La mujer de los obituarios Capítulo 30. La última palabra
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Capítulo 30. La última palabra

Mateo me pidió que le devolviera el perro un viernes de diciembre.

No utilizó esas palabras. Me llamó antes de las ocho, cuando yo estaba terminando de desayunar, y preguntó si podía llevarle sus cosas aquella tarde.

—¿Todas? —pregunté.

—El pienso, la manta y el juguete que le compré.

Miré al animal, que dormía junto al radiador.

—¿Y el perro?

—También.

—Ya me parecía.

Mateo se rio.

Hacía dos noches que había vuelto a dormir en su piso.

Me lo había contado después de tomar la decisión, no antes. Había pasado semanas preparando el regreso, comprobando las reparaciones de la vivienda y hablando con Inés sobre las precauciones que convenía mantener.

Nada de aquello garantizaba que estuviera a salvo de cualquier nueva amenaza.

Pero llevaba más de dos meses viviendo fuera de casa.

Y había decidido regresar.

—¿Estás seguro? —pregunté.

—De que quiero recuperar a mi perro, completamente.

—No me refiero a eso.

—Lo sé.

Esperé.

—Clara, llevo dos noches allí. He dormido bien. La cerradura funciona y puedo seguir con las medidas que hemos acordado. Si ocurre algo, pediré ayuda.

Miré al perro.

Había levantado la cabeza al escuchar mi voz.

—De acuerdo —respondí.

—¿Puedes venir sobre las siete?

—Sí.

—Y trae la manta.

—Ya me lo has dicho.

—La gris.

—Mateo.

—Vale.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono.

Durante semanas había esperado que mi hermano volviera a casa. Ahora que iba a hacerlo, me sorprendía lo poco preparada que estaba para despedirme del perro.

Me agaché junto a él.

—Esta noche te marchas.

El animal me miró y volvió a apoyar la cabeza sobre las patas.

No parecía especialmente preocupado.

* * *

Era viernes 18 de diciembre.

En la redacción habían colocado un pequeño árbol de Navidad junto a la impresora. Llevaba tres días perdiendo adornos porque alguien lo golpeaba cada vez que abría el armario de material.

Lucía sostenía una estrella plateada cuando llegué.

—¿Sabes quién ha comprado esto? —preguntó.

—No.

—Es espantoso.

—Entonces probablemente lo has elegido tú.

Me lanzó la estrella.

La atrapé antes de que cayera al suelo.

—Buenos días —añadió.

Le devolví el adorno y dejé mi bolso debajo de la mesa.

Desde mi regreso, el trabajo se había organizado de otra manera.

La coordinación de cierre revisaba mis solicitudes y las decisiones que requerían autorización superior.

Gestión se ocupaba de las comunicaciones relacionadas con la investigación interna.

Yo no dependía directamente de Rafael para aprobar una modificación, solicitar permisos o resolver una incidencia.

No sabía cuánto tiempo duraría aquella situación.

Tampoco me habían informado de una decisión definitiva sobre su puesto.

Rafael no participaba en nuestras reuniones de cierre y yo no había vuelto a hablar con él desde el encuentro del cinco de noviembre.

Al principio, su ausencia me había resultado más difícil de lo que esperaba.

No porque quisiera verlo.

Era el hábito.

Durante once años había mirado hacia su despacho cuando surgía un problema que requería una decisión. A veces llegaba a levantarme antes de recordar que debía consultar con otra persona.

Me molestaba descubrir hasta qué punto había incorporado su presencia a mi manera de trabajar.

Aquella mañana, sin embargo, me senté sin mirar hacia el pasillo de dirección.

Abrí el correo.

Había una respuesta de una funeraria, dos solicitudes pendientes y una comunicación de administración sobre los nuevos requisitos para tramitar anuncios sin datos de contacto completos.

La leí con atención.

A partir de entonces, las excepciones debían quedar acompañadas de una justificación documentada, la identificación del responsable que las autorizaba y una segunda comprobación antes de que una solicitud incompleta pasara al circuito editorial.

No era una garantía contra cualquier abuso.

Seguía siendo posible que alguien mintiera, se equivocara o utilizara permisos que no debía.

Pero la decisión de permitir una excepción ya no podía quedar reducida a una anotación genérica que, desde mi pantalla, solo dijera Usuario autorizado de gestión .

Revisé el procedimiento.

Después envié una observación sobre uno de los campos que seguía resultando ambiguo.

Sonia respondió unos minutos más tarde.

Me agradeció la precisión y dijo que la incorporarían a la siguiente revisión.

Cerré el mensaje.

No sentí que hubiéramos resuelto nada extraordinario.

Habíamos corregido una deficiencia concreta.

Eso era todo.

Y era necesario.

* * *

Lucía vino a buscarme poco antes de comer.

—¿Tienes diez minutos?

—Si son diez de verdad.

—Doce.

La seguí hasta una mesa de reuniones pequeña, junto al archivo.

Había dejado una carpeta sobre ella.

Reconocí su letra en la portada.

Santa Oliva.

Me senté.

—¿Qué has encontrado?

Lucía abrió la carpeta.

—Una respuesta oficial.

Levanté la vista.

Durante las últimas semanas había continuado trabajando sobre la documentación pública de Fundación Alerce.

Yo sabía que estaba haciendo consultas, pero habíamos acordado que no utilizaría mis materiales privados ni los documentos aportados a Inés como si fueran fuentes disponibles para el periódico.

