La mujer de los obituarios Capítulo 26. El hombre que nos seguía #2
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Capítulo 26. El hombre que nos seguía #2

Inés iba a mi derecha.

Mateo, a la izquierda.

Después de recorrer la primera calle miré hacia atrás.

Vi al hombre cerca de la esquina.

Había salido de una calle lateral y avanzaba en nuestra dirección.

La chaqueta azul oscuro.

El pelo corto.

Las gafas colgadas de la camisa.

Lo reconocí.

—Es él —dije.

Mateo se volvió.

—¿Cuál?

—El que viene detrás, junto a la pared.

Inés miró brevemente.

—No os detengáis aquí.

Continuamos.

Cruzamos la avenida por el paso de peatones.

El hombre cruzó también.

No estaba especialmente cerca. Nos separaban unos cuarenta metros y otras personas caminaban entre nosotros.

Al llegar a la siguiente esquina, Inés propuso entrar en una calle con más tiendas.

Lo hicimos.

Miré atrás otra vez.

El hombre había tomado la misma dirección.

Sentí que se me tensaba el cuello.

—Nos está siguiendo —dijo Mateo.

—Parece que mantiene nuestro recorrido —respondió Inés—. Vamos a entrar en un local.

Un poco más adelante había una cafetería iluminada.

Inés abrió la puerta.

Entramos.

El camarero levantó la vista desde la barra.

—Buenas tardes.

Pedimos tres cafés y nos sentamos junto a una ventana, lejos de la entrada.

El hombre pasó por delante del establecimiento.

Lo vimos los tres.

Caminó unos metros más y se detuvo junto a un escaparate.

Sacó el teléfono.

Mateo se levantó ligeramente de su silla.

—Voy a hablar con él.

Inés le sujetó el antebrazo.

—No.

—Quiero saber qué está haciendo.

—Y puede que no te lo diga. No vamos a convertir esto en una discusión en la calle.

Mateo volvió a sentarse.

Yo seguía mirando hacia la ventana.

El hombre levantó la cabeza.

Miró hacia el interior.

No pude asegurar que estuviera buscando nuestra mesa.

Pero estaba suficientemente cerca para que pudiéramos reconocer su rostro.

—Clara —dijo Inés—, ¿tienes el teléfono?

Asentí.

—Si puedes fotografiarlo desde aquí sin acercarte, hazlo. No necesitamos una persecución.

Cogí el móvil.

Tomé dos fotografías a través del cristal.

En la primera aparecía de perfil.

En la segunda tenía el rostro ligeramente vuelto hacia nosotros.

No era una imagen perfecta. El reflejo de las luces de la cafetería cubría una parte de la ventana.

Pero permitía distinguirlo.

Guardé el teléfono.

El hombre volvió a caminar.

Al llegar a la esquina, giró y desapareció de nuestra vista.

Ninguno se levantó para seguirlo.

* * *

Durante unos segundos nos quedamos callados.

Después Mateo preguntó:

—¿Qué hacemos ahora?

Inés tenía el teléfono en la mano.

—Voy a comunicar lo ocurrido. Hemos observado una conducta que merece quedar documentada, especialmente por las amenazas y la intrusión que ya denunciaste.

Hizo una llamada.

Explicó dónde estábamos, qué habíamos visto y por qué temíamos que pudiera tratarse de un seguimiento.

No presentó al hombre como un delincuente.

Tampoco aseguró conocer su identidad.

La conversación fue breve.

Cuando terminó, nos dijo que podíamos acudir a comisaría para dejar constancia de los hechos y aportar la información disponible. Si el hombre volvía y existía una amenaza inmediata, debíamos pedir ayuda desde el lugar donde estuviéramos.

—Vamos a hacerlo hoy —dijo Mateo.

Lo miré.

—Sí.

No quería regresar a casa con aquello pendiente.

Terminamos los cafés sin demasiada conversación.

Antes de salir, Inés se acercó a la barra y preguntó si la cafetería disponía de cámaras orientadas hacia la entrada.

El camarero le dijo que había un sistema de vigilancia del local, pero que él no sabía exactamente qué zona grababa ni cuánto tiempo se conservaban las imágenes.

Inés anotó los datos del establecimiento.

No le pidió acceder a las grabaciones.

Tampoco afirmó que el hombre hubiera quedado registrado.

—Si hace falta, se solicitará por el cauce que corresponda —nos dijo al regresar.

Salimos por la avenida principal.

El hombre no volvió a aparecer.

* * *

En comisaría explicamos lo sucedido por separado.

Primero habló Mateo sobre las amenazas que había recibido desde septiembre, el ultimátum del siete de octubre y la entrada forzada en su vivienda el lunes doce.

No necesitó volver a contar toda la historia.

Los antecedentes podían localizarse mediante las referencias de su denuncia anterior.

Después hablé yo.

Describí las dos ocasiones en que Lucía y yo vimos a un hombre cerca del periódico y expliqué que lo había reconocido aquella tarde junto al despacho de Inés.

Añadí lo ocurrido después de la reunión.

Las calles por las que caminamos.

Los cambios de dirección.

La entrada en la cafetería.

El hombre que pasó frente al establecimiento y se detuvo cerca de la ventana.

Mostré las fotografías.

No sabía su nombre.

No conocía dónde vivía ni a qué se dedicaba.

Tampoco podía afirmar que estuviera presente en el edificio de Mateo el día de la intrusión.

Inés confirmó que había presenciado el recorrido y aportó los datos de la cafetería.

