Capítulo 3
Esta es. El número catorce. La casa a la que se supone que me tengo que mudar. Hoy.
Gotitas de sudor me resbalan por la frente y me rasco con rabia la vieja cicatriz del brazo.
Quizás es la casa equivocada.
Saco la llave del bolso y le doy vueltas en la mano.
Arranco la hiedra de la puerta, respiro hondo e introduzco la llave en la cerradura oxidada.
Encaja. Con un poco de fuerza, gira, y oigo el pestillo ceder a regañadientes.
La puerta se ha dilatado con el calor y tengo que embestirla con el hombro antes de que se abra.
Entonces atrapa la brisa y se abre de golpe, golpeando la pared del fondo y rebotando hacia mí.
Empujo la puerta y me asomo al amplio pasillo. Un olor rancio y podrido me invade los sentidos y apenas distingo un montón de correo polvoriento en la oscuridad.
Me detengo y miro por encima del hombro. A pesar del resplandor del sol, la casa está oscura por dentro. Me doy cuenta de que no puedo ver la calle más allá de los setos altos. Nadie podría saber siquiera que estoy aquí.
Tiene que haber algún error. Me siento mal. Ian no puede esperar que me quede aquí sola.
Miro mi maleta en el umbral, a mi lado, y parpadeo para contener las lágrimas. Vaya comienzo de nueva vida. Marco el número de Ian, con la rabia creciendo dentro de mí.
No contesta. Como siempre. Siempre está trabajando. Lo intento de nuevo. Sigue sin contestar. ¿Dónde voy a dormir esta noche? Tendré que volver al apartamento compartido. Pero la idea de tener que explicarle el porqué a Amy me hace arder de vergüenza.
Respiro hondo e intento calmarme. Quizás estoy exagerando. Quizás la casa no está tan mal por dentro como parece por fuera.
Doy un solo paso sobre el recorte de moqueta verdosa y manchada que hace las veces de felpudo y busco un interruptor a tientas.
La pared se nota rugosa, como si el papel pintado tuviera relieve.
Por fin noto el plástico sucio de un interruptor.
Lo acciono con esperanza, una vez y otra, pero por supuesto no funciona.
Han cortado la luz. Desesperada, enciendo la linterna del móvil.
Entro de puntillas, sintiendo la necesidad de no hacer ruido, como si no quisiera despertar a la casa.
Noto el aire estancado moviéndose conmigo según avanzo hacia el interior.
Se supone que esta casa va a ser nuestro hogar, pero me siento una intrusa.
No consigo imaginar que alguna vez llegue a sentir que nos pertenece.
Levanto la vista hacia la escalera oscura y veo los parches rectangulares de papel pintado más oscuro, que en algún momento debieron de estar protegidos por cuadros.
Apenas distingo el estampado de flores del papel y me imagino fotos de familia cubriendo las paredes.
¿Quién vivía aquí? ¿Quién dejó que llegara a este estado?
La idea de que alguien viviera en este lugar me hace estremecerme, aunque hace un calor insoportable.
Recuerdo las cenizas en la entrada de una hoguera, la basura desbordando los cubos y las pintadas en las paredes.
La casa enorme sería perfecta para una ocupación.
¿Y si no estoy sola? ¿Y si ya hay gente viviendo aquí?
Tengo que recomponerme. Si hubiera alguien viviendo aquí ya lo habría oído.
La curiosidad me impulsa hacia adelante por las tablas del suelo desnudo, que crujen y rechinan bajo mi peso mientras avanzo por el pasillo.
Las paredes están salpicadas de manchas oscuras sin identificar y una mancha de moho negro desciende desde el techo.
Paso por delante de una estantería desbordante de libros y papeles, un recordatorio de que esto fue en su día el hogar de alguien.
Empujo con cautela la primera puerta que encuentro, con miedo a lo que voy a encontrar. Vacía. Salvo por las moscas que revolotean alrededor de una sombra negra sin identificar. ¿Hay algo muerto ahí? ¿Un ratón? ¿O una rata? Trago saliva.
En la pequeña cocina estrecha, me alivia comprobar que no hay ningún rastro de que se haya cocinado en el anticuado fogón.
Las zarzas bloquean completamente la puerta trasera, así que solo puedo ver por la mitad superior de la ventana, y las enredaderas se han colado por una gatera amarillenta y se han extendido por el suelo.
El jardín podría ser diminuto o enorme. No puedo saberlo.
Pruebo el tirador de la puerta y cede un poco, con los tornillos flojos.
Empujo un poco más fuerte y la puerta se abre bruscamente hacia afuera, separándose del marco de madera podrida.
Se abre unos pocos centímetros, frenada por la vegetación. No estaba cerrada con llave.
Pienso en Ian con una rabia creciente. ¿En qué estaba pensando? No hay manera de que pueda dormir sola en una casa desvencijada sin llave.
Intento devolver la puerta al marco, pero una de las bisagras está suelta y queda torcida. Abandono el intento. He visto suficiente. Es hora de irse.
Cuando salgo por la puerta principal y vuelvo a la luz del día, aspiro el aire fresco con desesperación. Miro mi solitaria maleta, todavía en el escalón.
La cafetería de enfrente es el único edificio que se acerca a tener tan mal aspecto como la casa.
