La mujer de los obituarios Capítulo 28. La entrega #2
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Capítulo 28. La entrega #2

Aquella tarde comprendí cuánto había cambiado mi hermano desde la primera conversación sobre la esquela.

Ya no estaba intentando proteger a todo el mundo manteniéndonos separados.

Había decidido qué responsabilidad podía asumir y cuáles no le correspondía imponer a otros.

* * *

El domingo llamé a Inés.

No quise interrumpirla sin necesidad, así que le envié primero un mensaje preguntando si podía hablar.

Me respondió al mediodía.

—¿Todo bien, Clara?

—Sí. Quería consultarte cómo vamos a organizar lo que falta.

—El martes he quedado con Elena.

Me incorporé en el sofá.

—¿Ha decidido declarar?

—Ha preparado una explicación escrita sobre sus actuaciones. Quiere revisarla conmigo y entregarme una copia de la documentación que te mostró en octubre.

Recordé la plaza de la biblioteca.

Elena había sostenido una hoja de 2017 con su propia firma.

No me permitió llevármela.

Dijo que quería explicar su procedencia antes de entregarla.

—¿Quieres que vaya? —pregunté.

—Elena está de acuerdo en que estés presente en la parte en que explica lo que ya te ha contado. Después tendremos que revisar por separado cualquier asunto que afecte a personas a las que tú no representas.

—Lo entiendo.

Inés guardó silencio un momento.

—También quiero hablar contigo sobre las declaraciones que has hecho acerca de la esquela. Debemos evitar que tu relación laboral con Rafael se mezcle innecesariamente con el expediente de Santa Oliva.

—Son asuntos relacionados.

—Puede que lo estén. Pero todavía tenemos que demostrar cómo.

Me quedé callada.

Era una diferencia que comprendía intelectualmente, aunque cada vez me costaba más aceptarla.

Habíamos descubierto que la cuenta de Rafael intervino en la tramitación del anuncio falso.

Sabíamos que alguien había exigido a Mateo documentos de Santa Oliva.

Y Héctor Soria había ofrecido dinero a cambio de recuperar copias e identificar custodios.

Todo parecía formar parte de una misma presión.

Pero todavía no había un documento que explicara quién pidió a Rafael que utilizara el periódico.

—¿La empresa ha entregado ya los registros completos? —pregunté.

—No a nosotros. Conserva los registros identificados y está preparando su aportación formal. Por ahora seguimos contando con el informe que examinamos el viernes.

Asentí.

—¿Y Bruno?

—No tengo una confirmación nueva de su identidad. Las fotografías y la posible coincidencia con la noticia pública forman parte de la información comunicada. No ha habido una identificación policial que yo pueda trasladarte.

Miré hacia la ventana.

—Sigo pensando en que estaba frente al periódico.

—Es razonable que te preocupe. Por eso debemos mantener las precauciones mientras se comprueba.

No insistí.

Antes de despedirnos, Inés hizo una última precisión:

—El martes Elena hablará de lo que hizo ella. No de lo que podamos atribuir a toda Alerce.

—Es lo que necesito escuchar.

* * *

El lunes no fui a la redacción.

Había solicitado un día de permiso y una reunión con gestión para acordar cómo continuaría trabajando mientras se examinaba la intervención de Rafael.

Me confirmaron por escrito la recepción de la solicitud.

No me comunicaron ninguna decisión sobre él.

Tampoco me dijeron que estuviera suspendido ni que hubiera dejado su cargo.

Agradecí no recibir rumores presentados como hechos.

Aquella mañana trabajé en mis notas.

No en las de Santa Oliva.

En las mías.

Preparé una relación de fechas de todo lo que había hecho desde el jueves ocho.

Cuándo recibí la esquela.

Cuándo hablé con Mateo.

Qué comuniqué a Rafael.

Qué comprobaciones realicé desde mis permisos editoriales.

Qué información recibí después de administración.

Y qué documentos conservaba personalmente.

Me detuve al llegar a la reunión del viernes treinta.

Recordé cómo Sonia y el responsable de sistemas explicaron las operaciones del borrador.

No había visto los registros originales completos.

Había escuchado la explicación y examinado la documentación que la empresa podía mostrarnos.

Eso era lo que debía escribir.

No que yo había demostrado por mi cuenta quién utilizó materialmente la cuenta de Rafael.

Cuando terminé, el documento ocupaba seis páginas.

Lo releí.

Había algunas frases que parecían conclusiones.

Las cambié por descripciones.

Después se lo envié a Inés.

Era la primera vez que redactaba algo relacionado con aquella historia sin pensar en cómo lo publicaría.

Solo quería que pudiera comprobarse.

* * *

El martes llegué al despacho a las cuatro y cuarenta.

Elena estaba sentada en la sala de espera.

Llevaba una chaqueta marrón y una bolsa de tela sobre las rodillas.

Al verme se levantó.

—Clara.

Nos saludamos.

No nos habíamos visto desde nuestra conversación sobre la hoja de 2017. Habíamos hablado por teléfono el viernes veintitrés, cuando admitió que había respondido a Aurora sin comprobar realmente lo que la enfermera le preguntaba.

Ahora parecía más delgada.

O quizá era la primera vez que me fijaba en su aspecto sin compararlo con las fotografías del archivo.

—¿Estás bien? —pregunté.

—He estado mejor.

Se sentó.

