La mujer de los obituarios Capítulo 30. La última palabra #2
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Capítulo 30. La última palabra #2

Y comprendía cada vez mejor lo grave que habría sido utilizar sus muertes para construir una historia más convincente de la que permitían los documentos.

—Dile a Marisa que me gustaría verla después de Navidad —respondí.

—Se lo diré.

Pensé también en Elena. Cuando firmó su declaración no pidió que nadie olvidara sus decisiones: se comprometió a responder por ellas si se las volvían a preguntar. Ya no necesitaba que yo la buscara entre cuatro nombres de archivo para saber dónde estaba situada en esta historia.

Terminamos de comer.

Al regresar al periódico, el árbol seguía torcido junto a la impresora.

Lucía se agachó para recuperar otro adorno.

—Voy a terminar por tirarlo.

—Llevas diciendo eso una semana.

—Hoy podría cumplirlo.

La dejé discutiendo con las luces y regresé a mi mesa. Antes de la llamada de Inés, vi publicada la noticia en la edición digital. El titular recogía el requerimiento de documentación a Alerce, con la respuesta de la fundación y sin identificar a Paula ni a Darío.

* * *

A media tarde recibí un mensaje de Inés.

Cuando tengas un momento, ¿puedes llamarme? No es urgente.

Esperé hasta terminar una comprobación y marqué su número desde la sala de descanso.

Respondió enseguida.

—Hola, Clara.

—¿Ha pasado algo?

—Quería ponerte al día antes de que terminara la semana.

Me senté.

Inés me confirmó que la declaración de Rafael y las referencias a los registros técnicos seguían incorporadas a las actuaciones. No había recibido una comunicación que resolviera las responsabilidades personales.

—¿Y él? —pregunté.

—No tengo una resolución que comunicarte sobre su situación penal.

—¿Sabes si ha cambiado su versión?

—No me consta una nueva declaración que podamos valorar. Si la hubiera, tendríamos que examinar su contenido y procedencia.

Me quedé callada.

Había pasado más de un mes desde la conversación del jueves cinco.

Rafael reconoció entonces que preparó la esquela para que yo la recibiera y avisara a Mateo.

También admitió que conocía el plazo del doce por conversaciones relacionadas con Alerce.

Aquella explicación seguía siendo importante.

Pero las afirmaciones sobre otras personas necesitaban comprobaciones propias.

—¿Y el hombre que nos siguió? ¿La entrada en casa de Mateo?

—Aún no hay una identificación confirmada que pueda comunicarte sobre esos hechos.

Miré la puerta cerrada de la sala. La falta de respuesta seguía doliéndome, sobre todo cuando pensaba en el portátil que Mateo no había recuperado.

Inés guardó silencio.

Después añadió:

—Sobre Santa Oliva me han comunicado el requerimiento de los originales de marzo.

—Lucía ha recibido una respuesta oficial para el periódico.

—Me parece bien que trabaje con sus propias confirmaciones.

Le conté brevemente qué había comprobado.

Inés escuchó.

—Es importante que la información pública no comprometa a quienes aportaron documentación con otras condiciones —respondió.

—Lo hemos tenido en cuenta.

—Bien.

Me quedé callada.

—Inés, ¿crees que llegaremos a saber todo lo que pasó?

No contestó enseguida.

—Es posible que algunas preguntas tengan respuestas documentables y otras no —dijo—. No sería responsable prometerte algo distinto.

Miré mis manos.

—Ya.

—Pero la falta de respuestas nuevas no significa que debáis quedaros esperando sin seguir con vuestra vida.

Miré el teléfono. Mateo había decidido regresar a su piso y yo seguía revisando esquelas todas las mañanas. Ninguna de las dos cosas impedía que continuaran las comprobaciones.

—¿Cómo está Mateo? —preguntó.

—Ha vuelto a dormir en casa.

—Lo sé. Hemos hablado sobre las precauciones que seguirá manteniendo.

—Esta tarde le devuelvo el perro.

Inés se rio suavemente.

—Eso sí que es una novedad.

—Para él, desde luego.

Nos despedimos.

* * *

Antes de marcharme del periódico hice una última cosa.

Abrí la relación de referencias que había anotado el viernes nueve de octubre.

Las cuatro fotografías.

Aurora Serra, 2014.

Nicolás Cervera, 2018.

Paula Ríos, 2022.

Darío Soler, septiembre de 2026.

Me detuve en los nombres atribuidos a la mujer que aparecía en todas.

Elena Rivas.

Beatriz Molina.

Teresa Ocampo.

Julia Beltrán.

Ahora sabía que era Elena Aranda.

También sabía que aquellas identificaciones habían sido aportadas en contextos distintos y que ninguna constituía un cambio de identidad legal.

Al principio las había interpretado como indicios de una mujer que ocultaba algo relacionado con cuatro muertos.

Después descubrí que dos de las ceremonias eran despedidas sociales y que las personas homenajeadas seguían vivas.

Las fotografías no habían mentido.

Mostraban personas reunidas en fechas concretas.

Habíamos sido nosotros quienes incorporamos palabras y relaciones que aquellas imágenes, por sí solas, no podían demostrar.

Abrí la ficha de la galería de Paula.

La atribución Teresa Ocampo seguía apareciendo entre los datos recibidos originalmente.

No la sustituí.

Tampoco escribí el nombre real de Elena en una ficha accesible a quienes no conocían la historia.