El letrero de fuera, que cruje con el viento, anuncia un desayuno completo con café por 4,99 libras.
Dentro, el olor a café compite con el olor a beicon, pero pierde la batalla.
Pido y me siento en una silla de madera desconchada ante una mesa de formica a cuadros.
La decoración no desentonaría en un bar de moda, pero creo que las mesas de aquí datan de cuando estuvieron de moda la primera vez.
He trabajado en sitios así, sirviendo desayunos a obreros a primera hora de la mañana y cafés a madres estresadas con bebés llorando más entrado el día.
Los albañiles del mostrador entregan billetes de cinco libras con las manos salpicadas de pintura y luego se van, seguramente a trabajar en alguna de las reformas de áticos que parecen estar teniendo lugar en una casa sí y otra también en la calle.
La cafetería está tranquila ahora, con solo otra cliente.
Una mujer sola, leyendo el periódico. La mesa que he elegido está al lado de la suya, junto a un ventilador eléctrico oxidado que no hace mucho más que mover el aire caliente y pegajoso por la sala.
La realidad de mi situación empieza a calarme.
La casa no está en condiciones de habitarse.
No tengo ni idea de qué estaba pensando Ian, pero me ha fallado.
La vida perfecta que me había imaginado con él y las gemelas no era más que una fantasía.
Me siento mal. Tengo que calmarme. Doy un sorbo al café, quemándome la lengua, mientras intento sofocar mi rabia.
Llamo a Amy.
—¿Cómo está la casa? —pregunta emocionada, antes de que pueda decir nada.
—No es la que esperábamos —digo—. Está muy deteriorada...
—¿En serio? Bueno, seguro que la arreglas en un momento, eres muy apañada. —Suena distraída, como si quisiera quitarme de encima.
—Amy, ¿se ha mudado ya Jake?
—Sí, está desempacando ahora. ¿Por qué?
—Es que pensé en volver.
—No digas tonterías. Sé que estás nerviosa por mudarte, pero en serio, ¿cómo vas a rechazar una casa de varios millones para volver aquí?
—De verdad, no está en condiciones de habitarse. No es la casa que creíamos.
Amy hace una pausa y oigo voces de fondo.
—Sé que tienes dudas sobre mudarte con Ian —dice—. Pero dale una oportunidad. —Alguien interrumpe la llamada y ella dice que espere. —Oye, tengo que ir a enseñarle el apartamento a Jake. Llámame si necesitas algo. Vas a estar bien. Quédate tranquila. Un beso. Adiós.
—Amy, yo...
Pero ya ha colgado.
Lo intento con Ian de nuevo. Todavía faltan unos días para que, en teoría, se mude a la casa conmigo.
Podría quedarme en su apartamento. Iría ahora mismo, pero no tengo la dirección.
Su madre tiene demencia y las visitas la alteran, así que siempre hemos quedado en mi apartamento o nos hemos ido algún fin de semana fuera.
Si no consigo localizar a Ian, necesito encontrar un sitio donde quedarme esta noche. Odio a Ian por ponerme en esta situación.
Voy a tener que llamar a mamá. Está solo a una hora en metro desde aquí. Si puede alojarme una noche, quizás pueda arreglar las cosas con Ian por la mañana. Quizás todo esto es algún tipo de error.
Respiro hondo y cojo el móvil.
—¿Hola? ¿Katie? —Suena irritada, como si la estuviera interrumpiendo, y oigo el murmullo suave de voces de fondo, que supongo que son de la televisión.
—Hola, mamá. Esto... estoy en la casa nueva.
—¿Cómo está?
Será mejor que lo suelte de una vez.
—No puedo vivir aquí, mamá.
—¿Qué quieres decir con que no puedes vivir ahí?
—Está muy deteriorada...
—¿Qué? ¿Peor que ese apartamento horrible del que acabas de salir?
Me encojo.
—Mucho peor.
—Katie, es una casa enorme en una calle preciosa. Eso me dijiste tú misma.
—Mamá. No se puede vivir en ella. —No sé cómo hacérselo entender.
—¿Pero no la viste antes de mudarte?
Frunzo el ceño, avergonzada. ¿Cómo le explico que Amy y yo habíamos mirado la propiedad equivocada en Rightmove?
—No, yo...
—No puede estar tan mal —dice, con una impaciencia creciente.
—No puedo vivir aquí.
Quiero que se ofrezca a dejarme quedarme con ella, pero en cambio la oigo suspirar. Aprieto los dientes.
—¿Puedo ir a quedarme contigo? Solo esta noche.
—¿Y qué va a hacer Ian? ¿No puedes quedarte donde esté él? —Oigo la crítica en su voz. Noto que las lágrimas empiezan a caer y me las seco, avergonzada.
—Está viajando en este momento —miento.
—Pues yo tampoco estoy en casa. Así que tendrás que encontrar otro sitio. Tienes treinta y seis años. No eres una niña. Tienes que madurar antes de convertirte tú misma en madre.
—Mamá... —Se me quiebra la voz.
Oigo el murmullo grave de una voz masculina en la habitación con ella, pero no consigo distinguir lo que dice.
—Tengo que irme, cariño. Buena suerte.