Capítulo 27. El verdadero autor
El viernes, Lucía me esperaba junto a la entrada del periódico.
Habíamos quedado en encontrarnos allí antes de subir. No era una medida extraordinaria, pero después del jueves me costaba imaginar otra manera de entrar a trabajar.
La noche anterior había comunicado a Inés la posible identidad del hombre que nos siguió. Había encontrado su nombre en una fotografía publicada dos años antes, junto a Héctor Soria, y una segunda referencia que lo vinculaba a la coordinación de seguridad de Fundación Alerce.
Bruno Roldán.
No sabía si era realmente el hombre de mis fotografías. Tampoco sabía por qué había estado cerca del periódico ni por qué había tomado el mismo camino que nosotros al salir del despacho de Inés.
Pero lo habíamos visto los tres.
Y ya no podía comportarme como si mi preocupación dependiera únicamente de una impresión.
—¿Has venido en taxi? —preguntó Lucía.
—Sí.
—¿Todo bien?
—No he visto a nadie.
Miramos hacia el quiosco.
El coche gris no estaba.
Subimos.
En el ascensor Lucía me preguntó si había dormido.
—Poco.
—Yo también he estado pensando en lo de ayer.
La miré.
—No tienes por qué implicarte más.
—Ya estaba implicada desde que vi a ese hombre dos días seguidos frente al periódico.
No discutí.
Al llegar a la redacción nos separamos para empezar el turno.
Rafael todavía no había llegado.
Me senté, encendí el ordenador y abrí la relación de anuncios pendientes.
Hacía tres semanas que un documento había cambiado mi forma de mirar aquella pantalla.
El viernes treinta, mientras revisaba los nombres de dos personas fallecidas, comprendí que también había cambiado mi manera de entrar en el edificio.
* * *
Sonia llamó a las diez y veintiséis.
Vi su nombre y me levanté antes de responder.
—Clara, ¿puedes hablar?
—Sí.
Me alejé de las mesas.
—Hemos recibido una segunda respuesta del proveedor sobre el expediente de tu hermano.
Me detuve.
—¿Qué han encontrado?
—Información más completa sobre las operaciones del borrador y su tramitación posterior.
—¿Han identificado al usuario?
Hubo una pausa.
—Han identificado una cuenta nominal y varios eventos asociados. Necesitamos explicarte cómo se ha realizado esa comprobación. No quiero trasladarte una conclusión sin sus límites.
Miré hacia el despacho de Rafael.
La puerta seguía cerrada.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Hemos acordado con Inés una reunión a las cinco y media, en su despacho. Mateo también podrá asistir si lo desea.
—¿Quién va a estar?
—Yo, un responsable de sistemas y una representante de gestión de la empresa. No asistirá nadie de dirección editorial.
Me apoyé contra la pared.
—¿Rafael sabe que habéis terminado la revisión?
—No puedo informarte de las comunicaciones internas con otros trabajadores. La empresa está tratando la incidencia por un cauce independiente de dirección editorial.
No insistí.
—¿Se ha conservado el informe?
—La empresa tiene la documentación recibida y ha solicitado al proveedor que mantenga los registros originales identificados. Esta nueva comprobación también se trasladará formalmente a los cauces que correspondan.
Escuché los ruidos de la redacción al fondo.
Una impresora empezó a trabajar.
—Sonia, ¿se ha descubierto quién preparó la esquela?
—Hemos obtenido datos importantes para responder esa pregunta. Pero necesito que primero veas qué está acreditado.
Me dio las gracias y terminó la llamada.
Permanecí unos segundos con el teléfono en la mano.
Había imaginado muchas veces que alguien acabaría pronunciando un nombre.
No esperaba que el momento llegara acompañado de tantas precauciones.
* * *
Rafael apareció cerca de las once.
Entró con unas pruebas de impresión bajo el brazo y saludó a varios compañeros antes de llegar a su despacho.
Al verme levantó una mano.
Yo le devolví el saludo.
No hubo nada extraordinario en aquel gesto.
Eso me molestó.
Llevaba once años trabajando con él. Conocía la forma en que caminaba cuando llegaba tarde, los días en que prefería revisar las noticias impresas y aquellos en los que se sentaba directamente frente al ordenador.
Sabía cuándo estaba preocupado por una portada.
También cuándo estaba de buen humor.
Ahora empezaba a preguntarme si alguna vez había sabido distinguir lo que realmente pensaba.
No tenía razones para afirmar que hubiera hecho nada malo.
Todavía no.
Pero llevaba días recordando la manera en que citó el texto de despedida de la esquela de Mateo.
Tu familia y quienes te quieren te recordarán siempre.
La frase que yo no recordaba haberle mostrado.
El martes, cuando Sonia me enseñó las primeras referencias del borrador, Rafael explicó que las versiones descartadas eran habituales en comercial.
También podía ser cierto.
El problema no era que sus explicaciones fueran imposibles.
Era que seguía sin saber si él había tenido algún papel en las operaciones que estábamos revisando.
* * *
Al mediodía Rafael se acercó a mi mesa.
—¿Cómo llevas los anuncios del fin de semana?
Le expliqué las dos autorizaciones que faltaban.
Escuchó sin interrumpirme.
Después señaló una prueba.
—Ese segundo apellido está mal colocado.
Lo comprobé.
