Capítulo 28. La entrega
El sábado me desperté antes de que sonara el teléfono.
Había dejado la persiana a medio bajar y entraba una franja de luz por el lado de la ventana. El perro dormía junto a la cama, con una pata apoyada sobre mi zapatilla.
Miré la hora.
Las siete y cuarenta.
El viernes había vuelto a casa sabiendo que la cuenta de Rafael aparecía en las operaciones utilizadas para preparar la esquela de Mateo. Durante la noche repasé varias veces la reunión con Sonia, el informe del proveedor y las preguntas que todavía seguían sin respuesta.
No había dormido mucho.
Pero lo que me preocupaba aquella mañana no era únicamente Rafael.
El lunes tendría que decidir cómo regresar al periódico.
Hasta el viernes había podido mantener separadas dos cosas: la investigación de la esquela y mi relación profesional con él. Ahora esa separación resultaba imposible.
Rafael seguía siendo el director de El Faro .
Yo seguía siendo una empleada que dependía de la organización de su departamento.
Y la empresa tenía registros que relacionaban su cuenta con la creación de un anuncio falso sobre la muerte de mi hermano.
Me levanté.
El perro me siguió hasta la cocina.
Mientras preparaba café encontré un mensaje de Lucía.
Buenos días. No hace falta que contestes ahora. Si quieres, el lunes puedo ocuparme de tus solicitudes mientras aclaras cómo vas a trabajar.
Le respondí que lo agradecía y que hablaríamos más tarde.
Después llamé a Mateo.
Contestó casi inmediatamente.
—¿Estás bien?
—Sí. ¿Tú?
—He dormido.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la respuesta que tengo.
Me senté a la mesa.
—¿Quieres venir a comer?
Mateo tardó un momento.
—¿A tu casa?
—No voy a invitarte a la de Soria.
Se rio.
Era una risa cansada, pero agradecí escucharla.
—Puedo pasar sobre la una —dijo.
—Trae pan.
—¿Otra vez te has olvidado de comprar?
—Esta vez ha sido deliberado.
Colgamos.
Me quedé con el teléfono en la mano.
Habíamos vuelto a hablar de cosas pequeñas.
No porque hubiéramos dejado atrás lo ocurrido, sino porque ninguno podía sostener una conversación sobre amenazas y denuncias desde que se levantaba hasta que se acostaba.
* * *
Lucía me llamó cerca de las diez.
—¿Has decidido qué vas a hacer con el trabajo? —preguntó.
—Voy a pedir que no tenga que depender directamente de Rafael mientras se revisa lo ocurrido.
—Me parece razonable.
—No sé qué decidirá la empresa.
—Gestión tendrá que responderte.
Me apoyé contra el respaldo del sofá.
—No quiero que parezca que estoy pidiendo que lo despidan.
—No estás pidiendo eso. Estás intentando no trabajar bajo la supervisión de alguien cuya cuenta aparece vinculada a la amenaza contra tu hermano.
La escuché.
Lucía tenía la virtud de formular las cosas de una manera que dejaba poco espacio para mis excusas.
—¿Ha preguntado alguien por mí? —dije.
—Algún compañero sabe que hay una revisión administrativa. No he dado detalles.
—¿Rafael estaba ayer cuando saliste?
—No lo vi después de nuestra conversación.
Miré hacia la ventana.
—¿Crees que sabe que hemos recibido el segundo informe?
—La empresa tendrá que comunicarle lo que corresponda. No sé qué le han dicho ni cuándo.
Asentí.
—No quiero que esto termine circulando por la redacción como una acusación sin documentos.
—Por eso no lo estoy comentando.
Hubo una pausa.
—Clara, hay otra cosa.
Esperé.
—Cuando se sepa que Rafael está implicado en la tramitación, alguien va a querer convertirlo en una noticia.
No respondí.
—Trabajamos en un periódico —continuó—. No podemos fingir que una investigación sobre el director carece de interés público.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que se utilice tu situación para adelantar información que todavía no está contrastada o que afecta a personas que no han aceptado aparecer.
Aquella era precisamente mi preocupación.
Durante años había trabajado revisando documentos destinados a hacerse públicos. Era fácil olvidar que buena parte de las personas relacionadas con una noticia no habían elegido convertirse en protagonistas de ella.
—No quiero publicar nada ahora —dije.
—No te lo estaba pidiendo.
—Ya.
—Solo quiero que sepas que, si llega ese momento, tendremos que hacerlo bien.
Me quedé mirando el cuaderno que había dejado sobre la mesa.
—No voy a utilizar el puesto que tengo para conseguir información restringida sobre Rafael —respondí—. Ni voy a convertir las declaraciones de otras personas en material del periódico.
—Me parece bien.
—Pero tampoco quiero que su cargo sirva para que todo quede dentro de una investigación privada de la empresa.
Lucía guardó silencio.
—Eso también habrá que vigilarlo —dijo.
Después hablamos de las solicitudes pendientes del viernes.
Era una conversación que habría parecido insignificante dos semanas antes.
Ahora me ayudó a recordar que el periódico tenía que seguir funcionando aunque yo no supiera todavía cómo regresar a él.
* * *
Mateo llegó a la una y diez.
Traía pan, una bolsa con fruta y un juguete nuevo para el perro.
—No hacía falta —le dije.
—El último que le compré está destrozado.
—Todavía puede utilizarlo.
—Clara, le falta la mitad.
