La mujer de los obituarios Capítulo 30. La última palabra #3
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Capítulo 30. La última palabra #3

Cuando terminamos, mi hermano preparó café.

Se sentó frente a mí con la taza blanca de Lidia.

Lo observé.

—¿No te preocupa seguir utilizando esa taza?

Mateo bajó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque es la única que queda de aquel juego.

—La utilizo desde hace años.

—Lo sé.

Dio un sorbo.

—No voy a guardarla en una vitrina para que no se rompa.

Me quedé pensando.

Nuestra madre había dejado pocas cosas que los dos quisiéramos conservar.

Algunos libros.

Fotografías.

Una caja de documentos personales.

Aquella taza.

Durante meses discutimos por lo que significaban sus silencios. Después descubrimos que había mantenido relaciones y trabajos de los que ninguno conocía todos los detalles.

Su ayuda a Elena y a otras personas relacionadas con Alerce había sido real.

También lo había sido su decisión de ocultárnosla.

No necesitaba convertirla en una mujer perfecta para reconocer que había intentado proteger a quienes acudieron a ella.

—He vuelto a leer algunas de sus cartas —dije.

Mateo levantó la vista.

—¿Las que guardaste tú?

—Sí.

—¿Encontraste algo nuevo?

Negué.

—No estaba buscando eso.

Mi hermano dejó la taza sobre la mesa.

—¿Y qué querías?

Tardé en responder.

—Recordar cómo hablaba cuando no estaba ocupándose de los problemas de otra persona.

Mateo sonrió.

—Se enfadaba bastante por las cosas pequeñas.

—Muchísimo.

—¿Te acuerdas de cuando discutió con el vecino porque movía las macetas del rellano?

—Tres veces.

—Cuatro.

Me reí.

Habíamos pasado semanas hablando de Lidia como si su vida hubiera sido una sucesión de secretos y decisiones profesionales.

También había sido nuestra madre.

La mujer que discutía con los vecinos, que insistía en que comiéramos antes de salir y que guardaba las tazas desparejadas porque todavía podían utilizarse.

No era necesario elegir entre aquellas versiones.

Las dos habían existido.

* * *

Después de cenar Mateo me acompañó hasta la puerta.

El perro vino detrás.

Se quedó mirándonos mientras yo me ponía la chaqueta.

—Creo que piensa que te lo llevas otra vez —dijo mi hermano.

Me agaché.

—Esta vez te quedas aquí.

El animal me olfateó la mano.

Después volvió junto a Mateo.

—Me ha olvidado enseguida —comenté.

—Es un perro práctico.

Me incorporé.

Mateo me miró con seriedad.

—Gracias por cuidarlo.

—No tienes que dármelas.

—Sí.

Esperé.

—Durante aquellas primeras semanas no habría sabido cómo ocuparme de él. Ni siquiera podía decidir dónde iba a dormir al día siguiente.

Asentí.

—Para eso estamos.

Mateo se quedó callado.

Después añadió:

—También quiero darte las gracias por no insistir más en saber dónde me alojaba.

Me sorprendió.

—Insistí bastante.

—Al principio.

—Muchísimo, en realidad.

Sonrió.

—Sí.

Se apoyó contra el marco de la puerta.

—Pero al final entendiste que podía contarte lo necesario sin entregarte todos los datos de las personas que me estaban ayudando.

Lo miré.

—Todavía me cuesta.

—Lo sé.

—Y a ti todavía te cuesta pedir ayuda.

—También.

Nos quedamos callados.

Durante buena parte de nuestra vida habíamos discutido porque yo quería explicaciones y Mateo intentaba evitarlas.

No habíamos dejado de ser así en dos meses.

Pero ya no necesitábamos convertir cada diferencia en una razón para alejarnos.

—Llámame si necesitas algo —dije.

—Lo haré.

—Y si vuelves a tener miedo, también.

Mateo asintió.

—Sí.

Me abrazó.

Después cerró la puerta.

Oí al perro moverse al otro lado.

Bajé las escaleras sin detenerme.

* * *

Al llegar a casa me pareció que había dejado una ventana abierta.

