La mujer en mi casa Capítulo 5
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Capítulo 5

Parpadeo al despertar, confusa y desorientada, empapada en sudor. Muevo mi cuerpo embarazado y pesado sobre el colchón y siento una arcada ante el olor que desprende.

La habitación enorme se expande a mi alrededor y amenaza con engullirme en su oscuridad.

Estoy acostumbrada a despertar temprano con la luz brillante del día filtrándose por las rendijas de mis finas cortinas y el sonido de la ducha y el estruendo de las botas bajando las escaleras cuando Mike se va a su turno de mañana en el metro de Londres.

Pero aquí es total oscuridad. Las gruesas cortinas bloquean la luz por completo y la habitación está en completo silencio. No tengo ni idea de qué hora es.

Oigo crujidos. Pasos lentos y cautelosos en las escaleras.

Cada músculo de mi cuerpo se tensa. Tardo un momento en recordar dónde estoy. En la casa que compró Ian. En un colchón en el suelo. Sola.

Pero ahora hay alguien más en la casa conmigo.

Mi mente vuela hasta los restos de la hoguera en la entrada. ¿Ha estado viviendo alguien aquí?

Me digo a mí misma que no entrarán en esta habitación. Podría esconderme aquí hasta que se hayan ido. Mandarle un mensaje a alguien y esperar a que vengan a buscarme. Sé que Amy vendría si la necesitara. Empiezo a escribir un mensaje.

Los pasos se acercan y el corazón me late deprisa.

Me siento torpemente en el colchón, el olor rancio subiéndome desde su interior mientras los muelles gimen bajo mi peso. Me quedo inmóvil. ¿Y si me han oído?

Entonces bajo la vista horrorizada.

El colchón. ¿Por qué había un colchón aquí?

Me levanto de un salto. Ninguna otra habitación tenía colchón. Si alguien ha estado viviendo aquí, ha estado viviendo en esta habitación. ¿Van a volver ahora? ¿Van a entrar aquí?

Mis ojos recorren la habitación buscando algún tipo de arma con la que defenderme.

Más pasos. Se me acaba el tiempo.

Alargo el brazo hacia la linterna pero en lugar de agarrarla solo consigo rozarla y la oigo rodar por las tablas del suelo hasta golpear la pared con un ruido seco.

Deben de haberlo oído. Sabrán que estoy aquí.

Paso las manos desesperadamente por las tablas de madera desnuda buscando el móvil.

La mano me roza por el polvo y la suciedad hasta que por fin se cierra alrededor del teléfono y casi me echo a llorar de alivio.

Empiezo a marcar.

9–9–

Entonces oigo girar el pomo de la puerta.

La luz cambia cuando se abre la puerta y pego un grito.

En el tenue resplandor de mi móvil, la figura en el umbral no es más que una sombra, una silueta oscura contra el gris del pasillo. Me pongo de pie de un salto, olvidándome por un momento de las gemelas. El peso de la barriga casi me hace perder el equilibrio.

Entonces una luz me da de lleno en la cara. Parpadeo rápidamente, intentando ver más allá del resplandor.

—Katie, ¿estás bien?

Ian. Es su voz lo que le delata. No consigo distinguir sus facciones en la oscuridad. Por un momento el alivio de que no sea un invasor me hace olvidar la rabia, pero entonces esta surge dentro de mí a toda presión.

Intenta rodearme con los brazos y le aparto, con la adrenalina corriéndome por las venas.

—Me has dado un susto de muerte —digo.

—He venido en cuanto vi tus mensajes.

—Te llamé anoche —digo con rabia—. Una y otra vez. Tuve que dormir aquí sola.

—Lo siento muchísimo, Katie. Estaba ocupado con el trabajo. No siempre miro el móvil.

—¿Cómo has podido dejarme mudar aquí estando la casa así en este estado?

—No tenía ni idea de que estaba así. Yo…

—¿No lo visitaste siquiera antes de que me mudara? ¿O eres demasiado importante como promotor inmobiliario para molestarte en comprobar la casa a la que se van a mudar tu novia y tus bebés?

Ian se pasa la mano por el pelo, señal de que, por una vez, está desconcertado.

—Por supuesto que iba a visitarlo. Pero cuando decidiste mudarte antes de lo previsto no tuve tiempo. Recogí las llaves de la oficina el mismo día que te las di.

Le miro furiosa.

—¿Seguro que lo viste cuando lo compraste?

Ian niega con la cabeza.

—Uno de los otros chicos de la oficina lo visitó. Nunca dijo nada sobre el estado en que estaba. Se va a enterar cuando le vea. Nunca pensé que estaría así.

—No puedo quedarme aquí.

—Lo sé. Es absolutamente imposible. Lo siento. Pagaré un hotel.

Mi rabia va cediendo y siento que voy a echarme a llorar.

—Pero ¿por cuánto tiempo, Ian? —Señalo mi barriga. No falta mucho para que seamos cuatro a los que alojar.

—El tiempo que haga falta para que la casa sea habitable para ti. Llamaré a la oficina ahora mismo y haré que se pongan con ello de inmediato. Tengo que recorrerla para ver todo lo que hay que hacer, pero espero que podamos estar de vuelta para tu baby shower.

