Capítulo 29. La destinataria #3
—Has hablado de anunciantes, de decisiones antiguas y de documentos que no podías comprobar. Todo eso puede explicar por qué te interesaba proteger a Alerce. Pero ninguna de esas cosas te obligaba a escribir la muerte de Mateo.
Rafael se quedó quieto.
—Decidiste hacerlo —añadí—. Y decidiste que fuera yo quien la leyera.
No respondió.
Su abogado cerró la carpeta que tenía delante.
Inés me preguntó en voz baja si quería terminar la conversación.
Asentí.
Antes de levantarme miré a Rafael una última vez.
—Hay algo que no entiendo.
Esperó.
—Si sabías que lo retendría, ¿por qué me aconsejaste conservar el expediente?
Rafael tardó en contestar.
—Porque era lo correcto.
Lo observé.
Era una respuesta que podría haberme dado el jueves ocho.
Entonces me habría tranquilizado.
Ahora me resultaba insoportable.
—También era correcto no crearlo —respondí.
Me levanté.
Rafael no intentó detenerme.
* * *
Salimos primero Inés y yo.
Nos quedamos unos minutos en una sala contigua mientras los abogados organizaban el intercambio de la declaración escrita y las constancias correspondientes.
No quise volver a entrar.
Inés me ofreció agua.
La acepté.
Tenía la garganta seca.
—¿Quieres que repasemos lo que ha dicho? —preguntó.
Negué.
—Todavía no.
Se sentó a mi lado.
No me pidió que describiera cómo me sentía.
Agradecí que no lo hiciera.
Después de un rato pregunté:
—¿Lo que ha reconocido sirve para algo?
Inés me miró.
—Tenemos una versión personal que coincide con algunas operaciones registradas. Su abogado facilitará un escrito. Eso podremos contrastarlo con los datos que ya se conservan.
—Ha reconocido que me utilizó para llegar a Mateo.
—Sí.
—Y ha venido decidido a negar cualquier relación con la entrada en su casa.
Inés dejó el vaso sobre la mesa.
—Esa es una de las cosas que quiere que creamos. Su negativa no resuelve lo ocurrido el doce de octubre; su reconocimiento sobre la esquela tampoco identifica a quien entró.
Me quedé mirando la puerta cerrada. Por primera vez no esperaba que Rafael volviera a salir para explicar algo más.
* * *
El abogado de Rafael entregó a Inés una copia del escrito que su cliente había autorizado facilitar, para su valoración y eventual incorporación a las actuaciones correspondientes.
No lo leí allí.
Inés me explicó que el documento delimitaba las intervenciones reconocidas en el sistema y que no debía confundirse con una aceptación de todos los hechos investigados.
Cuando salimos, había anochecido.
Me ofreció acompañarme hasta casa.
Acepté.
Durante el trayecto apenas hablamos.
Al llegar me pidió que escribiera, cuando me encontrara con fuerzas, una nota sobre la conversación, diferenciando las palabras que recordara con seguridad de mis interpretaciones.
Le dije que lo haría.
Después subí.
El perro me recibió en el pasillo.
Me arrodillé para acariciarlo.
Se quedó quieto, apoyando la cabeza contra mi pierna.
Durante un rato no hice nada más.
* * *
Llamé a Mateo después de cenar.
Le conté que Rafael había reconocido personalmente su participación.
No repetí toda la reunión.
Mi hermano me escuchó sin interrumpirme.
Cuando llegué a la explicación de por qué había enviado la esquela a mi mesa, guardó silencio.
—¿Ha dicho que quería que tú me avisaras? —preguntó.
—Sí.
—¿Y que yo entregara los documentos?
—Que esperaba que desistieras y entregaras las copias. Eso ha dicho.
Mateo dejó escapar el aire.
—Entonces sabía lo que estaba haciendo.
—Sí.
Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Ha mencionado a Soria? —preguntó.
—Ha reconocido conversaciones con él y con personas de Alerce. Dice que conocía el plazo por esas conversaciones. Pero no ha identificado a quien le dio la información concreta ni ha presentado una prueba de que Soria le encargara la esquela.
