Capítulo 28. La entrega #3
Me decepcionó oírlo. Había querido que los documentos se explicaran unos a otros, pero Elena acababa de señalar una diferencia que necesitábamos conservar.
Inés continuó revisando la copia.
—¿Estás dispuesta a entregarla para que se compruebe su procedencia?
—Sí.
—¿Y a explicar cuándo y cómo la conservaste?
—Hasta donde pueda reconstruirlo.
Elena firmó una relación de entrega que identificaba las hojas recibidas, su naturaleza de copias y las limitaciones de origen que acababa de explicar.
Inés anotó que no habían sido cotejadas con documentos auténticos de la fundación.
Después Elena firmó su declaración escrita, una vez incorporadas las correcciones que había aceptado.
No se trataba de una declaración judicial.
Era un relato propio, preparado para su revisión y eventual aportación por los cauces correspondientes.
Pero aquella tarde Elena había puesto su nombre debajo de lo que llevaba años reconociendo a medias.
* * *
Cuando Inés terminó de ordenar las hojas, Elena pidió hacer una pregunta.
—¿Esto podría perjudicar a otras personas que me ayudaron?
La abogada dejó el bolígrafo.
—Dependerá de qué información necesite incorporarse y de los procedimientos que se sigan. No puedo garantizarte que una investigación nunca requiera identificar a alguien.
Elena bajó la vista.
—Lo sé.
—Por eso estamos separando tu declaración de las personas que puedan aportar otros documentos. Cada una debe conocer lo que se le pide y sus posibles consecuencias.
—No quiero que se repita lo que ocurrió antes.
Inés esperó.
—Que alguien termine pagando por haber hecho una pregunta.
Me quedé mirando a Elena.
Había sido una de las personas que dejaron sin respuesta a Aurora.
Ahora estaba preocupada por el daño que pudiera sufrir alguien al hablar.
No había desaparecido su responsabilidad.
Pero por primera vez me pareció que estaba haciendo algo más útil que arrepentirse.
* * *
Antes de salir, Inés me pidió que esperara unos minutos.
Elena recogió su abrigo.
Nos despedimos en el pasillo.
—Gracias por venir —le dije.
Me miró.
—No he venido por ti, Clara.
Me sorprendió.
—No lo he hecho para que me perdones —añadió—. He firmado documentos que debería haber comprobado.
Apretó la bolsa de tela contra su costado.
—Si me llaman para ratificar lo que he escrito, iré. Antes habría buscado una excusa para no volver a aparecer en ese expediente.
—¿Y ahora?
—Ahora lleva mi firma. No quiero que vuelva a ser otra persona quien explique por mí lo que hice.
Elena se marchó.
La vi caminar hacia la escalera con la bolsa de tela doblada bajo el brazo.
Ya no llevaba dentro la copia de 2017.
* * *
Regresé al despacho de Inés.
Había separado la declaración de Elena del resto de la documentación.
—¿Qué te parece? —me preguntó.
Tardé en responder.
—Que ha reconocido algo que podría haber seguido negando.
—Sí.
—Pero todavía no sabemos quién cambió las tres plazas.
—No.
—Ni si se pagaron esas estancias.
—Tampoco.
Me senté.
—Entonces seguimos teniendo varios documentos sin una explicación conjunta.
Inés dejó la carpeta sobre la mesa.
—Tenemos algo distinto. Personas que pueden explicar sus propios actos y fuentes documentales que indican qué debemos pedir a quienes conservan los originales.
La escuché.
—La declaración de Elena no tiene que resolver toda la historia para resultar útil —continuó—. Puede servir para determinar cómo se tramitaban ciertas revisiones y qué información debe comprobarse.
Asentí.
Después Inés abrió otra carpeta.
—También quiero que revisemos lo de Rafael.
Me enderecé.
—¿Ha declarado algo?
—No tengo ninguna declaración suya que pueda trasladarte. La empresa debe continuar su procedimiento interno y nosotros no podemos anticipar qué decidirá él.
Esperé.
—Pero hay una comprobación adicional que considero necesaria.
Inés me mostró la relación de cuestiones pendientes sobre la esquela.
Una de ellas preguntaba si las comunicaciones corporativas relacionadas con el expediente podían ayudar a identificar cómo se había iniciado la solicitud y si existían contactos pertinentes con terceros.
Leí el apartado.
Mencionaba expresamente a Fundación Alerce.
—¿Podemos pedir que se revisen sus comunicaciones con Soria? —pregunté.
—Podemos poner en conocimiento de quienes investigan por qué esa relación podría ser relevante y solicitar que se preserve la documentación concreta que corresponda. No significa que tú o yo tengamos derecho a acceder libremente al correo laboral de Rafael.
—Lo sé.
—Ni que podamos exigir todos sus mensajes de años anteriores sin justificar para qué.
Miré la hoja.
Recordé algo.
—Fundación Alerce había publicado anuncios en El Faro .