Era el silencio.

No escuché el ruido de las uñas sobre el suelo ni el cuenco moviéndose en la cocina.

Tampoco encontré la manta junto al radiador.

Dejé el bolso sobre la mesa.

Por costumbre miré hacia donde el perro solía dormir.

El espacio estaba vacío.

Me preparé una infusión y fui al dormitorio.

Tenía un mensaje de Inés.

Adjuntaba una copia de la última comunicación recibida sobre las actuaciones relacionadas con la esquela. Había solicitado una confirmación documental adicional acerca de la conservación de los registros y mantenía pendiente su respuesta.

Nada más.

Era una solicitud pendiente de respuesta, no una resolución. La guardé en la carpeta correspondiente.

Durante octubre me habría quedado despierta revisando cada palabra, preguntándome qué significaba que una diligencia estuviera pendiente o por qué nadie nos había comunicado más información.

Aquella noche no lo hice.

No porque hubiera dejado de importarme.

Sabía qué debía comprobarse y quién se estaba ocupando de solicitarlo.

Si surgía una novedad, la estudiaríamos.

Pero no necesitaba pasar todas las noches intentando anticiparla.

Abrí el cuaderno que llevaba utilizando desde el jueves ocho de octubre.

Había llegado casi al final.

En la primera página figuraban el nombre de Mateo y las fechas de su esquela.

En las siguientes había anotado teléfonos, referencias de archivo, versiones de documentos y preguntas sobre personas a las que todavía no conocía.

Había anotado nombres que procedían de pies de foto y no de documentos de identidad.

Otros pertenecían a personas que no estaban muertas.

También aparecían Aurora y Nicolás.

Dos fallecimientos reales cuyas circunstancias habíamos examinado sin llegar a demostrar que alguien los hubiera provocado.

Volví a la primera página.

Mateo Vega Salcedo.

12 de octubre de 2026.

La fecha permanecía allí.

Había sido una amenaza escrita por alguien que sabía que mi hermano estaba vivo.

Rafael había reconocido que la preparó para que yo la recibiera.

Quería que mi miedo llegara hasta Mateo.

Eso ya no era una hipótesis sobre un formulario.

Era una decisión que él mismo había admitido.

Pero mi hermano no murió el doce de octubre.

Tampoco aceptó entregar los nombres de quienes habían confiado en él para conseguir que lo dejaran tranquilo.

Había perdido cosas.

Su ordenador, la seguridad con la que entraba antes en su casa y varias semanas de vida que nunca recuperaría.

Yo había perdido la confianza en un hombre que consideraba parte importante de mi historia profesional.

Nada de eso desaparecía porque hubiéramos averiguado quién preparó la esquela.

Cerré el cuaderno.

No lo guardé en la caja de documentos de la investigación.

Lo dejé en el cajón donde conservaba mis cosas personales.

Aquel cuaderno también contenía conversaciones con mi hermano.

Y no todo lo que habíamos vivido debía terminar convertido en una prueba.

* * *

Estaba apagando la luz cuando llegó un mensaje de Mateo.

Era una fotografía.

El perro estaba tumbado junto al radiador de su casa, con una pata apoyada sobre una zapatilla.

Reconocí la escena inmediatamente.

Era casi igual a la fotografía que Mateo me envió la mañana del ocho de octubre, seis minutos antes de que recibiera su esquela.

Debajo había escrito:

Ha tardado diez minutos en recuperar su sitio.

Sonreí.

Le contesté:

La zapatilla no te va a durar mucho.

La respuesta llegó enseguida.

Ya estoy buscando otra.

Dejé el teléfono sobre la mesilla.

El perro estaba en casa de Mateo.

Mi hermano también.

No sabía qué ocurriría con las investigaciones ni cuánto tardaríamos en conocer las respuestas que faltaban.

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, no necesitaba que Mateo me explicara dónde estaba ni cuándo pensaba llamarme.

Había hablado con él.

Había visto su casa.

Y acababa de enviarme una fotografía de algo que estaba sucediendo allí, en ese momento.

Apagué la luz.