La mujer en mi casa 3
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Papá ha vuelto del trabajo. Está en la cocina, esperando su cena con impaciencia. Me quedo en el umbral mirando, demasiado asustada para moverme. He bajado a buscar un libro que mi profesora me dio para leer en casa. Pero está al otro lado de la cocina, fuera de mi alcance.

Sé que está enfadado. Parece más alto de lo normal, como una sombra amenazante sobre mamá. Ella está cocinando, removiendo algún tipo de estofado. La cuchara de madera golpea los lados de la olla una y otra vez como si mamá también estuviera enfadada.

Está justo detrás de ella. Ella lo sabe. Él lo sabe. Y yo lo sé.

Le veo extender los brazos hacia ella. Creo que va a pegarle o a agarrarla, pero en cambio la rodean por la cintura. Ella da un respingo.

La abraza y por un momento se balancean juntos. Luego ella suelta la cuchara, gira un poco la cabeza y él la besa.

Miro, atónita. Nunca había visto nada así entre mis padres. Pero parece el amor que vemos en las películas. Besos. Abrazos. ¿Podría ser que de verdad se quisieran?

No sé cómo sentirme. Una parte de mí siente que por fin las cosas están bien, que se están comportando como se supone que deben.

Siento alivio. Deben de estar de verdad enamorados, no solo fingiendo.

Pero otra parte de mí siente algo repugnante.

Como si de repente me hubiera dado cuenta de una horrible verdad.

Que así es como se ve el amor de verdad.

Sin regalos y flores y bombones. Sin ranas besando a princesas y convirtiéndose en príncipes.

Si mis padres están de verdad enamorados, entonces las peleas y los moratones en la piel pálida de mamá son el amor de verdad.

La rabia y el dolor son el amor de verdad.

Me invade la decepción. Quiero volver a mi habitación, huir de mis pensamientos confusos. Pero no lo hago. En cambio, me quedo mirando.

Le veo girarla, les veo abrazarse con fuerza, veo cómo ella hace una mueca de dolor cuando sus brazos aprietan contra sus heridas.

Luego empieza a arrancarle la ropa, las manos empujando la falda hacia arriba, tirando de las medias hacia abajo.

Todo es muy rápido, y ella suelta un gemido de dolor cuando él la empuja contra la pared.

Luego él se aprieta contra ella, con la cabeza de ella golpeando contra la pared. Ella está sin aliento, la cara roja, la de él más roja todavía. La está aplastando. La está matando.

—¡No! —grito, saliendo disparada del umbral—. No le hagas daño. ¡No!

—Está bien —dice mamá, con los ojos desorbitados, mirándome a mí, luego a él, luego de nuevo a mí.

Él continúa, haciéndole daño, y alargo el brazo y le agarro por la parte de atrás de la camisa.

—¡Apártate de ella!

—¡Vete! —me grita ella—. ¡Vete de aquí!

Las lágrimas me resbalan por las mejillas.

Mi padre suelta un gruñido sordo y luego se aparta de ella.

Se sube los pantalones y se gira hacia mí.

—¡Mocosa! —grita—. Lo estropeas todo.

Corro tan rápido como puedo. Cuando cruzo la puerta de golpe algo frío me golpea en la nuca y me tira al suelo.