Capítulo 29. La destinataria #2
Inés confirmó que yo podía retirarme en cualquier momento y que no responderíamos preguntas sobre otras personas afectadas.
No había grabación acordada.
Los dos profesionales podrían dejar constancia de la reunión y de las manifestaciones que sus respectivos clientes estuvieran dispuestos a sostener.
Rafael escuchó las condiciones sin interrumpir. Había colocado la carpeta frente a él de manera que pudiera abrirla, pero no la tocó.
—Gracias por venir —dijo.
—¿Por qué has pedido verme?
Miró a su abogado. Este no habló.
—La empresa tiene los accesos y un correo enviado desde mi cuenta. Puedo pasarme meses discutiendo si alguien más conocía mis credenciales. No quiero seguir por ahí.
—Eso puedes decírselo a la empresa. ¿Qué quieres de mí?
Rafael bajó la mirada a la carpeta.
—Que sepas qué parte hice yo. Y que no confundas eso con lo que ocurrió después en casa de Mateo.
Entendí que había venido a explicar una decisión, pero también a defenderse de otra acusación.
—Empieza por la primera —le dije.
—He reconocido ante la empresa que fui yo quien utilizó mi cuenta para iniciar la tramitación.
Me quedé inmóvil.
—¿El miércoles siete?
—Sí.
—¿Y el jueves ocho?
—También.
Su abogado intervino.
Explicó que habían preparado una declaración escrita en la que Rafael reconocía determinadas intervenciones personales en el sistema y que estaban dispuestos a facilitarla para su incorporación por los cauces apropiados.
Inés solicitó examinarla antes de valorar su alcance.
Rafael continuó.
—No fue otra persona que utilizó mis credenciales sin permiso.
Lo observé.
Durante días habíamos repetido que una cuenta autenticada no demostraba de manera absoluta quién estaba delante del ordenador.
Ahora el propio Rafael estaba dejando de utilizar aquella posibilidad.
—¿Escribiste la fecha del doce? —pregunté.
—Sí.
—¿Y el texto?
Bajó la vista hacia la mesa.
—La despedida la incorporé yo.
Esperé.
—¿Sabías que Mateo estaba vivo?
Rafael levantó la cabeza.
—Sí.
La respuesta fue breve.
No añadió que se hubiera confundido.
No habló de una prueba del sistema.
No intentó presentarlo como un anuncio funerario verdadero.
Me quedé mirándolo.
Había preparado una esquela sobre la muerte futura de mi hermano sabiendo que no había ocurrido ninguna muerte.
Y después me había escuchado hablar de ella como si acabara de conocerla.
* * *
—¿Por qué? —pregunté.
Rafael apoyó las gafas sobre la mesa.
—Creía que podía detenerlo antes de que afectara al periódico.
—¿Detener qué?
—Los documentos sobre Alerce. Empezaban a circular copias, había personas haciendo preguntas. Desde la fundación insistían en que estaban fuera de contexto.
—Eso es lo que dijo Soria cuando se reunió con Mateo.
Rafael asintió.
—Lo sé.
Lo observé.
—¿Cómo lo sabes?
Su abogado se movió ligeramente.
Rafael respondió antes de que interviniera.
—Porque he mantenido conversaciones con personas de la fundación durante años. También antes del ocho de octubre.
—¿Con Soria?
—Sí.
Sentí que se me tensaban los hombros.
—¿Te pidió que prepararas la esquela?
Rafael guardó silencio.
Su abogado intervino.
—No vamos a presentar en esta reunión una reconstrucción de conversaciones con terceros cuya documentación todavía debe examinarse.
Miré a Rafael.
—Te he preguntado si Soria te pidió que anunciaras la muerte de mi hermano.
Rafael sostuvo mi mirada.
—La decisión de utilizar una esquela fue mía.
No era exactamente una respuesta.
—¿Y la fecha?
—Sabía que Mateo tenía un plazo para entregar o retirar determinada documentación.
—¿Quién te lo dijo?
Rafael bajó la vista.
—Lo supe por conversaciones relacionadas con Alerce.
—El siete de octubre le enviaron un ultimátum.
—No conocía el contenido íntegro de los mensajes que recibió.
No podía comprobarlo.
Pero sí sabía que había elegido la misma fecha límite.
—Entonces conocías el lunes doce antes de preparar el borrador.
—Sí.
Me quedé callada.
El abogado de Rafael tomó una nota.
Inés permaneció a mi lado, sin intervenir.
Aquella admisión tenía un alcance concreto.
Rafael estaba reconociendo que la fecha falsa no había sido elegida al azar, sino a partir de un plazo que conocía.
No demostraba quién le comunicó el ultimátum ni si participó en su envío.
Pero explicaba por qué había escrito el doce de octubre en una esquela creada cinco días antes.
* * *
—Llevas muchos años trabajando con Alerce —dije.
Rafael se recostó ligeramente.
—El periódico ha mantenido relaciones comerciales y editoriales con muchas organizaciones de Valdaria.
—No te he preguntado por las demás.
Me miró.
—Sí. Durante años hemos publicado información y anuncios relacionados con la fundación.
—¿Y eso era suficiente para amenazar a Mateo?
—No estoy diciendo que lo fuera.
—Entonces explícame por qué lo hiciste.
Rafael guardó silencio.
Durante unos segundos escuché el ruido apagado de la calle.
Después habló.
—Cuando surgieron las primeras quejas sobre Santa Oliva, hace años, no había pruebas suficientes para publicar ciertas acusaciones. Había documentos que no podíamos autenticar y personas que no querían dar su nombre.