Cuando terminamos, el agente nos pidió que conserváramos las fotografías originales y cualquier comunicación relacionada con lo sucedido.

Se dejó constancia de lo relatado y de las referencias a las actuaciones anteriores para que pudieran valorarse conjuntamente.

No nos prometieron que identificarían al hombre aquella noche.

Tampoco que se adoptaría de inmediato una medida contra él.

Salí con la sensación incómoda de que habíamos hecho lo correcto sin haber conseguido todavía estar seguros de nada.

* * *

Mateo quiso acompañarme a casa.

—No es necesario —dije.

—Ya lo sé.

Lo miré.

—Tú tampoco tienes que exponerte por mí.

—No estamos discutiendo eso.

Inés intervino.

—Podemos organizarnos para que ambos regreséis acompañados, sin revelar dónde está alojado Mateo.

Finalmente aceptamos que ella me acompañara en taxi hasta mi portal. Mateo utilizaría otro transporte y le avisaría cuando hubiera llegado.

No discutimos más.

Me despedí de él junto a la salida.

—Llámame cuando estés en tu alojamiento —le dije.

—Lo haré.

Nos abrazamos.

Tenía las manos frías.

—Clara, ¿crees que ese hombre estaba buscándonos?

Lo miré.

—Creo que nos ha seguido esta tarde.

Mateo asintió.

—Yo también.

No añadió nada.

Aquella respuesta me impresionó más que su enfado anterior.

Mi hermano había pasado semanas intentando evitar que yo conociera el alcance de las amenazas.

Ahora los dos habíamos visto a un desconocido caminar detrás de nosotros por varias calles.

No necesitábamos discutir sobre lo que cada uno había entendido.

* * *

Cuando entré en casa eran más de las nueve.

El perro vino a recibirme, aunque se detuvo a mitad del pasillo para estirarse.

Le acaricié la cabeza y comprobé su cuenco de agua.

Había dejado preparada su comida antes de salir.

Me cambié de ropa.

Después abrí las fotografías del móvil.

La segunda era la más útil.

El hombre aparecía frente a la cafetería, con el teléfono en una mano y las gafas colgadas de la camisa. Su rostro estaba ligeramente girado.

Observé los detalles.

No parecía especialmente alto.

Tenía la frente amplia, el cabello cortado casi al ras y una expresión seria.

Nada extraordinario.

Podría haber pasado junto a mí cien veces sin que lo recordara.

Lo que lo hacía importante no era su aspecto.

Era haberlo visto en lugares distintos y, aquella tarde, detrás de nosotros durante un recorrido que terminó en una cafetería donde permaneció cerca de la ventana.

Guardé las fotografías sin modificarlas.

Después llamé a Lucía.

Respondió enseguida.

—¿Has salido ya del despacho?

—Sí. Ha pasado algo.

Le conté lo ocurrido.

No necesité convencerla de que era importante.

—¿Tienes una fotografía? —preguntó.

—Sí.

—¿Puedo verla? Quiero saber si era el mismo que vimos frente al periódico.

Se la envié por nuestra conversación privada, explicándole que no debía difundirla.

Lucía tardó un momento.

—Es él —dijo.

—¿Estás segura?

—El hombre que estaba junto al coche gris. Le vi la cara cuando salimos el miércoles. Y hoy también.

Me senté.

—Entonces no me he confundido con dos personas distintas.

—Eso puedo decírtelo sobre el hombre que vi. No sé por qué estaba allí.

—Lo sé.

Lucía guardó silencio.

—Clara, mañana no salgas sola del periódico.

—He quedado con Inés en revisar las medidas que conviene tomar.

—Te acompaño cuando terminemos el turno.

—Gracias.

Antes de colgar le pregunté:

—¿Te suena de algún sitio?

—No. Ayer pensé que quizá lo había visto por la zona, pero no lo tengo identificado.

Nos despedimos.

Me quedé mirando la pantalla.

El rostro del hombre seguía allí.

* * *

Abrí el archivo público de noticias de El Faro desde mi ordenador personal.

No sabía exactamente qué buscaba.

Tenía una hipótesis y era consciente de ello.

Si alguien estaba interesado en seguir nuestros movimientos por los documentos de Santa Oliva, podía existir una relación con Fundación Alerce.

También podía ser una persona sin ninguna vinculación con ella.

Empecé por una búsqueda general.

Encontré fotografías recientes de actos de la fundación, reuniones con representantes institucionales y actividades realizadas en distintas residencias.

Héctor Soria aparecía en varias.

Revisé los pies de las fotografías.

No encontré al hombre.

Seguí buscando un rato.

El perro se tumbó bajo la mesa.

Estuve a punto de cerrar el ordenador.

Después recordé que Soria no tenía por qué aparecer siempre junto a las personas que se ocupaban de la seguridad de la fundación.

Probé otra búsqueda.

Fundación Alerce seguridad.

Aparecieron noticias sobre planes de evacuación, prevención de riesgos y actividades de formación.

Abrí una información de 2024.

Trataba sobre un encuentro de responsables de centros residenciales organizado en Valdaria. El texto recogía intervenciones relacionadas con la seguridad de las instalaciones y los protocolos de acceso.

Había una fotografía de grupo.

Héctor Soria aparecía en el centro.

A su derecha estaba un hombre con camisa clara.

Me acerqué a la pantalla.

No llevaba gafas.

El pelo era un poco más largo.

Pero reconocí la forma de la cara.

Abrí la imagen en su tamaño original.

La comparé con la fotografía que había tomado en la cafetería.

La semejanza era clara.

No necesitaba ampliar artificialmente los rasgos.