Capítulo 26. El hombre que nos seguía
El miércoles, cuando salí a comer, Lucía me preguntó si conocía al hombre que estaba frente al periódico.
Estábamos junto a la puerta de El Faro . Había terminado de llover y los coches avanzaban despacio por la avenida.
—¿Cuál? —pregunté.
—El de la chaqueta azul.
Al otro lado de la calle, un hombre permanecía junto a un coche gris aparcado cerca de un quiosco. Tendría unos cuarenta y tantos años. Llevaba el pelo muy corto y sostenía el teléfono en una mano.
No parecía estar haciendo nada especial.
—No —respondí—. ¿Por qué?
—Lo he visto esta mañana, cuando he bajado a comprar café.
—¿Y?
—Nada. Me ha parecido reconocerlo de otro sitio.
Lucía siguió caminando.
Me volví una vez más.
El hombre había guardado el teléfono. Miraba hacia nuestro lado de la avenida, aunque no habría podido decir si observaba la entrada del periódico o esperaba a alguien.
—Igual trabaja por aquí —dije.
—Seguramente.
Entramos en la cafetería.
Mientras Lucía consultaba el menú, recibí un mensaje de Inés.
Había revisado el resumen que Sonia me entregó el martes y quería que nos reuniéramos al día siguiente con Mateo. Necesitaba precisar algunos datos antes de solicitar que se conservaran también las operaciones del borrador comercial del miércoles siete.
Le respondí que acudiría después del trabajo.
Guardé el teléfono.
Lucía me observó.
—¿Novedades?
—Inés ha visto el informe de administración.
—¿Y?
—Quiere revisar algunas referencias. Todavía no tenemos nombres de usuarios.
Asintió.
No hablamos más del hombre de la chaqueta azul.
Por la tarde, cuando regresé a mi mesa, ni siquiera recordaba haberlo visto.
* * *
El jueves saqué al perro antes de las siete y media.
Había dormido mal. Durante buena parte de la noche había estado pensando en el borrador de la esquela y en la reunión que tendría con Inés.
El perro, en cambio, parecía satisfecho con su vida.
Se detuvo ante un árbol, investigó una bolsa vacía que alguien había dejado junto a una papelera y decidió que necesitaba recorrer dos veces la misma calle.
Cuando regresamos, preparé su comida y me serví un café.
Mateo había escrito temprano.
Estaré en el despacho a las cinco y media. Nos vemos allí.
Le respondí que sí.
Después abrí el documento que Sonia me había entregado el martes.
Ya lo había leído tantas veces que podía recordar su contenido sin esfuerzo.
El siete de octubre, a las siete y cuatro de la tarde, se había creado un borrador comercial.
El ocho fue descartado.
Poco después apareció la solicitud definitiva que anunciaba la muerte de Mateo.
Había dejado de pensar en aquella secuencia como una cadena de errores aislados. No porque conociera al responsable, sino porque las operaciones estaban relacionadas por una referencia técnica y alguien debía poder explicar por qué se habían realizado.
Guardé el resumen.
No quería llevarme al periódico la única copia que conservaba en casa.
* * *
A media mañana Rafael pasó por mi mesa.
—¿Todo bien con los anuncios del viernes?
—Sí. Solo queda una autorización pendiente.
Miró la relación de solicitudes.
—¿Necesitas ayuda?
—No. La familia me ha dicho que responderá antes del cierre.
Asintió.
—De acuerdo.
Parecía una conversación corriente.
Aun así, esperé a que regresara a su despacho antes de continuar.
Desde el lunes me costaba dejar de observarlo cuando hablábamos.
La frase literal de la esquela seguía sin explicación.
Ahora sabíamos, además, que había existido un borrador comercial anterior al anuncio definitivo. Rafael consideraba que aquella clase de operaciones era habitual.
Podía tener razón.
Pero no había respondido todavía a la pregunta que le hice sobre su propio acceso al expediente.
Miré hacia su despacho.
La puerta estaba abierta.
Volví al trabajo.
No podía convertir una demora administrativa en una acusación contra él.
* * *
A las cinco salí de la redacción.
Lucía estaba terminando una llamada.
Le hice una seña para despedirme, pero me pidió que esperara.
Colgó y recogió su bolso.
—Bajamos juntas.
En el ascensor me preguntó por la reunión con Inés.
—Vamos a revisar el resumen del proveedor —respondí—. No sé si podremos hacer algo más hasta recibir otra información.
—¿Va Mateo?
—Sí.
Llegamos a la calle.
Lucía se detuvo junto a la puerta.
—Mira.
Seguí la dirección de sus ojos.
El coche gris estaba aparcado otra vez cerca del quiosco.
No sabía si era el mismo vehículo del miércoles. Había varios de aquel color estacionados en la avenida.
Pero reconocí al hombre.
Llevaba una chaqueta oscura, distinta de la del día anterior, y hablaba por teléfono junto a la puerta del conductor.
—Es el de ayer —dijo Lucía.
—Se parece.
—Es él.
Lo observé unos segundos.
No estaba mirando hacia nosotros.
—Quizá trabaja en algún edificio de esta calle —dije.
—Puede ser.
Cruzamos hacia la parada.