Pensé en Marisa.
En las dudas de Aurora sobre los cuadrantes de personal.
En el artículo de noviembre de 2013, que no había acusado a nadie de alterar registros porque no existían comprobaciones suficientes.
Rafael continuó.
—Después hubo otras advertencias. Y seguía siendo difícil demostrar lo que se decía.
—¿Quién decidió no investigarlas?
—Cada asunto tuvo sus responsables.
—Eso no responde a mi pregunta.
Me miró.
—Yo tomé decisiones editoriales.
—¿Para proteger a Alerce?
Tardó en contestar.
—Unas veces porque no había información comprobable. Otras porque insistir habría significado revisar decisiones que yo mismo había respaldado.
Su abogado levantó una mano.
—Rafael, debemos distinguir decisiones editoriales concretas de valoraciones generales.
Él asintió.
Yo seguí mirándolo.
Había algo casi insoportable en aquella explicación.
No necesitaba contarme que hubiera falsificado documentos durante trece años.
Le bastaba reconocer que algunas preguntas habían dejado de hacerse porque resultaban incómodas.
—¿La fundación financiaba al periódico? —pregunté.
—Era uno de nuestros anunciantes. Había campañas, patrocinios de actividades y acuerdos comerciales.
—¿Y temías perderlos?
Rafael se tomó un momento.
—También temía que se revisaran decisiones que había tomado yo.
Lo observé.
Aquella respuesta era distinta.
No hablaba únicamente del periódico.
Hablaba de él.
—Podrías haber pedido que se verificaran los documentos —dije.
—Sí.
—Podrías haber rechazado cualquier presión de Alerce.
—Sí.
—Podrías haberme dicho la verdad cuando fui a tu despacho.
Rafael no respondió.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, apartó la mirada.
* * *
—La esquela no iba a publicarse —dijo finalmente.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Sabía que no la publicarías.
Tardé unos segundos en comprenderlo.
—Entonces, ¿para qué la preparaste?
Rafael me miró.
—Para que la vieras.
No respondí.
—No quería que apareciera en el periódico como una noticia verdadera. Sabía que revisarías el nombre, que comprobarías la fecha y que llamarías a Mateo.
Sentí un dolor seco en el estómago.
—¿Querías que yo lo avisara?
—Quería que entendiera que la situación había dejado de estar limitada a sus documentos.
Lo observé.
—Utilizaste mi mesa.
Rafael no contestó.
—No te bastó con conocerme. Sabías exactamente cómo trabajaba.
—Sí.
—Sabías que retendría la publicación.
—Sí.
—Y que llamaría a mi hermano.
Rafael bajó la cabeza.
—Eso esperaba.
Durante unos segundos no pude hablar.
Había pasado semanas preguntándome por qué el anuncio había llegado sin un contacto identificable y con una fecha imposible.
Ahora comprendía que aquellas anomalías no necesariamente habían sido descuidos de quien lo preparó.
Rafael había contado con que yo las descubriera.
No pretendía convertir la esquela en una noticia creíble para miles de lectores.
Necesitaba una destinataria concreta.
Alguien que conociera a Mateo.
Que supiera que estaba vivo.
Que se asustara.
Y que le transmitiera aquella amenaza antes de que venciera el plazo.
—Querías que yo hiciera llegar el mensaje —dije.
Rafael asintió.
—Sí.
Miré a Inés.
Seguía a mi lado.
Después volví hacia él.
—Y luego me consolaste.
Rafael abrió la boca.
No dijo nada.
—Me ofreciste permiso para salir del trabajo. Me aconsejaste conservar la documentación. Me preguntaste si Mateo estaba a salvo.
Su expresión cambió apenas.
—Clara…
—¿También habías previsto eso?
—No.
—Pero sabías lo que habías hecho.
—Sí.
Me quedé mirándolo.
—Me dejaste contarte que tenía miedo por mi hermano.
Rafael miró las gafas que había dejado sobre la mesa.
Hizo un gesto inútil con la mano y volvió a apoyarla en el brazo de la silla.
—Pensé que no llegaría tan lejos.
Lo observé.
—¿Qué significa eso?
—Que Mateo acabaría entregando las copias. Que se retiraría la presión y todo terminaría.
Sentí rabia.
No fue una rabia repentina.
Había empezado a formarse desde que escuché su nombre en la reunión del viernes.
—El lunes doce entraron en su casa —dije—. Le robaron el portátil. Lleva semanas sin poder vivir allí.
Rafael me miró.
—Yo no ordené eso.
—No te he preguntado si lo ordenaste.
—No sabía que iban a entrar en su vivienda.
No podía comprobarlo. Era, además, la distinción que había querido dejar clara desde el comienzo de la reunión.
—¿Conocías a Bruno Roldán? —pregunté.
Rafael permaneció callado.
Su abogado intervino de inmediato.
—No vamos a ampliar esta reunión a atribuciones sobre terceras personas.
No insistí.
Ya había obtenido una respuesta que no necesitaba discutir durante otra hora.
El hombre que me había enseñado a comprobar cada dato había utilizado esa misma costumbre para hacerme participar en una amenaza.
* * *
Rafael quiso añadir algo.
—Clara, sé que no tengo derecho a pedirte que lo entiendas.
Lo miré.
—Entiendo lo que has explicado.
Pareció aliviarse.
—Pero eso no lo justifica —continué.
Bajó los ojos.
—Lo sé.
—No estoy segura.
Se hizo un silencio.