Mateo no pareció sorprendido.
—No iba a entregarnos toda la historia en una tarde.
—No.
—¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Cómo estás?
Miré el vaso que había dejado sobre la mesa.
—Creo que peor de lo que esperaba.
Mi hermano guardó silencio.
—Pensaba que escuchar su explicación me ayudaría a entenderlo —continué—. Y ahora sé exactamente qué quiso hacer conmigo.
—Eso también es entenderlo.
—Sí.
Me apoyé en el respaldo de la silla.
—Me utilizó porque confiaba en él.
Mateo respondió despacio.
—Te utilizó porque sabía que te importaba lo que hacía.
No encontré qué decir.
Después de un momento añadió:
—A mí también me importaba. Y yo también te oculté cosas.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé.
Hubo una pausa.
—Yo pensé que podía protegerte sin explicarte nada —continuó—. Rafael sabía que alguien quería asustarme y decidió utilizarte para conseguirlo.
Me quedé escuchándolo.
—Durante semanas discutimos porque no querías decirme la verdad —respondí.
—Y tú creías que necesitabas conocerla toda para poder ayudar.
Asentí, aunque no podía verme.
—Ahora sabemos que ninguna de las dos cosas era suficiente.
Mateo se rio apenas.
—Eso ha sonado a nuestra madre.
Pensé en Lidia.
En las cosas que había mantenido en secreto.
En su relación con Elena y con las personas que buscaron ayuda después de salir de Alerce.
Había pasado meses enfadada por no conocer aquella parte de su vida.
No había dejado de dolerme.
Pero empezaba a entender que no toda información tenía que pasar por mí para estar siendo protegida.
—Mañana vamos a tu piso —dije.
—Sí.
—¿Sigues queriendo hacerlo?
—Más que ayer.
Nos despedimos.
* * *
Escribí la nota que Inés me había pedido.
No tardé tanto como imaginaba.
La conversación había sido demasiado precisa en sus partes esenciales.
Anoté que Rafael reconoció haber utilizado personalmente su cuenta para crear y tramitar el anuncio; que admitió conocer la falsedad de la fecha de defunción y la existencia de Mateo; que afirmó conocer el plazo del doce por conversaciones relacionadas con Alerce.
Después escribí lo que me había dicho sobre mi intervención.
Que no pretendía la publicación.
Que esperaba que yo retuviera la esquela.
Que quería que llamara a Mateo.
Que había utilizado la llegada del anuncio a mi mesa para transmitirle que las presiones podían alcanzar a su familia.
No añadí que hubiera admitido participar en la intrusión.
Lo había negado.
Tampoco escribí que Soria le hubiera dado una orden concreta.
Rafael no lo había reconocido.
Releí el texto.
Lo envié a Inés.
Después cerré el ordenador.
No sentí alivio.
Pero ya no tenía que reconstruir aquella conversación a partir de recuerdos imprecisos.
* * *
El viernes fui con Mateo a su vivienda.
Quedamos a media mañana.
No llevamos al perro.
Había decidido quedarse conmigo hasta que Mateo pudiera organizar su regreso con más tranquilidad.
Mi hermano abrió la puerta con la llave nueva.
La cerradura funcionó sin dificultad.
Entramos.
El piso estaba limpio, aunque se notaba que llevaba tiempo sin utilizarse. Había polvo sobre algunas superficies y una pila de correspondencia junto al mueble de la entrada.
Mateo abrió las ventanas.
Yo dejé una bolsa sobre la mesa de la cocina.
Durante unos minutos nos ocupamos de cosas corrientes.
Revisamos los alimentos que debían tirarse.
Recogimos ropa.
Comprobamos que no hubiera nuevas filtraciones de agua ni problemas de mantenimiento.
Mateo hizo una lista de lo que necesitaba reponer.
No estábamos investigando.
Habíamos venido a recuperar una parte de su vida.
Al entrar en el salón vi el escritorio.
El lugar donde había estado el portátil seguía vacío.
El cajón que encontramos abierto el lunes doce estaba cerrado.
Mateo se acercó y lo abrió.