Capítulo 27. El verdadero autor #4
Mateo salió por separado para no revelar a nadie que no necesitara saberlo el lugar donde estaba alojado. Antes de marcharse me abrazó.
—¿Estás bien? —preguntó.
Pensé en mentir.
—No demasiado.
—Yo tampoco.
Nos quedamos abrazados unos segundos.
Después añadió:
—Elena, Darío y las otras personas siguen esperando que podamos comprobar los documentos de Santa Oliva.
Me aparté ligeramente.
—Lo sé.
—Y todavía no sabemos si Rafael actuó por su cuenta o si alguien le pidió que lo hiciera.
Asentí.
—Pero hoy hemos averiguado algo importante —continuó—. No tenemos que fingir que seguimos al principio.
Lo miré.
Mi hermano había pasado semanas resistiéndose a darme información por miedo a que alguien me utilizara para llegar hasta él.
Ahora estaba recordándome que, aun después de descubrir a quien había preparado la esquela, existían responsabilidades que no debíamos olvidar.
—Llámame cuando llegues —le dije.
—Lo haré.
Nos despedimos.
Inés me acompañó en taxi hasta mi calle.
Antes de bajar acordamos hablar al día siguiente sobre la documentación recibida y la forma de solicitar que no tuviera que mantener un contacto laboral directo con Rafael mientras se revisaba su intervención.
No sabía qué decisión adoptaría la empresa.
Pero agradecí poder plantearlo sin improvisar una confrontación.
* * *
El perro salió a recibirme cuando abrí la puerta.
Se había quedado dormido junto al sofá.
Le preparé la cena y lo saqué a dar un paseo breve.
En la calle había poca gente.
Durante varios minutos caminé pensando en las cosas más sencillas.
En si debía comprar comida el sábado.
En la manta que el perro había empezado a romper.
En la cantidad de ropa que llevaba días sin lavar.
No quería recordar la reunión.
No podía evitarlo.
Al regresar abrí el cuaderno.
Busqué la página del jueves ocho.
Allí seguía mi primera anotación.
11:17. Esquela de Mateo.
Debajo aparecía su nombre.
La fotografía.
La fecha falsa.
Después venían los mensajes de Mateo y la conversación que mantuve con Rafael.
Había escrito que mi director consideraba necesario conservar la incidencia.
Lo recordaba perfectamente.
Fue él quien me recomendó no modificar el original.
También quien me dijo que no llamara a funerarias al azar.
Había seguido sus consejos.
Y gracias a ellos parte de la documentación permanecía disponible para reconstruir lo ocurrido.
Me quedé mirando la página.
No sabía qué me resultaba peor.
Que hubiera utilizado su puesto para ayudar a preparar una amenaza.
O que, después de hacerlo, pudiera escucharme hablar de mi miedo y aconsejarme con la tranquilidad de quien no tenía ninguna responsabilidad en aquello.
La diferencia entre las dos cosas importaba.
Una pertenecía a los hechos que había que demostrar.
La otra explicaba por qué me costaba tanto aceptar su participación.
* * *
Anoté la fecha.
Viernes 30 de octubre de 2026.
Debajo escribí una síntesis de la reunión.
La segunda comprobación del proveedor vincula la cuenta nominal de Rafael Leiva con la creación y edición del borrador comercial del 7/10, su descarte y operaciones de la nueva tramitación del 8/10, incluida la excepción manual de las 11:14.
Los registros de autenticación y una comunicación corporativa aportan elementos adicionales de atribución.
Documentación original preservada para revisión formal.
Pendiente determinar responsabilidades personales, instrucciones recibidas y finalidad completa.
Leí el párrafo.
No decía que Rafael hubiera sido condenado.
Tampoco que lo hubiéramos visto físicamente sentado frente a una pantalla el miércoles siete.
No conocíamos todavía el motivo por el que decidió intervenir.
Pero los registros hacían insostenible tratarlo únicamente como un director que recibió después noticia de una esquela irregular.
Su cuenta había formado parte de las operaciones que la prepararon y permitieron que llegara hasta mi mesa.
El resto debía investigarse.
Cerré el cuaderno.
Pensé en la reunión con Héctor Soria del sábado anterior.
En la oferta de quince mil euros.
En la exigencia de identificar a quienes conservaban copias de Santa Oliva.
En Bruno Roldán, o el hombre que creíamos haber reconocido bajo ese nombre, caminando detrás de nosotros el jueves.
No tenía pruebas suficientes para unir todas aquellas actuaciones en una sola cadena de órdenes.
Pero cada una había afectado a alguien que intentaba conservar o comprobar documentos.
Y el periódico, mi lugar de trabajo durante once años, había sido utilizado para hacer llegar una amenaza a mi hermano.
Me levanté.
El perro estaba dormido junto a la puerta del salón.
Apagué la luz.
Durante las últimas semanas me había preguntado quién había enviado la esquela y por qué había elegido el lunes doce.
Ahora tenía una respuesta documentada sobre una parte esencial de su preparación.
La cuenta era de Rafael.
La explicación que me dio después ya no bastaba.
Lo que todavía necesitaba averiguar era quién había querido que utilizara nuestro periódico para amenazar a Mateo, y qué relación tenía aquella decisión con los documentos que tantas personas habían intentado mantener a salvo.