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Mi hermana está tumbada a mi lado, el miedo en sus ojos azules refleja el mío mientras escuchamos pelear a nuestros padres desde la seguridad de nuestro dormitorio. El pijama empapado en sudor se me pega al cuerpo.
Hace tanto calor que siento que me estoy ahogando.
Ahogarse es una de las cosas que podrían matarnos.
A mi padre le gusta enumerarlas a veces.
Ahogarse. Que te atropelle un coche. Que te apuñalen con los cuchillos de cocina.
A veces, cuando las enumera, parece que intenta protegernos, asegurarse de que tengamos cuidado.
Pero sabemos que en realidad son una amenaza.
Cosas que podrían pasarnos si nos portamos mal. Si no hacemos lo que él dice.
Quiero levantarme y abrir la ventana, pero nunca tendría el valor de cruzar el dormitorio de puntillas. No creo que pudiera hacerlo sin que me oyeran.
Una puerta se cierra de golpe.
Siento una presión en la cabeza. Pum. Pum. Pum.
Es como el tambor que me gusta tocar en la clase de música del colegio. Solo que el tambor está dentro de mí, golpeando cada vez más fuerte.
Otra puerta se cierra de golpe. Los gritos se vuelven más furiosos. Me pregunto si algún día mamá perderá los nervios y lo matará. Me gustaría, pienso. Solo nosotras, mamá y mi hermana. Entonces no tendría miedo. ¿Qué podría asustarme ya?
Los gritos están más cerca ahora, y me tapo los oídos para no distinguir las palabras.
No quiero oír cuánto se odian. El mundo queda amortiguado ahí fuera.
Apenas distingo el rugido sordo de mi padre, como el dinosaurio del libro de cuentos que mamá solía leerme.
La respuesta de mamá es un chillido, como el ratoncillo de campo.
Mi hermana se acerca más a mí y rodea mi piel ardiente con el brazo. Me envuelve con su cuerpo y nos tapa a las dos con las sábanas. Bajo las mantas, mis ojos se adaptan hasta encontrarse con los suyos.
—Todo va a salir bien —dice, acariciándome el pelo—. Siempre nos tendremos la una a la otra.
Me acurruco contra ella. Tiene razón. Mientras estemos juntas, siempre estaremos a salvo.