Inés levantó la vista.
—¿Cuáles?
—La nota de pésame por Nicolás Cervera, en 2018. La consulté el lunes doce.
—¿Sabes quién la contrató?
—No. En la publicación figuraba atribuida a la dirección y al personal de Santa Oliva, y estaba firmada por la fundación.
—Entonces sabemos que hubo una publicación vinculada a Alerce. No quién gestionó la contratación ni si Rafael intervino.
Asentí.
—También hay información pública sobre actividades de la fundación que hemos publicado a lo largo de los años —añadí—. Pero una relación editorial o comercial no demostraría que Soria le encargó la esquela.
—Exactamente.
Inés señaló el documento.
—Lo importante será comprobar si existe una comunicación relevante para los hechos investigados, no convertir cualquier contacto entre una fundación y un periódico en una prueba de colaboración ilícita.
Me quedé pensando.
Hasta hacía pocos días había buscado una explicación en el funcionamiento del sistema editorial.
Ahora sabía que la cuenta de Rafael aparecía vinculada a las operaciones decisivas.
La pregunta había cambiado.
No era únicamente cómo se preparó el anuncio.
Era por qué lo hizo alguien que tenía acceso suficiente para intervenir sin que yo viera su nombre.
Y si actuó para favorecer a otra persona, debía existir alguna manera de reconstruir ese vínculo más allá de nuestras sospechas.
* * *
El martes por la tarde Mateo acudió también al despacho.
Habíamos acordado que estuviera presente únicamente para revisar sus propias aportaciones.
Cuando llegó, Elena ya se había marchado.
Inés puso delante de él la versión corregida de su relato.
Mateo la leyó despacio.
Se detuvo en varios párrafos y preguntó por algunas expresiones.
Después firmó.
No estaba reconociendo que los documentos fueran auténticos por el simple hecho de haberlos transportado.
Estaba dejando constancia de qué había hecho personalmente, qué mensajes había recibido y qué documentación podía ayudar a localizar.
Inés identificó también los materiales que él autorizaba a aportar en relación con las amenazas, la intrusión y la esquela.
Entre ellos figuraban las comunicaciones que conservaba desde finales de septiembre.
No me mostró la conversación completa.
Tampoco necesitaba verla.
Ya conocía los dos mensajes que me enseñó durante nuestro paseo del miércoles veintiuno.
Ahora el conjunto iba a examinarse como parte de una secuencia documentada, con sus fechas y sin seleccionar únicamente las frases que parecían más incriminatorias.
—¿Y los documentos de Santa Oliva? —preguntó Mateo.
—Mantendremos la vía de comprobación que iniciamos el veintidós —respondió Inés—. La administración financiadora debe poder revisar los originales, las reservas y los movimientos de plazas. Las copias de trabajo que hemos examinado no sustituyen esa verificación.
Mi hermano asintió.
—¿Tenemos que comunicar quién las conservó?
—Cada fuente y cada documento requieren una valoración. No voy a prometerte que una autoridad nunca necesite identificar su procedencia. Pero tampoco vamos a difundir datos de terceros como condición de un acuerdo privado con Alerce.
Mateo dejó el bolígrafo.
—Eso es lo que quería saber.
Lo observé.
Había algo importante en aquella diferencia.
El sábado veinticuatro, Soria pidió nombres y copias para una revisión que su propia organización pretendía controlar.
Ahora Mateo autorizaba aportar lo que le correspondía por un cauce en el que la comprobación no dependía de entregar todo a la fundación.
No era una garantía absoluta de protección.
Sí era una decisión distinta.
* * *
Salimos del despacho después de las siete.
Inés había terminado de ordenar lo que presentaría mediante los procedimientos correspondientes.
Nos explicó qué documentación estaba preparada para acompañar la ampliación de los hechos comunicados sobre las amenazas y la esquela, y qué materiales debían seguir por la vía administrativa abierta sobre Santa Oliva.
No todo podía entregarse en un mismo expediente.
Tampoco convenía hacerlo.
La declaración de Elena sobre sus firmas y revisiones no era equivalente a los registros técnicos de la esquela.
Los mensajes de Mateo documentaban presiones.
Las copias de 2017 planteaban discrepancias que necesitaban contrastarse con originales y posibles reservas autorizadas.
Cada material tenía una finalidad.
Cada uno dejaba preguntas pendientes.
Antes de despedirnos, Inés acordó comunicarnos los justificantes de las presentaciones que consiguiera efectuar y mantener separados los datos de quienes todavía no habían autorizado compartir información.
Mateo guardó su carpeta.
—¿Y ahora? —preguntó.
Inés lo miró.
—Ahora corresponde comprobar lo que hemos puesto en conocimiento de quienes tienen competencia para hacerlo. Nosotros seguiremos colaborando y responderemos a las solicitudes que procedan.
—¿Cuánto puede tardar?
—No puedo darte un plazo fiable.
Mateo asintió.
No insistió.
* * *