Capítulo 27. El verdadero autor #3
Le conté que alguien había enviado una esquela a nombre de Mateo.
Le dije que mi hermano estaba preocupado.
Él me recomendó mantener el anuncio retenido, conservar los datos originales y acudir a la policía si pensaba que corría peligro.
Aquellos consejos eran correctos.
Y esa misma mañana, según los registros que acababan de mostrarnos, su cuenta había intervenido en la tramitación que permitió que la esquela llegara hasta mí.
No podía apartar de la cabeza aquella contradicción.
* * *
La reunión terminó pasadas las siete.
Inés pidió una comunicación formal con las conclusiones técnicas que la empresa podía trasladar a Mateo como afectado y con la identificación de los registros originales cuya conservación se había confirmado.
La representante de gestión explicó que la revisión interna de la empresa seguiría su propio procedimiento. No informó de sanciones, suspensiones ni decisiones laborales sobre Rafael.
Tampoco prometió ninguna actuación policial inmediata.
Cuando Sonia se levantó para marcharse, se acercó a mí.
—Clara, sé que esta información es muy difícil de recibir.
Asentí.
—Gracias por haber continuado la comprobación.
—Era necesario aclarar la incidencia.
No añadió nada más.
Me pareció adecuado.
No necesitaba que una compañera de administración intentara explicarme lo que Rafael había significado durante once años de trabajo.
Eso tendría que resolverlo yo.
* * *
Cuando nos quedamos solos, Inés cerró la carpeta.
Mateo seguía mirando la mesa.
—Era él —dijo.
La frase me hizo levantar la vista.
—La cuenta es suya —respondí.
—Y aparece en todas esas operaciones.
—Sí.
Mi hermano me observó.
—No estoy diciendo que lo vayan a condenar mañana.
Me quedé callada.
—Pero tampoco podemos seguir hablando como si solo hubiera leído la esquela después de que se presentara la incidencia.
Tenía razón. Hasta aquella mañana había podido explicar su conocimiento literal por un acceso posterior al expediente. Los eventos del borrador eran anteriores a que yo le contara nada.
—Quiero hablar con Rafael —dije.
Inés me miró.
—¿Para qué?
No esperaba aquella pregunta.
—Para preguntarle por qué lo hizo.
—Es una pregunta legítima. Pero no tienes que planteársela personalmente hoy.
Mateo asintió.
—No después de lo del hombre que nos siguió.
Pensé en Bruno.
En su rostro detrás del cristal de la cafetería.
En que seguíamos sin saber quién había ordenado la entrada en el piso de Mateo.
—No sabemos si todo está relacionado —respondí.
—Precisamente —dijo Inés—. Hay actuaciones documentales y una denuncia que siguen su curso. No conviene convertir tu primera reacción en una conversación improvisada con una persona implicada en las operaciones que acabamos de examinar.
La escuché.
—La empresa tiene que gestionar el acceso de Rafael a los sistemas durante la revisión —continuó—. Y nosotros debemos decidir qué información trasladamos formalmente. Tu seguridad y la de Mateo son una cuestión adicional.
Me quedé mirando la carpeta.
—No quiero regresar mañana al periódico y fingir que no sé nada.
—No tienes por qué hacerlo —respondió Inés—. Podemos solicitar que se adopten medidas laborales proporcionadas mientras se clarifica la situación, sin exigir que tú te enfrentes a Rafael.
Mateo se inclinó hacia mí.
—Clara, no necesitas escuchar una explicación suya esta noche para saber que aquello fue grave.
No respondí.
Había imaginado durante semanas que, cuando encontrara al responsable de la esquela, querría enfrentarlo inmediatamente.
Ahora tenía delante suficientes datos para comprender que Rafael había intervenido y solo deseaba salir de aquella sala.
* * *
Lucía me llamó cuando estaba terminando de hablar con Inés.
No respondí hasta que salimos del despacho.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Han terminado una parte importante de la revisión.
—¿Puedes contármelo?
Miré a Mateo.
Él asintió.
Le expliqué a Lucía lo esencial, sin enviarle documentos ni datos internos.
La cuenta utilizada.
El borrador del miércoles.
Los campos con la supuesta fecha de muerte.
La autorización excepcional del jueves.
La comunicación corporativa.
Lucía no me interrumpió.
Al terminar, se quedó callada unos segundos.
—Rafael —dijo finalmente.
—Sí.
—¿La empresa lo ha confirmado?
—Ha identificado su cuenta en esas operaciones y tiene otros registros que respaldan la atribución. El alcance personal y las responsabilidades se tendrán que determinar por los cauces correspondientes.
Lucía respiró hondo.
—No me lo puedo creer.
Miré hacia la calle.
—Yo tampoco quería creerlo.
—¿Vas a volver al periódico?
—Hoy no.
—Bien.
Su respuesta fue inmediata.
—Si necesitas algo de tu mesa, lo recojo yo cuando pueda hacerlo con autorización. No vengas por la noche.
—No voy a ir.
Lucía guardó silencio.
Después dijo:
—Voy a intentar que mañana no tengas que resolver esto hablando con él. Debe gestionarlo la empresa.
Agradecí que no me pidiera más detalles.
Le dije que hablaríamos al día siguiente y colgué.
* * *
Inés organizó nuestro regreso.