Yo ocupé la silla contigua.

Durante unos segundos ninguna habló.

—Me han contado que hay información nueva sobre Rafael —dijo finalmente.

La miré.

—Inés sabe qué puede explicarte.

Elena asintió.

—No quiero preguntarte nada que no debas contarme.

Agradecí que lo comprendiera.

Me fijé en la bolsa.

—¿Has traído la hoja?

—Sí.

Abrió ligeramente la cremallera y volvió a cerrarla.

—También he preparado una relación de lo que recuerdo.

—¿La has escrito tú?

—Sí.

—¿Con ayuda de Inés?

—Me ha indicado qué debía distinguir. No me ha dicho qué tenía que recordar.

Nos quedamos calladas.

Elena miró hacia la puerta del despacho.

—Tengo miedo de equivocarme con las fechas.

—Entonces no digas que recuerdas una fecha exacta si no la recuerdas.

Me observó.

—Eso mismo me ha dicho Inés.

Sonreí.

—Se nos está pegando.

Elena también sonrió, aunque apenas.

* * *

Entramos unos minutos después.

Inés había dispuesto la mesa con espacio suficiente para que cada una pudiera consultar sus propios papeles.

No había nadie más.

Elena sacó una carpeta transparente.

Dentro llevaba varias hojas escritas a ordenador, con correcciones manuscritas en los márgenes, y un sobre que reconocí de inmediato.

Era parecido al que había utilizado el día en que me mostró su firma.

Inés explicó cómo íbamos a trabajar.

Primero revisarían el relato de Elena, diferenciando lo que había presenciado de lo que había sabido por otros.

Después comprobarían qué documentación estaba dispuesta a entregar, cómo había llegado a sus manos y qué límites tenía su utilización.

Yo permanecería en la parte relativa a las conversaciones que ya conocía.

Elena asintió.

Empezó a leer.

No había grandes revelaciones en sus primeras páginas.

Describía sus funciones administrativas durante los años que trabajó en Fundación Alerce. Explicaba que ciertos documentos llegaban a revisión con datos que todavía debían comprobarse y que ella había permitido dar por terminados algunos trámites sin verificar todos los extremos señalados.

Había escrito una frase que me hizo levantar la vista:

En ocasiones di por suficiente una comprobación realizada por otra unidad sin tener constancia personal de que se hubiera resuelto la incidencia original.

Inés la interrumpió.

—¿Esto ocurrió más de una vez?

—Sí.

—¿Puedes identificar casos concretos?

Elena abrió su carpeta.

—Uno es el de Aurora. Y otro, esta hoja que conservé de 2017. No quiero decir que fueran el mismo problema.

Inés asintió.

—Explícalos por separado.

Elena buscó la primera página.

Habló de la petición de Aurora sobre la organización de turnos antes de 2014.

Reconoció que le aseguró que estaba revisada sin comprobar si se habían conservado las versiones anteriores.

—No sé si después alguien contestó formalmente —añadió—. No he encontrado ninguna copia que me permita afirmarlo.

—¿Recuerdas haber firmado una respuesta? —preguntó Inés.

—No.

—¿Recuerdas que se enviara?

—Tampoco.

Inés hizo una anotación.

—Entonces no vamos a escribir que nunca existió una contestación. Vamos a decir que tú no tienes constancia de haberla preparado o recibido.

Elena asintió.

Continuó.

Al escucharla me acordé del correo que Marisa conservaba del diecinueve de diciembre de 2013.

Aurora había preguntado cómo conseguir una respuesta escrita.

La petición seguía sin una solución comprobada.

Pero por primera vez Elena estaba dispuesta a dejar documentada su propia omisión.

* * *

Cuando terminó aquella parte, Elena sacó el sobre.

Lo abrió con cuidado y colocó dos hojas delante de Inés.

Reconocí la primera.

Había una relación de comprobaciones administrativas fechada en 2017, con varias observaciones y una firma en la parte inferior.

La había visto en la plaza de la biblioteca.

No recordaba todos los detalles.

Sí la firma.

—¿Es la copia que enseñaste a Clara? —preguntó Inés.

—Sí.

—¿Has localizado el original?

—No. Esto es una copia que conservé. No puedo certificar que el documento completo siga en los archivos de Alerce ni que no existieran otras versiones.

Inés examinó la hoja.

—¿Reconoces esta firma?

—Sí. Es mía.

—¿Y qué declaras que significaba?

Elena tardó en contestar.

—Que participé en la revisión administrativa de esa relación. No que comprobé personalmente todos los datos.

—¿Lo indicaba el procedimiento?

—El procedimiento establecía distintas comprobaciones. La parte que yo debía revisar no siempre se encontraba completada cuando recibía los documentos.

Inés esperó.

—Y en ocasiones acepté que se cerraran —añadió Elena.

Miré su mano.

Tenía los dedos apoyados sobre el borde de la hoja.

No temblaban.

—¿Puedes identificar quién ordenó el cierre de este documento? —preguntó Inés.

Elena negó.

—No a partir de esta copia. Recuerdo cómo se trabajaba, pero no quiero atribuir una instrucción concreta sin encontrar la comunicación que la originó.

—¿Es la revisión de las tres reservas de marzo de 2017? —preguntó Inés.

—No. La hoja que guardé pertenece a otra revisión. De las reservas solo conozco lo que me habéis contado; no he visto sus originales.