La mujer de los obituarios Capítulo 29. La destinataria
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Capítulo 29. La destinataria

El miércoles recibí una respuesta de gestión antes de las diez.

No era la que llevaba semanas esperando sobre la esquela de Mateo. Era la respuesta a mi solicitud laboral del lunes.

La empresa aceptaba que, mientras se examinaban los hechos relacionados con Rafael, mis tareas fueran supervisadas por la coordinación de cierre y que cualquier comunicación necesaria con dirección se realizara a través de gestión.

El correo indicaba que se trataba de una medida provisional, sin anticipar conclusiones sobre las responsabilidades de nadie.

Lo leí dos veces.

Después llamé a Lucía.

—Me han contestado.

—¿Y?

Le expliqué las condiciones.

—Entonces puedes volver sin depender de él —dijo.

—Eso parece.

—¿Cuándo?

—El viernes, si no surge nada.

Lucía guardó silencio.

—¿Te han dicho qué van a hacer con Rafael?

—No.

—¿Has preguntado?

—Me han explicado que no pueden comunicarme las decisiones que afecten a otro trabajador salvo en lo necesario para organizar mis funciones.

—Tiene sentido.

Miré el correo.

—Sí.

Aquella respuesta me permitía regresar al periódico. No resolvía lo ocurrido.

Seguía sin saber si Rafael había actuado por iniciativa propia, quién le había hablado del plazo del lunes doce ni qué relación existía entre su intervención y las otras presiones sobre Mateo.

Desde el viernes tenía delante pruebas técnicas suficientes para no considerar inocente su participación en la tramitación. Pero todavía me faltaba comprender por qué un hombre que conocía mi trabajo había utilizado precisamente ese trabajo para hacerme llegar una amenaza.

Lucía debió de notar que seguía callada.

—Clara, volver no significa que tengas que hablar con él.

—Lo sé.

—Ni que hayas decidido quedarte para siempre.

—También lo sé.

—Entonces tienes tiempo para pensar.

Le di las gracias.

Después de colgar, abrí el cuaderno.

Había escrito tantas preguntas durante el último mes que algunas ocupaban varias páginas.

Aquel miércoles añadí una que, hasta entonces, había evitado formular.

¿Por qué yo?

* * *

Inés me llamó cerca del mediodía.

Había hablado con el abogado que estaba asesorando a Rafael.

Al escuchar su nombre me levanté del sofá.

—¿Qué quiere?

—Ha solicitado transmitir una explicación personal sobre su intervención en la esquela.

Me quedé callada.

—¿A la policía?

—Eso deberá hacerlo por el cauce que corresponda. Lo que nos han propuesto es una conversación contigo, voluntaria y con asistencia jurídica.

Miré hacia la puerta del salón.

El perro dormía junto al radiador.

—¿Por qué conmigo?

—Su abogado dice que Rafael quiere responder algunas preguntas relacionadas con su cuenta y con la decisión de que la solicitud llegara a tu revisión.

La empresa ya ha contrastado su correo con los registros técnicos; parece que él prefiere dar una versión personal antes de que los demás interpreten los documentos por su cuenta.

—¿Ha reconocido que la utilizó?

—Me ha comunicado que existe un escrito sobre determinadas operaciones que está dispuesto a facilitar. No voy a resumírtelo como una confesión antes de examinarlo.

Me senté.

—¿Y qué me aconsejas?

Inés tardó un momento.

—No necesitas reunirte con él para que continúen las actuaciones. Ya hemos aportado la información disponible y la empresa conserva los registros técnicos. Si Rafael tiene algo relevante que declarar, puede hacerlo formalmente.

—Pero quiere hablar conmigo.

—Eso es lo que han propuesto. No sabemos si busca explicar sus decisiones, proteger su posición o ambas cosas.

No respondí.

Durante once años había acudido al despacho de Rafael cuando necesitaba resolver un problema complicado. Lo había visto discutir con abogados, anunciantes y representantes públicos. Era capaz de escuchar durante media hora sin revelar qué estaba pensando.

Conmigo había sido distinto.

O eso creía.

Me ayudó cuando el periódico redujo plantilla. Me defendió ante compañeros que consideraban las esquelas un trabajo secundario. Nunca me reprochó que rechazara una solicitud sin verificar, aunque el departamento comercial se quejara de los retrasos.

Había utilizado todas aquellas razones para confiar en él.

Ahora quería saber si Rafael también había contado con ellas.

—Quiero escucharlo —dije.

Inés no respondió enseguida.

—Entonces pondremos condiciones —contestó finalmente—. No habrá una conversación a solas. No tendrás obligación de responder a preguntas sobre Mateo ni sobre otras personas. Y podrás terminarla cuando quieras.

—De acuerdo.

—Tampoco vamos a negociar la retirada de ningún documento.

—No quiero negociar nada.

—Se lo dejaré claro a su abogado.

Miré el cuaderno.

—Inés, ¿crees que va a decirme la verdad?

—No puedo saberlo.

—Ya.

—Pero puedes escuchar lo que diga sin darle más valor del que merece.

Quedamos en que intentaría organizar el encuentro para el jueves.

Cuando terminó la llamada, permanecí sentada un rato.

No sabía qué esperaba de Rafael.

Una explicación no podía devolverme las semanas anteriores.

Tampoco reparar lo que le había ocurrido a Mateo.