—Sabes que no tenemos por qué vivir en una casa tan grande como esta. ¿No tienes alguna otra propiedad a la que pudiéramos mudarnos?

—Todas nuestras otras propiedades están alquiladas o en obras.

—Me rodea con los brazos—. Déjame buscarte un hotel.

Te lo debo como disculpa. Podrías venir a mi apartamento, pero mi madre todavía está allí y no necesitas el agobio de mudarte y volver a hacerlo dentro de un par de semanas.

Buscaré un hotel cerca de tu trabajo y podrás tener una vida tranquila una temporada.

Que te hagan la cama y te preparen el desayuno.

—De acuerdo —digo. Me siento insegura, agradecida por su oferta, pero intranquila ante el retraso en mudarnos a la casa.

Pero no tengo mucha elección. La casa no está lista.

Y Ian tiene razón; vivir en un hotel me permitirá descansar un poco.

He empezado a sentirme agotada trabajando todo el día con el calor y el embarazo tan avanzado.

Siento que estamos poniendo todo en pausa: la casa, nuestra relación y el comienzo de nuestra vida juntos con las niñas. Quiero sentirme segura. Quiero saber que las niñas y yo estaremos bien. Necesito saber que Ian me quiere tanto como yo le quiero a él. Necesito saber que puedo confiar en él.

Me alivia salir de la casa y empezar el camino al trabajo.

Es una hora y media de trayecto, pero por suerte hoy tengo el turno de tarde, así que tengo tiempo.

A pesar de una generosa aplicación de desodorante, me siento sucia y avergonzada mientras espero el metro.

He dormido con toda la ropa puesta, aterrada de que las ratas que había visto ayer pudieran corretear por mi piel desnuda en mitad de la noche.

Esta mañana no he podido obligarme a ducharme en el cuarto de baño podrido, así que he traído una toalla y gel de ducha para usar la ducha fría del trabajo.

En el vagón la gente se apelotona en una masa sudorosa compartida, el ambiente está cargado de olor.

Es tan agobiante que no sé dónde acabo yo y dónde empieza la persona de al lado.

Me abro paso entre el gentío, empujando la barriga por delante de la gente en los asientos reservados hasta que me ofrecen uno.

Este verano está siendo mortal. A medida que ha ido subiendo el calor, también ha subido el número de muertes en toda Europa.

No sé cuánto tiempo más voy a poder aguantar trabajando en la cafetería con esta barriga tan pesada y las gemelas actuando como dos bolsas de agua caliente en miniatura dentro de mí.

Me alivia salir de los túneles del metro y subir al aire fresco del exterior.

Paso por el parque, con la hierba amarilla, seca y muerta por el sol implacable.

Camino por el lado con sombra de la calle, agradecida a los altos edificios de oficinas que se ciernen sobre mí bloqueando el sol.

Envidio a la gente que trabaja en los edificios por encima de mí, con los aparatos de aire acondicionado repartiendo generosamente el aire frío por sus oficinas.

Llego justo a tiempo a mi puesto detrás del mostrador de la cafetería, tras una rápida ducha fría en el cuarto de atrás.

Me siento despejada mientras sirvo los primeros cafés y escucho las quejas sobre el calor.

En los primeros días del verano los clientes entraban radiantes, hablando de tomar el sol en el jardín y de las vacaciones en casa.

Ahora se quejan de que no pueden dormir por las noches y de que las plantas se les han muerto.

Por lo menos es mediodía y no he tenido que trabajar el turno de mañana hoy.

Las horas del mediodía y la tarde son más tranquilas, a pesar de nuestras ofertas de café con hielo para ayudar a los agotados trabajadores de oficina a refrescarse.

—Con este clima debe de ser duro para ti —dice un cliente, mirando mi barriga. Asiento. Lo he oído tantas veces.

Antes me encantaba mi trabajo, charlar con los clientes y observar el fluir del mundo a mi alrededor.

Pero últimamente me está costando. Mientras trabajo, la barriga me presiona sobre la pelvis, me duelen las caderas y el sudor se acumula incómodamente entre los pechos y la barriga.

He empezado a tener ganas de renunciar, aunque sé que lo echaré de menos cuando lo haga.

No podré volver al trabajo después de la baja por maternidad.

Mi sueldo no alcanzaría para pagar el cuidado de un bebé, y mucho menos de dos.

Y además, está demasiado lejos de mi nueva casa.

—Anímate —dice Martin, mi jefe de veinte años—. Una sonrisa no cuesta nada.

Respondo con una sonrisa tensa, y Mick, el de mantenimiento, me busca con la mirada y me guiña un ojo.

Tiene sesenta y tantos años y ha sido como un padre para mí, dándome consejos sobre la vida y las relaciones como imagino que habría hecho mi propio padre si todavía estuviera vivo.

Somos quienes más tiempo llevamos trabajando aquí, y hemos ido acumulando una colección de bromas privadas.

Martin ve el guiño de Mick y parece arrepentirse de lo que ha dicho. Desde que anuncié el embarazo consulta constantemente el manual del empleado para asegurarse de que no está incumpliendo ninguna de las múltiples normas para el cuidado del personal embarazado.

—¿Tienes demasiado calor? —pregunta—. ¿Quieres ocuparte de las mesas?