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Un día más. Una pelea más. ¿Pelean todos los padres como los nuestros?
Es difícil saberlo. He preguntado a amigas del colegio y todas dicen que sus padres discuten.
Pero creo que quieren decir que se gritan, quizás rompen alguna copa de vino.
En la televisión y en los libros eso pasa a veces: los padres discuten y algo se rompe.
Pero no he leído ningún libro ni he visto ningún programa en el que los padres se ataquen como hacen los míos.
No he visto nada en lo que la madre salga ensangrentada y apenas pueda tenerse en pie después.
Supongo que podría ser una de esas cosas que simplemente no salen en la televisión infantil, pero que pasan en todas las casas.
En la tele nunca muestran a la gente en el baño ni en el váter. Puede que sea algo así.
Me tapo los oídos cuando los sonidos se vuelven más fuertes. Sujeto la mano de mi hermana con fuerza, y ella aprieta la mía.
Los sonidos cambian. La voz de papá se ha callado y la de mamá es un chillido desesperado. Un golpe sordo. Como una persona cayendo contra la pared. Luego llegan los gritos. Si no vinieran de mi propia casa, de abajo, pensaría que son de un animal agonizante.
Me giro hacia mi hermana en la cama, con los ojos muy abiertos, reflejando los suyos.
—¿Qué hacemos? —susurro.
—¿Hacer?
—Tenemos que ayudarla.
—¿Por qué?
—Ella...
—Ella no nos ayuda a nosotras, ¿no?
—No, pero...
Mi hermana me acaricia el pelo.
—¿Por qué no leemos un cuento juntas?
La miro fijamente, atrapada en el momento, sabiendo con cada parte de mi ser que debería intentar ayudar a mamá, pero sin querer moverme de debajo de las sábanas, sin querer enfrentarme a papá.
Pero tengo que ayudar. Me escurro de la cama y voy hasta la puerta.
—¿Eres tonta? —pregunta mi hermana.
—No —digo, dudando con la mano en el pomo de la puerta.
—Te va a matar.
Las lágrimas me caen en silencio por las mejillas. Los gritos de mamá han cesado del todo ahora. Cierro los ojos con fuerza y rezo para que eso signifique que se encuentra mejor y no algo mucho, mucho peor.