Pero tal vez pudiera responder a una pregunta que los registros técnicos, por completos que fueran, nunca iban a contestar por sí solos.

* * *

Mateo llegó por la tarde para recoger unas cosas del perro.

Le conté la propuesta mientras preparábamos café.

Su reacción fue inmediata.

—No tienes que verlo.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué vas a hacerlo?

Dejé dos tazas sobre la mesa.

—Porque quiero saber qué pensaba cuando preparó la esquela.

Mateo se quedó mirándome.

—¿Y si te miente?

—Tendré que asumirlo.

—¿Y si intenta convencerte de que todo fue un malentendido?

—No voy a retirar nada de lo que hemos presentado.

Mi hermano apoyó los codos sobre la mesa.

—Clara, no quiero que acabes sintiéndote responsable de lo que hizo.

Lo observé.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque llevas días preguntándote cómo no te diste cuenta antes.

No contesté.

Era verdad.

Había repasado mis primeras conversaciones con Rafael buscando señales que entonces no supe interpretar.

La manera en que preguntó por Mateo.

Su consejo de no guardar documentos en la redacción.

La rapidez con que encontró explicaciones posibles para la tramitación de la esquela.

Pero al revisar mis recuerdos también encontraba cosas que no encajaban con una persona exclusivamente preocupada por ocultar su actuación.

Rafael me había aconsejado conservar el original.

Me dijo que acudiera a la policía si creía que Mateo corría peligro.

Nunca intentó convencerme de publicar la esquela.

No sabía qué hacer con aquellas contradicciones.

—No puedo cambiar lo que le conté —respondí.

Mateo negó.

—No es lo que te estoy preguntando.

Esperó a que lo mirara.

—¿Crees que hiciste algo mal al confiar en tu director?

Tardé en responder.

—Ahora sé que estaba implicado.

—Ahora.

Mateo se inclinó hacia mí.

—Tú no sabías lo que estaba haciendo. Él sí.

No respondí.

Mi hermano tomó su café.

Después añadió:

—Si decides hablar con él, quiero que sea porque necesitas hacerlo tú. No porque creas que le debes una oportunidad para justificarse.

Lo miré.

—No se la debo.

—Bien.

El perro se acercó con un juguete en la boca.

Mateo lo recogió del suelo y se lo lanzó al otro extremo del salón.

Durante unos minutos hablamos de otras cosas.

Antes de marcharse me preguntó si quería que estuviera cerca del despacho de Inés al día siguiente.

—No hace falta —respondí—. No quiero que Rafael aproveche para hablar contigo.

Mateo asintió.

—Entonces nos llamamos después.

Lo acompañé hasta la puerta.

—¿Sigues pensando en regresar a tu casa? —pregunté.

—Quiero pasar el viernes a recoger algunas cosas y comprobar cómo está todo.

—Puedo acompañarte.

—Me vendría bien.

Nos abrazamos.

Cuando se marchó, me quedé mirando la puerta cerrada.

Mateo ya no necesitaba ocultarme cada decisión.

Y yo estaba empezando a entender que protegerlo no significaba decidir por él.

* * *

El jueves trabajé desde casa en algunas notas personales.

No eran documentos del periódico ni materiales de la investigación que tuviera que entregar.

Quería recordar con exactitud qué le había contado a Rafael durante los primeros días.

Busqué mi cuaderno de octubre.

El jueves ocho le hablé de la esquela sin mostrarle una copia.

Le dije que Mateo estaba vivo.

Le expliqué que el anuncio había llegado sin un intermediario identificable para mí.

Rafael me recomendó mantenerlo retenido y documentar la incidencia.

El sábado diez revisamos juntos el manual.

Aquel día hizo un comentario sobre no guardar los papeles de Mateo en la redacción.

Recordaba que me sorprendió su precisión.

Pero no había mencionado una carpeta determinada ni la bolsa que vi en casa de mi hermano.

Después, el lunes veintiséis, Rafael reprodujo literalmente el texto de despedida.

Había sido mi primera razón concreta para preguntarme si sabía más de lo que decía.

Ahora tenía otra explicación para su conocimiento.

Según los registros examinados el viernes treinta, su cuenta aparecía asociada a una sesión en la que se incorporó aquella frase al borrador.

No necesitaba imaginar una filtración posterior para explicar cómo pudo leerla.

Tampoco podía afirmar todavía que él mismo hubiera escrito cada palabra.

Cerré el cuaderno.

No quería llegar a la reunión con una acusación preparada para cada una de sus frases.

Prefería escuchar qué estaba dispuesto a reconocer.

* * *

Nos reunimos a las seis.

Inés había acordado utilizar una sala de reuniones profesional, distinta de su despacho habitual. Rafael acudió acompañado de su abogado.

Mateo no estaba presente.

Era importante para mí que siguiera así.

Yo no representaba a mi hermano ni podía negociar por él.

Rafael se levantó cuando entré.

Llevaba una camisa azul clara y una chaqueta oscura. Tenía las gafas en la mano.

Parecía cansado.

No supe si estaba realmente más delgado o si me fijaba en él de una manera distinta.

—Clara —dijo.

No me acerqué a saludarlo.

Me senté junto a Inés.

Rafael volvió a ocupar su silla.

Su abogado comenzó explicando que la reunión era voluntaria y que no sustituía las actuaciones de la empresa ni las que pudieran desarrollarse ante las autoridades.