Capítulo 28. La entrega #4
La noche del martes, Inés me envió una copia de la constancia de presentación de la ampliación relacionada con la esquela y las amenazas.
También me informó de que había remitido por el cauce correspondiente una comunicación complementaria relativa a los documentos administrativos cuya verificación se había solicitado el jueves veintidós.
Los justificantes acreditaban la presentación.
No que se hubieran confirmado los hechos denunciados.
Tampoco que se hubiera abierto ya un procedimiento penal contra Rafael o contra Soria.
Me quedé mirando los archivos adjuntos.
Era extraño que, después de tantas semanas, una parte importante del trabajo terminara reducida a dos documentos con fecha, referencia y acuse de recepción.
No había una resolución.
Ni una explicación de por qué Rafael había intervenido.
Pero la información ya no dependía únicamente de que Mateo mantuviera una carpeta fuera de su piso o de que yo conservara anotaciones sobre una esquela retenida.
Había pasado a manos de personas que podían requerir comprobaciones formales.
Eso tampoco nos garantizaba que todo saliera bien.
Solo significaba que habíamos dejado de esperar a resolverlo por nuestra cuenta.
* * *
Llamé a Mateo.
—Inés me ha enviado las constancias —le dije.
—A mí también.
—¿Cómo estás?
Se quedó pensando.
—Cansado.
—Yo también.
Escuché un ruido al otro lado.
—¿Estás fuera?
—He salido a comprar algo para cenar.
No le pregunté dónde.
Seguía sin conocer su alojamiento.
Después de lo ocurrido con el hombre que nos siguió, había dejado de considerar esa reserva como una falta de confianza.
—¿Vas a volver pronto a tu piso? —pregunté.
—Todavía no lo sé.
—Cuando quieras, podemos ir juntos a recoger más cosas, organizándolo con Inés si hace falta.
—Ya te avisaré.
Hubo un silencio.
—Clara, ¿crees que Rafael va a explicar lo que hizo?
Miré el cuaderno.
—No lo sé.
—Tiene que haber una razón.
—Sí.
—¿Y crees que Soria se la dio?
Tardé en responder.
—Creo que tenemos motivos para comprobar si colaboraron. Pero todavía no sé quién tomó la decisión de utilizar la esquela ni qué recibió Rafael a cambio, si recibió algo.
Mateo respiró hondo.
—Me cuesta creer que lo hiciera por iniciativa propia.
—A mí también. Pero que algo me cueste creerlo no lo convierte en imposible.
Mi hermano no discutió.
—Hay algo que sí sabemos —añadí.
—¿Qué?
—Que quien preparó el anuncio eligió mi mesa para hacerte llegar la amenaza. Y que una cuenta de Rafael intervino desde el borrador anterior.
Mateo guardó silencio.
—Eso es lo que más me preocupa —dijo.
—¿Por qué?
—Porque tú confiabas en él.
Miré hacia la ventana.
—Sí.
—Y eso hacía mucho más probable que la esquela te afectara de verdad.
No respondí enseguida.
Hasta entonces había pensado en mi relación con Rafael como el motivo por el que aquella revelación me había resultado tan dolorosa.
Mateo me estaba mostrando otra posibilidad.
Quien preparó la amenaza podía haber contado con esa confianza.
Con que yo acudiera a Rafael para pedir ayuda.
Con que aceptara sus indicaciones mientras intentaba proteger a mi hermano.
No sabía si Rafael había previsto cada una de mis reacciones.
No podía atribuirle un plan que todavía no había demostrado.
Pero alguien había utilizado las credenciales de Rafael en un sistema que él conocía y en un circuito editorial en el que yo ocupaba el último puesto de revisión.
Aquello ya no podía explicarse como una coincidencia.
—Hablaremos mañana —le dije.
—Descansa.
Colgamos.
* * *
Antes de acostarme abrí el cuaderno por la última página.
Había anotado las fechas de los documentos entregados y las referencias que Inés nos había comunicado.
Después añadí tres líneas.
Elena respondió por sus propias firmas.
Mateo respondió por sus decisiones.
La empresa conservó los registros que vinculan la cuenta de Rafael con la esquela.
Lo leí.
Durante semanas había intentado descubrir quién sabía qué, quién conservaba copias y quién había ocultado información.
Ahora empezaba a comprender que la parte más difícil no era reunir documentos.
Era conseguir que cada persona se hiciera cargo de aquello que podía explicar sin atribuir a otras lo que todavía no estaba demostrado.
Elena no podía responder por la muerte de Aurora.
Mateo no podía decidir por Paula y Darío.
Yo no podía utilizar el periódico para investigar sin límites al hombre que lo dirigía.
Y Rafael tendría que explicar, por los cauces que correspondieran, por qué su cuenta había intervenido en la creación de una esquela que anunciaba una muerte imposible.
Me quedé mirando la página.
Todavía no sabíamos quién había ordenado entrar en el piso de Mateo.
La identificación de Bruno seguía pendiente.
No teníamos una prueba concluyente de que Soria hubiera encargado la falsa esquela.
Y los documentos de Santa Oliva necesitaban una comprobación que no dependiera de las personas que los habían preparado.
Pero aquella noche, por primera vez desde el jueves ocho, no pensé en lo que debía encontrar al día siguiente.
Pensé en lo que ya habíamos decidido hacer con lo que sabíamos.
Cerré el cuaderno.
El perro dormía junto a la puerta de mi habitación.
Lo dejé allí.