La mujer en mi casa Capítulo 7
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Capítulo 7

Cuando Ian y yo volvemos a la casa juntos una semana después, la entrada ha sido despejada de basura, el contenedor está a rebosar, el jardín ha sido podado y la puerta principal y el garaje han sido pintados de azul aciano.

La casa está transformada, ahora indistinguible de las demás en la calle.

No puedo dejar de sonreír, y el corazón se me llena de esperanza por nuestro futuro juntos.

De repente siento que una vida feliz con Ian y las gemelas está a mi alcance.

Ian insiste en entrar conmigo en brazos, girándose de lado para pasar por la puerta y no chocar con mi barriga.

Dentro, el pasillo está recién pintado, con una gran lámpara colgante del techo.

En el salón, los tablones han sido retirados de los enormes ventanales en saliente y la luz se cuela por las rendijas de las persianas venecianas, iluminando la suave moqueta nueva color crema y la chimenea victoriana restaurada.

—Todavía nos queda hacer el comedor —dice Ian, mientras me asomo—. Estaba esperando a preguntarte qué querías hacer con él. Pensé que quizás podría ser una sala de juegos para los niños.

Sonrío ante la imagen, imaginando a nuestras gemelas con cuatro o cinco años, jugando con sus juguetes.

Es difícil creer que esa vaya a ser mi vida, vivir en esta casa enorme con Ian y nuestras dos niñas.

La imagen es perfecta, como una postal. Sin embargo, a pesar de todo, me siento intranquila, como si estuviera viviendo la vida de otra persona.

Me trago los sentimientos. Una vez que me instale, estaré bien. Todo ha ido tan deprisa que no es de extrañar que parezca un gran cambio.

Cuando veo el viejo piano, sonrío. Me alegra mucho que siga aquí.

Siento el impulso repentino de sentarme y dejar que la música se lleve mis preocupaciones.

Pero Ian quiere continuar la visita, y yo exclamo admirada ante la cocina nueva, sin querer admitir que ya la he visto.

Arriba el baño ha sido reformado y se ha instalado una ducha nueva.

Nuestro dormitorio tiene moqueta y pintura nueva, con cortinas nuevas y las dos cunitas montadas junto a la cama.

Ian ha puesto una cama en el segundo dormitorio doble, pero el resto del piso de arriba está sin tocar.

—Pensé que querrías elegir tú los colores de la pintura para el cuarto de las niñas —dice—. Y de todas formas las bebés estarán con nosotros los primeros seis meses, así que tendremos tiempo de sobra para arreglar el resto de los dormitorios.

—Es perfecto, Ian —digo—. Gracias. —Siento una oleada de emoción y no sé si es amor o alivio. Me inclino hacia él, le rodeo con los brazos y le beso de lleno en los labios.

Dos días después me estoy preparando para el baby shower y estoy llena de nervios.

Hace dos semanas temía este día, avergonzada por la casa en ruinas.

Pero ahora tengo la preocupación contraria: que quizás la casa sea demasiado ostentosa, que mis amigas piensen que me han hecho un trasplante de personalidad y me he vuelto completamente materialista.

En la cocina, saco de su embalaje las copas de champán nuevas que ha comprado Ian. Ian ha llenado la nevera de bebidas con alcohol e insistió en comprar una tarta rosa cara en la pastelería del barrio. Yo tomaré el zumo de saúco con gas que trae Amy.

Miro en los armarios y me doy cuenta de que no tenemos servilletas ni papel de cocina.

—No te preocupes —dice Ian—. Hay un supermercado calle arriba. Voy a por ellas. Vuelvo en quince minutos.

Cuando Ian vuelve, con una bolsa de servilletas bajo el brazo, yo me he maquillado y estoy yendo y viniendo por el pasillo.

—Katie, deja de preocuparte. —Ian me pone la mano en el hombro para que pare, luego me rodea con el brazo, acariciándome el pelo con la otra mano mientras me mira directamente a los ojos—.

Yo me ocupo de todo. Serviré la comida y la bebida e indicaré a la gente dónde está el baño. Tú siéntate en el salón y relájate.

—De acuerdo. —Sonrío.

—Y no te preocupes por lo que piensen. Este baby shower es tuyo y de las gemelas. Es por llevar dos bebés encima todo el día, todos los días, durante nueve meses. Es para celebrar la maternidad. —Me coloca el pelo detrás de la oreja—. No dejes que nadie te lo estropee.

El timbre suena y encuentro a Amy en la puerta, con cara de asombro. Ha venido pronto para ayudarme a prepararlo todo.

—Vaya, este sitio es todavía más grande de lo que parecía en las fotos.

—Ya lo sé —respondo, casi con disculpa.

—Bonito candelabro —dice, mirando hacia arriba la extravagante lámpara del rellano de arriba.

—Gracias.

Me mira y sonríe abiertamente.

—¿Y por qué exactamente me llamaste diciendo que querías volver a vivir en el apartamento? Este sitio es increíble.

—Antes no era así. Estaba completamente en ruinas.

—¿En ruinas? Claro. Admítelo: solo querías volver porque me echabas de menos. —Me envuelve en un abrazo apretado.

—Bueno, te he echado de menos —respondo.

—No necesitas excusas para volver a verme. Puedes venir cuando quieras.

