo.
Volvemos al salón y abrimos los regalos. La generosidad de todos me conmueve y empiezo a emocionarme. Los pequeños pijamas de bebé y los sonajeros diminutos hacen que todo parezca de repente real. Me imagino sosteniendo a mis bebés en brazos.
Amy y Paula me acompañan a la cocina a por la tarta, y Amy aprovecha para rellenarse la copa de champán.
—Sabes —dice, con la lengua un poco estropajosa—, yo podría ser tu acompañante de parto, si no tienes seguridad con Ian.
Debe de haber visto mi cara de duda cuando Ian dijo que estaría en el parto. Pero Amy vive muy lejos, y tampoco hay garantía de que llegará a tiempo.
—Estoy segura de que Ian estará allí —respondo con cautela.
—Puede ser buena idea tener a alguien más de guardia por si te pones de parto e Ian no está —dice Paula.
—Sí —sonríe Amy—. Y yo sería perfecta.
Asiento.
—Claro que sí —digo, a pesar de mis dudas—. Me encantaría que fueras mi acompañante de parto de reserva.
Amy se ríe.
—Cuando lo dices así, ¿cómo voy a ser capaz de negarme?
Después de dar buena cuenta de casi toda la tarta, la gente empieza a marcharse, hasta que solo quedan mi familia, Paula y Amy. Me dicen que me relaje, que ellas recogen. Me hundo en el sofá e intento encontrar una postura cómoda que acomode mi barriga.
Ian empieza a quitar las pancartas del salón y le miro feliz.
—Ha ido muy bien —digo.
—No me puedo creer que pronto vayamos a conocer a nuestras bebés —responde, acercándose al sofá y acariciando mi barriga.
—Lo sé. —Nos miramos a los ojos, unidos ahora y para siempre por las bebés que crecen dentro de mí.
Noto una patada de una bebé en la mano de Ian y los dos sonreímos.
—Vas a ser una madre estupenda —dice.
Mi hermana entra.
—Tiene razón, ¿sabes, Katie? Las bebés tienen suerte de tenerte.
—Gracias —respondo agradecida, sabiendo lo difícil que le habrá resultado decir eso.
—Te he traído un regalo —dice—. Pero no quería dártelo delante de todo el mundo. Pensé que me echaría a llorar. —Tiene los ojos llorosos ahora mientras me tiende el regalo, envuelto en papel de seda rosa. Lo abro con cuidado.
Dentro hay un gorrito diminuto de rayas rojas y azules.
—Lo tejí yo misma —dice—. Lo guardaba para nuestro primer bebé. Pero me gustaría que te lo quedaras tú.
Noto las lágrimas aflorando. Me levanto del sofá con dificultad para abrazarla y nos quedamos quietas un momento en el abrazo. Quizá tener a las gemelas nos acerque en vez de distanciarnos aún más.
Pero nuestro abrazo se ve interrumpido por un grito. Luego un fuerte golpe. Nos separamos, sobresaltadas. Salgo corriendo al pasillo, con Melissa detrás de mí.
Llegamos justo a tiempo de ver a Amy rodando escaleras abajo. La pierna se le dobla en un ángulo antinatural cuando el cuerpo cae encima de ella y oigo cómo cruje contra el suelo. Luego la cabeza le rebota contra las baldosas con un golpe seco y nauseabundo.