Lucía había tenido que empezar por aquello que podía comprobar legítimamente.

Pliegos públicos.

Datos de contratación accesibles.

Información institucional.

Solicitudes de confirmación a los organismos implicados.

—¿Qué han contestado? —pregunté.

Me mostró la respuesta.

La administración competente comunicaba que había requerido a Fundación Alerce los registros originales de ocupación, las reservas regularizadas y sus soportes correspondientes a la semana de marzo de 2017 que figuraba en nuestra consulta.

La respuesta incluía una referencia administrativa y aclaraba que todavía no se había determinado si existieron irregularidades.

—¿Han pedido los documentos originales? —pregunté.

—Sí. A la propia fundación —respondió Lucía—. Eso ya no depende de que Mateo entregue sus copias.

Leí otra vez.

—¿Y Alerce?

Lucía sacó una segunda hoja.

La fundación había respondido a las preguntas del periódico. Sostenía que sus registros podían explicarse mediante procedimientos administrativos ordinarios y que colaboraría con las comprobaciones pertinentes.

—¿Has comprobado sus explicaciones? —pregunté.

—Les he pedido los justificantes de esas reservas. De momento solo han enviado una respuesta general.

Dejé la hoja sobre la mesa. Recordé las tres plazas que cambiaban de categoría entre las dos versiones de marzo y la oferta de Soria para que Mateo entregara las copias.

—Entonces podemos contar que les han requerido los originales, pero no dar por ficticias las reservas.

—Eso he escrito —respondió Lucía.

—¿Qué vas a publicar? —pregunté.

Lucía señaló un texto breve.

Informaba de la existencia de una revisión administrativa, explicaba de manera general qué registros se estaban contrastando y recogía la respuesta de la fundación.

No mencionaba a Paula.

Ni a Darío.

Ni los cuatro nombres que aparecían en las fotografías de Elena.

Tampoco insinuaba que las muertes de Aurora y Nicolás hubieran sido homicidios.

Leí el artículo completo.

—¿Y lo de Aurora? —pregunté.

—Sería otra noticia. Si conseguimos verificar su reclamación, la haremos. No voy a mezclarla con estas cifras para que el artículo parezca más grave.

Volví a leer el texto.

—Está bien —dije.

Lucía levantó las cejas.

—¿Solo está bien?

—Es publicable si las citas y las comprobaciones están completas.

Sonrió.

—Eso ya me gusta más.

Señalé una frase del segundo párrafo.

—Aquí parece que la administración ha detectado las irregularidades por iniciativa propia. Deberías precisar que está revisando documentación después de recibir una comunicación.

Lucía leyó la frase.

—Tienes razón.

La corrigió.

Después cerró la carpeta.

—Quería enseñártelo antes de enviarlo a edición.

—No necesitabas mi autorización.

—Lo sé.

Me miró.

—Pero llevas demasiado tiempo metida en esto. Si ibas a leerlo publicado, prefería que supieras qué habíamos podido confirmar y qué no.

Le di las gracias.

Lucía se llevó el texto a coordinación. Quedaban por comprobar las últimas referencias antes de la publicación.

No sabía cuánta atención recibiría la noticia. Por primera vez, al menos, la discusión sobre aquellas plazas estaba vinculada a un requerimiento oficial y no a un acuerdo privado entre Soria y Mateo.

* * *

Comimos en la cafetería de enfrente.

Lucía pidió un plato caliente. Yo me quedé con un bocadillo.

—¿Qué harás en Navidad? —preguntó.

—Todavía no lo sé.

—¿Mateo?

—Creo que cenaremos juntos.

—¿En tu casa?

—O en la suya. Ha vuelto a dormir allí.

Lucía dejó los cubiertos.

—¿De verdad?

—Sí. Desde el miércoles.

—¿Y qué tal?

—Dice que bien.

—¿Tú qué piensas?

Miré por la ventana.

—Que no puedo seguir decidiendo por él.

Lucía sonrió ligeramente.

—Eso debe de haberte costado.

—No tienes idea.

—Tengo alguna.

La observé.

Había sido una de las pocas personas capaces de decirme durante aquellas semanas cuándo estaba haciendo una pregunta necesaria y cuándo empezaba a buscar una respuesta que nadie podía darme todavía.

—¿Y el perro? —preguntó.

—Se lo llevo esta tarde.

—¿Se lo devuelves?

—Sí.

—Vas a echarlo de menos.

—Mucho.

Lucía volvió a comer.

Después de unos minutos dijo:

—Por cierto, me ha llamado Marisa.

Levanté la vista.

—¿Por Aurora?

—Por unas notas de archivo que estaba ordenando. No ha encontrado los originales de aquellos cuadrantes. Sigue teniendo sus apuntes y la impresión del correo.

—¿Quiere publicar algo?

—Todavía no. Dice que no quiere volver a escribir sobre Aurora basándose únicamente en recuerdos que no puede contrastar.

Me quedé mirando el vaso.

Pensé en aquella enfermera que había preguntado por la cobertura de turnos mucho antes de que yo supiera que Santa Oliva existía.

Su muerte seguía siendo una muerte.

Una caída ocurrida años atrás, sin que hubiéramos obtenido pruebas suficientes para sostener que alguien la provocó.

Lo mismo sucedía con Nicolás.

Habíamos encontrado relaciones, advertencias, personas que conservaban información.

No habíamos demostrado asesinatos.