Capítulo 29. La destinataria #4
Sacó una libreta, varios sobres y un pequeño cargador.
Los colocó sobre la mesa.
—Todavía no sé si quiero volver a dormir aquí —dijo.
—No tienes que decidirlo hoy.
Asintió.
—Pero necesitaba entrar.
Lo miré.
—¿Por qué?
Se quedó pensando.
—Porque llevo casi un mes hablando de mi casa como si hubiera dejado de ser mía.
No respondí.
Mateo se sentó frente al escritorio.
Miró el espacio vacío.
—El portátil me costó bastante —dijo.
—Lo sé.
—Y no era especialmente bueno.
Sonreí.
—También lo sé.
—Pero era mío.
Me quedé junto a la puerta.
—Podemos mirar otro cuando quieras.
Mateo negó.
—Todavía no.
Permanecimos callados.
Después cerró el cajón.
* * *
En la cocina encontré la taza blanca con el pequeño dibujo azul que había pertenecido a nuestra madre.
Mateo la utilizaba desde que se mudó allí.
La levanté.
—Sigue entera.
Mi hermano se volvió.
—¿Por qué no iba a estarlo?
—No sé. Hace semanas que nadie la usa.
Mateo me quitó suavemente la taza de las manos y la dejó en el fregadero.
—La lavaré.
Nos miramos.
No necesitábamos hablar otra vez de Lidia.
Durante meses había habido algo de ella en cada discusión nuestra. Su manera de proteger a las personas sin explicar qué hacía. Su costumbre de trabajar hasta tarde. Los papeles que dejó ordenados y los que nunca encontramos.
Mateo abrió el grifo.
Mientras lavaba la taza dijo:
—¿Crees que mamá habría sabido qué hacer con Rafael?
Pensé antes de responder.
—Habría sabido a quién preguntar.
Mi hermano sonrió.
—Seguramente.
—Y no se habría conformado con su primera explicación.
—Eso también.
Guardó la taza en el armario.
Después cerró la puerta.
—Quiero quedarme un rato más.
—Me parece bien.
—¿Te importa si lo hago solo?
Lo miré.
Dos semanas antes habría discutido con él.
Le habría pedido que regresara conmigo.
Que me dijera dónde iba a estar después.
Que no tomara ninguna decisión sin consultarme.
Ahora comprendía que podía acompañarlo sin quedarme a su lado todo el tiempo.
—Te llamo esta tarde —respondí.
Mateo asintió.
Me acompañó hasta la puerta.
Antes de salir lo abracé.
—No tienes que recuperar todo en un día.
—Ya lo sé.
Bajé las escaleras.
Cuando llegué a la calle, miré hacia la ventana de su piso.
Estaba abierta.
No vi a Mateo.
Seguí caminando.
* * *
Aquella tarde regresé a El Faro .
Lucía me esperaba junto a mi mesa.
Habíamos acordado que el primer día entraría durante un turno reducido, mientras terminaba de organizarse mi nueva supervisión.
La puerta del despacho de Rafael estaba cerrada.
No pregunté dónde estaba.
No necesitaba convertir cada detalle de su situación laboral en una información que me correspondiera conocer.
Lucía se acercó.
—¿Cómo ha ido?
—Bien.
—¿Has hablado con gestión?
—Sí. Las instrucciones de trabajo están claras.
Asintió.
Después señaló mi ordenador.
—Te he dejado dos solicitudes pendientes de confirmar.
Me senté.
Abrí la primera.
Era una esquela ordinaria.
La fotografía tenía buena resolución, el texto estaba correctamente escrito y figuraba una empresa funeraria identificada.
Aun así, había una diferencia entre la fecha que aparecía en el formulario y la del mensaje de confirmación.
Tomé el teléfono.
Llamé al contacto registrado.
Respondió una mujer.
Me identifiqué, expliqué la discrepancia y pedí que revisaran la información antes de autorizar el anuncio.
La mujer consultó los datos y prometió remitir una confirmación escrita.
Le di las gracias.
Cuando terminé, Lucía seguía a mi lado.
—¿Todo bien?
—Falta comprobar una fecha.
—Entonces habrá que comprobarla.
Sonreí.
Lucía se marchó a su mesa.
Abrí el siguiente expediente.
Había pasado casi un mes desde que recibí la esquela de Mateo.
Durante ese tiempo descubrí que dos de las personas a las que creía muertas seguían vivas; que una mujer había aparecido en cuatro ceremonias bajo nombres distintos; que mi madre había ayudado a personas cuya historia yo desconocía; y que el director en quien confiaba había utilizado mi propio trabajo para amenazar a mi hermano.
No había conseguido resolver todas las preguntas.
Las muertes de Aurora y Nicolás seguían sin una relación delictiva demostrada.
Los documentos de Santa Oliva necesitaban una comprobación que no dependiera de las personas que los habían preparado.
Las actuaciones sobre las amenazas, la intrusión y la participación de Rafael continuarían por sus propios cauces.
Y todavía no sabíamos qué responsabilidad podía atribuirse a Soria o al hombre que habíamos visto siguiéndonos.
Pero algunas cosas habían dejado de depender de nuestras sospechas.
Mateo estaba vivo.
Había conservado documentos y decidido colaborar sin entregar a otras personas a cambio de tranquilidad.
Elena había firmado una explicación de sus propios actos.
Rafael había reconocido que preparó la esquela para que yo la recibiera y transmitiera la amenaza.
No sabía qué harían otros con esas declaraciones.
Yo sí sabía qué debía hacer con la solicitud que tenía delante.
Había una fecha que confirmar.
Un nombre que revisar.
Y una persona identificada a la que podía llamar si encontraba alguna discrepancia.
Volví al trabajo.