Sonrío, pero no creo que Amy tenga ni idea de lo difícil que sería cruzar Londres con gemelas recién nacidas.

Yo tampoco la tenía. Solo cuando empecé a mirar cochecitos dobles el otro día me di cuenta de lo complicado que va a ser moverse.

No hay manera de que pueda bajar sola por los escalones del metro.

—Pasa. —Le hago una visita rápida por la casa, viendo cómo los ojos se le abren de asombro con cada nuevo detalle.

—¿Así que Ian resultó ser un buen partido después de todo? —dice Amy en voz alta.

—Calla... Está justo abajo.

Se ríe.

Asiento y cambio de tema.

—Todavía hay algunas cosas que preparar para el baby shower antes de que llegue todo el mundo.

Bajamos y Ian le sirve una copa de champán; ella la saca al frente de la casa y la mantiene en la mano mientras se sube a una silla para colgar una pancarta.

Noto el sol caliente en la cara mientras la veo tambalearse, apoyándose en el seto mientras ata la pancarta con una mano y derrama la bebida con la otra.

—¿No es un poco exagerado? —digo, mirando con dudas las enormes letras que anuncian mi baby shower—. Quiero decir, no es un evento abierto. La gente que he invitado ya sabe la dirección.

—No seas aguafiestas. Es tu baby shower. Solo vas a tener uno, a menos que estés pensando en tener más hijos después de las gemelas. —Me mira desde la silla, con las cejas levantadas y la copa de champán ladeada.

—No —digo rápidamente.

—Bueno, la casa es lo suficientemente grande para un montón de niños. Podrías montar una guardería aquí.

Me río.

—No te pases.

Volvemos dentro y descubrimos que Ian ya ha puesto la comida. Amy coge un puñado de patatas fritas y luego saca de su bolsa una colección de globos rosas y más pancartas. Media hora después, el salón está cubierto de decoraciones.

Amy mira mi barriga.

—Ya queda poco —dice—. ¿Cómo te sientes por el parto?

—Aterrorizada. —Últimamente la angustia me ha ido creciendo. He oído todo tipo de historias de terror de amigas con hijos.

—Sí, no me sorprende. Yo también estaría aterrorizada. No sé por qué alguien no lo estaría. Empujando algo de ese tamaño hacia fuera.

—Vale —digo, tapándome los oídos—. Basta. Va a pasar, y si se pone muy mal tendré que tomar la medicación.

—Ay, lo siento muchísimo, no quería asustarte. Tú puedes con el dolor, de todas formas. Me acuerdo de cuando te rompiste la muñeca y aun así fuiste a trabajar.

—Sí, qué tontería la mía, ¿verdad?

El timbre interrumpe nuestra conversación y abro la puerta para ver a mamá, con cara de perplejidad. Melissa y su marido Graham vienen justo detrás de ella.

—Pero Katie, ¿de qué estabas hablando cuando dijiste que querías venir a vivir conmigo? —dice mamá.

Amy le sonríe abiertamente.

—A ti también te tocó el drama, ¿eh? Pobrecita Katie en su casona en el barrio de los cochecitos...

Mamá y Amy se ríen las dos.

—Oh vamos, Katie —dice Amy, viendo mi ceño fruncido—. Era una broma.

—¿Estás bien? —le pregunto a mi madre mientras se quita los zapatos—. ¿Cómo van los dolores de cabeza?

—Ya te dije que estoy bien. Solo fue una revisión. —Mi madre pone la mano en el radiador para apoyarse y por un momento parece frágil. El corazón me da un vuelco. De pequeñas también tenía mareos, además de los dolores de cabeza. Me pregunto si todo está volviendo.

—Hola, Katie. —Mi hermana se inclina para darme dos besos. Graham, su marido, hace lo mismo y por el rabillo del ojo veo a mamá desaparecer dentro de la casa. Melissa se apoya en Graham mientras se quita los tacones con cuidado.

—Estás radiante —dice, sonriendo.

Le devuelvo la sonrisa. Estoy muy contenta de que esté aquí. Sé lo difícil que es para ella. La celebración debe de recordarle el bebé que lleva tanto tiempo esperando. Ni siquiera fue al baby shower de su mejor amiga.

—Me alegra tanto verte —digo.

Dentro de la casa, Ian le ofrece a mamá una copa de champán, a mi hermana un vaso de zumo de saúco con gas y a Graham una cerveza.

Ian siempre ha tenido buena memoria para los pequeños detalles: cómo toma el té mamá, la preferencia de mi hermana por las bebidas sin alcohol, mi cóctel favorito en el bar a unas calles del trabajo.

Después de que mamá, Melissa y Graham hayan entrado, el timbre no paraba de sonar y pronto nos reunimos un buen grupo en el salón. Hay personas de distintas épocas de mi vida: algunas chicas del trabajo, un par de amigas del conservatorio y algunas más que conozco desde el colegio.

Amy propone algunos juegos y pronto todo el mundo se está riendo intentando poner pañales a un muñeco con los ojos vendados. Estoy abriendo los regalos cuando el timbre vuelve a sonar. Levanto la vista sorprendida. No esperaba a nadie más.

Abro la puerta y veo a Paula.

—Hola —digo.

—Hola. Siento molestarte. Solo quería saber si tienes mi linterna. No te la pediría, pero tengo que hacer unas pequeñas reparaciones hoy.