Preparé una solicitud interna para revisar la calidad documental de las cuatro identificaciones, conservando las referencias originales y señalando que sus nombres no habían sido verificados mediante documentación independiente.

La remití a la coordinación responsable del archivo.

No era una corrección pública.

Ni una manera de borrar lo que otras personas habían aportado.

Era una advertencia para que, si alguien volvía a utilizar aquellas imágenes, no tratara sus pies como pruebas de identidad que nunca habían sido.

Cerré el archivo.

Durante semanas había querido encontrar a la mujer de las cuatro fotografías. Cuando por fin la conocí, tuvo que decidir por sí misma qué parte de su pasado estaba dispuesta a reconocer.

Eso no autorizaba al periódico a contar lo que otras personas habían confiado bajo reserva.

* * *

Llegué a casa un poco antes de las seis.

El perro estaba tumbado junto al sofá.

Había dejado su manta doblada sobre una silla, con la correa y dos juguetes encima.

Preparé una bolsa con el pienso, las cosas que Mateo me había dado en octubre y algunas que había ido comprando durante las semanas siguientes.

Encontré una pelota debajo de la mesa.

Otra detrás de una maceta.

La tercera estaba mordida hasta resultar irreconocible.

La miré unos segundos antes de tirarla.

Después recogí el cuenco.

No imaginaba que un animal pudiera ocupar tanto espacio en una casa pequeña.

No por su tamaño.

Por todas las cosas que una terminaba haciendo a su alrededor.

Había aprendido a levantarme antes porque quería salir a la calle. A cerrar bien el armario donde guardaba el pienso. A no dejar zapatos junto a la puerta.

Durante las primeras noches de octubre, cuando Mateo acababa de perder el portátil y no sabíamos quién había entrado en su vivienda, el perro había dormido junto a mi cama.

Yo escuchaba cada ruido del edificio.

Él no.

A veces se movía, bebía agua y regresaba a su manta.

Aquella tranquilidad me ayudó más de lo que había reconocido.

Me agaché y le acaricié la cabeza.

—Bueno. Nos vamos.

Se levantó inmediatamente.

Había comprendido aquella palabra mucho mejor que todas las explicaciones que le había dado durante la tarde.

* * *

Mateo abrió la puerta antes de que llamara por segunda vez.

El perro pasó entre mis piernas y entró corriendo.

Mi hermano se agachó para recibirlo.

—Hola, tú.

El animal empezó a dar vueltas a su alrededor.

Mateo se rio.

Yo me quedé en la entrada con las bolsas.

—¿Vas a dejarme pasar? —pregunté.

Mi hermano levantó la vista.

—Perdona.

Me quitó una de las bolsas y se apartó.

Entré.

El piso había cambiado desde nuestra visita de noviembre.

No demasiado.

Había una alfombra nueva junto al sofá y algunas cajas que antes estaban apiladas en el dormitorio habían desaparecido.

La mesa del salón estaba despejada.

En el escritorio seguía sin haber un ordenador.

Pero había una libreta abierta y una lámpara encendida.

Mateo había vuelto a utilizar aquel espacio.

Dejé las cosas del perro junto a la pared.

—¿Dónde pongo su cuenco?

—En la cocina, donde estaba antes.

Lo llevé.

Reconocí la taza blanca de nuestra madre sobre el escurridor.

Estaba limpia.

Tenía el mismo pequeño dibujo azul.

Me quedé mirándola un momento.

Después regresé al salón.

Mateo estaba colocando la manta.

—¿Has cenado? —preguntó.

—Todavía no.

—He comprado algo.

—¿Tú?

—No pongas esa cara.

Fui hasta la cocina.

Había preparado una tortilla de patatas y una ensalada.

—¿La has hecho tú?

—La tortilla es comprada.

—Eso explica muchas cosas.

Mateo sonrió.

Nos sentamos.

El perro se tumbó debajo de la mesa, junto a sus pies.

* * *

Cenamos sin hablar de Rafael.

Mateo me contó que había retomado parte de sus tareas laborales, todavía con algunos ajustes de horarios. También había empezado a organizar de nuevo sus gastos.

El dinero del ordenador desaparecido seguía siendo una preocupación.

No había recuperado el portátil.

Tampoco existía una reparación económica que hubiera hecho desaparecer lo ocurrido.

—Estoy mirando uno de segunda mano —dijo.

—¿Quieres que te ayude?

—A comparar precios, sí. A pagarlo, no.

—No iba a ofrecértelo.

Me miró.

—Clara.

—Bueno, quizá.

Se rio.

Después hablamos de Navidad.

Habíamos acordado pasar la noche del veinticuatro juntos, pero todavía no habíamos decidido en qué casa.

Desde que murió nuestra madre, aquellas fechas habían sido incómodas.

El primer año tratamos de repetir sus costumbres sin ponernos de acuerdo en quién debía preparar qué.

Después habíamos terminado cenando cada uno en su casa.

—Podemos hacerlo aquí —propuso Mateo.

Miré alrededor.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Vas a cocinar?

—Comprar una tortilla también es cocinar.

—No lo es.

—Entonces cocina tú.

Sonreí.

—De acuerdo.

Mateo se levantó para recoger los platos.

Me quedé sentada.

Había algo extraño en volver a su casa y encontrar una conversación que no estuviera organizada alrededor de una amenaza.

No había olvidado el miedo de las semanas anteriores.

Tampoco podía imaginar que Mateo lo hubiera olvidado.

Pero durante aquella cena no necesitamos hablar de ello para saber que ambos lo teníamos presente.

* * *