Tenía razón.
Lo corregí delante de él.
—Gracias.
—No hay de qué.
Se quedó mirando mi pantalla.
—¿Sigues esperando lo de administración?
Levanté la vista.
—Sí.
—¿No ha habido una respuesta definitiva?
—Todavía no tengo un documento que cierre la revisión.
Era cierto.
Rafael asintió.
—Me gustaría que esto terminara pronto. Has tenido unas semanas muy difíciles.
No respondí inmediatamente.
—Lo sé.
—¿Y Mateo?
—Está bien.
—Me alegro.
Recogió las pruebas.
Antes de irse añadió:
—Si necesitas algún día libre para resolver asuntos personales, podemos organizarlo.
Le di las gracias.
Lo vi alejarse.
En cualquier otro momento habría interpretado aquella conversación como una muestra de consideración.
Aquella mañana no fui capaz de hacerlo.
Pero tampoco podía acusarlo únicamente porque sus palabras hubieran dejado de tranquilizarme.
* * *
Lucía me encontró en la sala de descanso.
Estaba apoyada junto a la ventana, sin haber abierto siquiera el bocadillo que había comprado.
—Sonia te ha llamado —dijo.
La miré.
—¿Cómo lo sabes?
—Te he visto salir para hablar.
Le expliqué que había llegado una segunda comprobación y que debía reunirme con Inés y Mateo.
No añadí detalles que Sonia todavía no me había facilitado.
Lucía escuchó.
—¿Crees que han identificado al responsable?
—No lo sé.
Se sentó frente a mí.
—¿Has pensado qué harás si aparece el nombre de alguien del periódico?
Miré el envoltorio del bocadillo.
—Llevo días pensándolo.
—¿Y?
—No he encontrado una respuesta.
Lucía guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Te preocupa que sea Rafael?
Era la primera vez que formulábamos aquella pregunta de manera tan directa.
—Sí —respondí.
Mi compañera no pareció sorprendida.
—A mí también me preocupa.
La miré.
—Nunca me lo habías dicho.
—Porque no tenía nada concreto con lo que justificarlo. Un director puede conocer el contenido de una solicitud que se está investigando. Incluso podría haber trabajado con ella por motivos profesionales.
—Eso es lo que me repito.
—Pero ahora hay un borrador anterior y una revisión de usuarios pendiente.
Asentí.
Lucía miró hacia la puerta.
—Sea quien sea, no hables con esa persona por tu cuenta después de la reunión.
—No pensaba hacerlo.
—Ayer nos siguió alguien que podría estar relacionado con Alerce. Y todavía no sabemos quién entró en casa de Mateo.
Su voz se había vuelto más seria.
—No me gustaría que volvieras aquí sola esta noche para pedir explicaciones.
La observé.
No era una advertencia exagerada.
Era el consejo de alguien que había visto conmigo al hombre de la chaqueta azul y que sabía lo ocurrido en el piso de Mateo.
—No voy a hacerlo —respondí.
Lucía asintió.
—Bien.
Abrió su recipiente de comida.
Durante un rato hablamos de trabajo.
Fue ella quien lo propuso.
Y yo lo agradecí.
* * *
Salí del periódico a las cuatro y media.
Había terminado las correcciones urgentes y dejado las solicitudes pendientes a disposición de la compañera que cubría el cierre.
Lucía me acompañó hasta la calle.
Habíamos acordado que tomara un taxi directamente al despacho de Inés.
No vi al hombre que habíamos reconocido cerca del quiosco.
Tampoco vi el coche gris.
Eso no demostraba que hubiera desaparecido el riesgo.
Solo que aquella tarde no estaba allí cuando salimos.
El taxi me dejó frente al edificio unos minutos después de las cinco.
Subí.
Mateo había llegado antes.
Me esperaba en una de las sillas de la sala.
Se levantó cuando me vio.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Has venido acompañada?
—Lucía me ha ayudado a salir del periódico. Después he venido en taxi.
Asintió.
No parecía dispuesto a discutir mis decisiones.
Me abrazó.
—Inés me ha contado que hay otro informe.
—A mí también.
—¿Sabes algo más?
—No.
Se sentó.
—Anoche estuve mirando los mensajes del siete.
Lo observé.
—¿Y?
—He ordenado la conversación completa para aportarla con Inés. Pero prefiero no comparar horas hasta que sepamos qué demuestra el registro comercial.
Asentí.
Mi hermano había aprendido a esperar una comprobación sin renunciar a hacer preguntas.
Me pregunté cuándo había empezado a cambiar.
Quizá aquella noche en que encontró la puerta de su piso forzada.
O quizá antes, cuando decidió no entregar los documentos que otras personas habían confiado a su cuidado.
* * *
La reunión comenzó a las cinco y media.
Además de Inés y Mateo, estaban Sonia, un responsable de sistemas y una representante del área de gestión de El Faro .
Nadie había llevado un ordenador abierto con acceso al sistema editorial.
Sobre la mesa había un informe de varias páginas y una relación de documentos que la empresa conservaba.
Sonia empezó por explicar qué había cambiado desde el martes.
—La primera respuesta del proveedor recuperó las referencias del borrador y su relación con la fotografía utilizada después. No incluía las operaciones de edición de campos ni el detalle de autenticación.
Señaló una página.