Capítulo 5 #2
Asiento y cojo el paño del mostrador. En la sala hace más fresco, y Martin pretende que sea una tarea más llevadera para mí.
Pero cuando me inclino para limpiar las mesas, la barriga se interpone y los botones del uniforme de manga larga tiran incómodamente sobre el pecho.
Hoy en día, incluso limpiar mesas requiere un nivel de esfuerzo que me deja colorada y sudorosa.
Solo he conseguido limpiar unas pocas mesas cuando Martin me llama de vuelta. Le frunzo el ceño. Solo hay una cliente en la cola, de espaldas a mí, con el pelo oscuro y liso cayéndole casi hasta los hombros. Seguro que puede atenderla él solo.
—Un momento —digo, abriéndome paso hacia el espacio detrás del mostrador.
La mujer se gira hacia mí y se me cae la boca abierta. Es mi hermana. No nos hemos visto en meses.
—¡Melissa!
—¿Cómo estás, Katie? Estás muchísimo más grande.
—Estoy bien —digo con demasiada alegría, consciente de las gotitas de sudor que se forman en mi frente.
Melissa tiene un aspecto impecable con su vestido de diseño perfectamente planchado, pero tiene los ojos llorosos.
—Siento no haber dado señales de vida —dice—. El trabajo ha sido una locura.
El despacho de abogados de Melissa está a solo unas calles de la cafetería, pero raramente ve la luz del día, encorvada sobre el ordenador hasta bien entrada la noche casi todas las tardes.
Dos hombres de negocios entran por la puerta y hacen cola detrás de ella. Tendré que atenderla para poder pasar a los siguientes clientes. Tenemos un objetivo de tiempo de espera para los clientes.
—¿Quieres un café? —le pregunto.
—Yo no tomo café.
—Claro, lo siento. —Me maldigo por ser tan poco delicada. Durante los últimos diez años Melissa ha eliminado todo lo que cree que podría afectar a sus posibilidades de quedarse embarazada.
—No he venido a tomar nada. He venido a hablar contigo. —Espero que esté a punto de decirme que por fin está embarazada, pero puedo ver en sus ojos que no viene con buenas noticias.
Miro a Martin, que está rondando por detrás, escuchando nuestra conversación. Asiente.
—¿Por qué no te tomas el descanso ahora? —sugiere, avanzando para atender a los hombres detrás de mi hermana.
Melissa me lleva a una mesa en un rincón, una que todavía no he limpiado, y tomo el paño del mostrador para darle un repaso rápido.
—Me alegra verte —dice en voz baja, mirando fijamente mi barriga embarazada, más visible ahora que me he alejado del mostrador.
—A mí también —respondo, llevándome la mano al estómago, sintiéndome de nuevo culpable de que sea yo la que esté embarazada y no Melissa.
—Siento no haber respondido a las fotos de la ecografía que me mandaste.
—No pasa nada —digo—. Lo entiendo. —En su momento me había dolido, pero sé lo difícil que es para ella.
—Las fotos me hundieron por completo. Estaba intentando asimilar lo de que esperabas un bebé, pero cuando me enteré de que eran dos… fue como si te hubieran dado ya hecha la familia que yo siempre había querido, por la que tanto había luchado.
—Lo siento —respondo—. No pensé en cómo te sentirías.
—Pero una parte de mí sabía que se enfadaría.
Había cortado el contacto completamente con su mejor amiga cuando esta tuvo un bebé.
Había esperado que conmigo fuera diferente.
Que pudiera alegrarse por su propia hermana.
Yo había querido que todo el mundo viera las fotos.
No quería esconder a mis gemelas para no hacerla sufrir.
—No es culpa tuya. Solo necesito aceptar que mi destino es ser tía, no madre. —Se echa a llorar y alargo la mano y le aprieto la suya.
—No sé qué decirte. —Recuerdo cuando éramos pequeñas. Era ella quien siempre me consolaba a mí.
—Mamá dijo que debería venir a verte —dice en voz baja—. No quería que nos peleáramos por esto.
No me imagino a mamá de pacificadora. Pienso en anoche cuando no me dejó quedarme en su casa y frunzo el ceño.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Le pedí a mamá si podía quedarme con ella y dijo que no.
—Pero ¿por qué necesitabas un sitio donde quedarte? —Melissa parece confusa—. Creía que Ian te había comprado una casa.
—Necesita reformas.
—Seguro que puedes vivir ahí mientras la reforman.
—Está muy deteriorada.
Me mira con escepticismo.
—Dios, ¿no puedes ser un poco más agradecida? Sabes que vives en una casa mucho más grande de lo que mamá o yo podríamos permitirnos nunca. Y tú nunca has ahorrado ni un céntimo para ella.
—He trabajado duro —digo a la defensiva. Pero tiene razón. Nunca he ganado suficiente para ahorrar nada. Siempre pensé que viviría de alquiler para siempre.
—Mira, necesitaba un sitio donde quedarme y mamá no me quiso recibir. ¿No te parece un poco cruel de su parte? —Recuerdo el miedo que pasé durmiendo en la casa. Menos mal Paula me ayudó.
Melissa se ríe.
—No puedes esperar que mamá te saque las castañas del fuego. Tienes treinta y seis años, Katie. No doce.
Suspiro. Melissa nunca lo entenderá. Siempre defiende a mamá. Pero claro, siempre ha sido su favorita.
—¿Y dónde vas a quedarte entonces?
—En un hotel.
—¿En un hotel? ¿En serio? Entonces no necesitabas su ayuda, ¿no?
—La necesitaba anoche. No tenía adónde…
—¿Anoche? ¿La llamaste anoche?
—Sí. Nunca la habría llamado si no hubiera necesitado de verdad su ayuda.
—¿Sabes que ayer estuvo en el hospital?
Me quedo de piedra.
—¿En el hospital? —Me rasco la cicatriz del brazo, asustada de lo que estoy a punto de oír.
—¿No te lo dijo?
—No —digo, alarmada—. ¿Le pasa algo?
Melissa suspira.
—Siempre intenta protegerte. Es como si siguieras siendo su niña pequeña.
—¿Protegerme? —Siento una angustia creciente—. Melissa, ¿qué le pasa?
—Nada de lo que tengas que preocuparte. Solo le hicieron una prueba. Le han ido empeorando los dolores de cabeza.
Mamá ha tenido dolores de cabeza desde que tengo uso de razón. Cuando éramos niñas, a veces tenía que meterse en la cama durante horas en pleno día. Pero desde que me fui de casa nunca ha vuelto a mencionarlos. Había dado por sentado que se habían ido.
—¿Qué quieres decir con que le han ido empeorando? ¿Creen que hay algo que no va bien? —Se me abren los ojos mientras la mente me pasa a toda velocidad por una serie de razones devastadoras por las que los dolores de cabeza podrían estar empeorando.
—No lo saben. Los lleva teniendo tanto tiempo que es poco probable que sea algo grave, pero les preocupa lo suficiente como para hacerle una prueba en el hospital.
¿Por qué no me lo dijeron? Me mareo y me aferro al borde de la mesa para calmarme. No siempre me llevo bien con mamá, pero desde que murió mi padre solo hemos sido tres. No podría soportar que le pasara algo terrible a ella también.