Dejó las bolsas en la cocina y se agachó para saludar al animal.
El perro se lanzó hacia él.
Los observé unos segundos.
Mateo llevaba semanas sin dormir en su casa. Había cambiado de cerradura, perdido su ordenador y tenido que explicar a la policía por qué alguien podía estar interesado en sus documentos.
Aun así, cuando veía al perro, se comportaba durante unos minutos como si todo siguiera igual.
Preparé la comida.
Mateo puso la mesa.
No hablamos de Rafael hasta después de recoger los platos.
Entonces mi hermano sacó una carpeta pequeña de su mochila.
—Inés me ha pedido que revise esta declaración.
Me senté.
—¿Sobre los mensajes?
—Sobre mi participación desde finales de septiembre y sobre lo que ocurrió en casa.
Abrió la carpeta.
No intentó entregármela de inmediato.
—Quiero enseñarte una parte —dijo—. Es la que se refiere a ti y a la esquela.
Asentí.
Mateo había empezado a distinguir mejor entre contarme algo y poner toda su documentación en mis manos.
Leyó algunos párrafos.
Había ordenado los contactos recibidos desde finales de septiembre, el ultimátum del miércoles siete y las decisiones que tomó el lunes doce.
Reconocía que había trasladado documentos para ayudar a personas relacionadas con Santa Oliva.
Explicaba que conservaba algunas copias y referencias de origen, pero no identificaba en aquella versión a todas las personas que habían participado.
Después describía la amenaza a nuestra familia.
Y mi reacción cuando recibí su esquela.
—Aquí he puesto que te lo oculté al principio porque pensé que todavía podía resolverlo sin involucrarte —dijo.
Lo miré.
—Eso ya me lo contaste.
—Pero ahora quiero dejarlo por escrito.
Continuó leyendo.
Declaraba que yo había retenido la publicación sin comunicarle previamente la existencia de aquella solicitud a nadie fuera de los cauces de trabajo que consideré necesarios.
Me detuve.
—Eso no es del todo preciso.
Mateo levantó la vista.
—¿Por qué?
—Hablé con Rafael el jueves ocho. Y tú lo supiste ese mismo día.
—Lo sé.
—Entonces debe quedar claro.
Buscó el párrafo.
—Aquí pone que lo hiciste por el procedimiento editorial.
—Sí. Pero no quiero que parezca que no se lo conté a nadie hasta después.
Mateo hizo una anotación.
—Se lo diré a Inés.
Me quedé mirándolo.
—¿Te molesta que lo corrija?
—No.
—Antes te habría molestado.
Sonrió sin ganas.
—Antes no quería que nadie supiera lo que estaba haciendo.
Cerró la carpeta.
—Y ya viste cómo terminó.
* * *
Nos quedamos un rato en silencio.
El perro había empezado a morder el juguete nuevo.
Mateo lo observaba sin demasiada atención.
—¿Has pensado en aceptar alguna parte de la oferta de Soria? —pregunté.
Negó.
—No en las condiciones que propusieron.
—¿Y si vuelve a hacer otra?
—La revisaré con Inés.
No necesitaba prometerme que rechazaría cualquier cantidad de dinero.
Lo que me importaba era que pudiera decidir sin la presión de entregar información que otras personas le habían confiado.
—Quince mil euros habrían solucionado varias cosas —dije.
—Sí.
—No quería que pensaras que debías rechazarlos por mí.
Mateo me miró.
—No los rechacé por ti.
Esperé.
—Me pidieron identificar a quienes conservaban documentos —continuó—. Si lo hubiera aceptado, habría tenido que decidir por personas que nunca me autorizaron a negociar sus nombres.
—Lo sé.
—Pero también hay algo que Inés me ha hecho entender.
Se inclinó hacia delante.
—Protegerlas no significa que yo pueda mantener oculto todo indefinidamente. Si quiero que se investiguen los registros, quizá alguna tenga que declarar o aportar documentos personalmente.
Lo observé.
—Entonces hay que hablar con ellas.
—Exactamente.
—¿Lo has hecho?
—He hablado con quienes puedo contactar. Inés se ocupa de las comunicaciones que requieren autorización. No voy a decirte qué ha respondido cada uno.
No le pregunté.
Mateo bajó la mirada hacia la carpeta.
—Durante mucho tiempo pensé que bastaba con guardar las copias en un lugar seguro.
—Y no basta.
—No. Al final alguien tiene que explicar qué son, de dónde proceden y por qué deberían comprobarse.
Me quedé pensando en Darío.
Había mostrado documentos con cifras que no coincidían.
Elena había reconocido su firma en una hoja de 2017.
Marisa conservaba una impresión del último correo que había encontrado de Aurora.
Ninguno de aquellos materiales tenía el mismo origen ni demostraba lo mismo.
Reunirlos todos en una carpeta no los convertía en una prueba única.
—Inés tendrá que separar cada cosa —dije.
—Eso está haciendo.
Mateo me miró.
—Yo también voy a dejar de esconderme detrás de las personas a las que ayudé.
No entendí inmediatamente.
—¿Qué quieres decir?
—Que voy a responder por lo que hice yo. Por los documentos que trasladé, los mensajes que recibí y las decisiones que tomé. Si alguien tiene que saber mi nombre para investigar la amenaza, ya lo sabe.
Esperé.
—Lo que no voy a hacer es entregar los nombres de los demás para que me dejen en paz.
Lo dijo sin levantar la voz.