Al volver la cabeza vi que el hombre se había separado del coche.
No nos siguió.
O, al menos, no lo vi hacerlo.
Lucía se despidió antes de subir a su autobús.
—Si hay novedades, llámame.
—De acuerdo.
Cuando llegó el mío, busqué un asiento junto a la ventana.
No volví a pensar en aquel hombre hasta que lo vi otra vez.
* * *
Eran las cinco y veinte.
Había bajado del autobús y caminaba hacia el despacho de Inés. El edificio estaba a pocas calles del centro, en una zona de oficinas, pequeños comercios y viviendas antiguas.
Me detuve ante un paso de peatones.
Al otro lado reconocí una chaqueta azul oscuro.
El hombre estaba junto a una farmacia.
Tenía el teléfono en la mano.
Me fijé primero en la ropa. Después en la cara.
Era el mismo al que Lucía había señalado frente al periódico.
Esta vez estaba bastante más cerca.
Vi el cabello corto, la línea de la mandíbula y unas gafas de montura negra que llevaba colgadas del cuello de la camisa.
Se volvió hacia la calle.
Durante un momento nuestras miradas se cruzaron.
Aparté los ojos.
El semáforo cambió.
Caminé hacia la puerta del edificio sin volver a mirarlo.
Al entrar, saludé a la recepcionista y subí las escaleras.
No tenía motivos suficientes para afirmar que aquel hombre me estuviera siguiendo.
Valdaria no era una ciudad enorme. Una misma persona podía aparecer en dos barrios distintos el mismo día.
Pero la coincidencia me molestó.
Al llegar al despacho, Mateo estaba esperando.
—Has venido pronto —dijo.
—He salido a mi hora.
Me observó.
—¿Pasa algo?
Estuve a punto de contestarle que no.
Después recordé nuestra conversación del miércoles anterior, cuando reconoció que había cometido un error al ocultarme el ultimátum.
No quería repetirlo al revés.
—He visto a un hombre cerca del periódico durante dos días —dije—. Y creo que estaba abajo cuando he llegado.
Mateo dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué hombre?
—No lo conozco.
—¿Te ha hablado?
—No.
—¿Te ha seguido?
—No puedo asegurarlo.
Mi hermano se quedó callado.
—¿Se lo has dicho a Inés?
—Voy a hacerlo ahora.
* * *
Inés escuchó mi explicación sin interrumpirme.
No pareció alarmarse.
Tampoco la descartó.
—¿Lo viste junto al periódico los dos días? —preguntó.
—Ayer y hoy. Lucía también lo reconoció.
—¿Y abajo?
—Hace unos minutos, cerca de la farmacia.
—¿Estás segura de que era él?
Pensé antes de responder.
—Bastante. Le vi la cara. Pero no lo conozco y no tengo una fotografía de ayer con la que comparar.
Inés anotó algo.
—¿Ha intentado hablar contigo?
—No.
—¿Ha hecho algún gesto amenazante?
—Tampoco.
Mateo se movió en la silla.
—Alguien entró en mi casa hace poco más de dos semanas. No me parece que debamos esperar a que haga algo más.
—No estoy diciendo eso —respondió Inés—. Estoy intentando separar lo observado de lo que todavía no sabemos.
Mi hermano guardó silencio.
Inés se volvió hacia mí.
—Cuando terminemos, no salgas sola sin comprobar antes qué ocurre en la calle. Si vuelve a aparecer y su conducta indica que os sigue, evitad cualquier confrontación.
Asentí.
—¿Y si está esperando abajo?
—Entonces valoraremos qué hacer desde aquí. Podemos pedir ayuda sin acercarnos a él.
Mateo se inclinó hacia delante.
—¿Crees que tiene relación con Alerce?
—No tengo información suficiente para decirlo.
Mi hermano no insistió.
Inés cerró el bloc.
—Vamos a revisar el asunto por el que habíamos quedado. Después saldremos juntos.
* * *
La reunión duró poco más de una hora.
Inés había leído el resumen técnico y preparado varias preguntas que debía trasladar a administración y, si correspondía, a los responsables de la investigación de la esquela.
Quería saber si la referencia del adjunto fotográfico permitía localizar las operaciones de origen. También debía comprobarse qué registros conservaba el proveedor sobre la creación y el descarte del borrador.
No necesitaba que yo obtuviera esa información.
Mi papel consistía en confirmar qué documento me habían entregado, cuándo lo recibí y qué operaciones podía ver desde mis permisos editoriales.
Mateo revisó conmigo las fechas.
—El siete fue cuando recibí el ultimátum —dijo.
—Sí —respondí.
—¿Podemos saber si el borrador se creó después del mensaje?
—Tú puedes consultar la hora de recepción del mensaje —dijo Inés—. Pero incluso si coincide temporalmente, eso no identificará por sí solo a quien preparó la esquela.
Mateo asintió.
No discutimos.
Durante los últimos días habíamos aprendido a reconocer cuándo una fecha servía para formular una pregunta y cuándo todavía no permitía responderla.
Al terminar, Inés guardó el resumen en su carpeta de trabajo.
—Prepararé la ampliación de la solicitud —dijo—. No vamos a distribuir identificadores internos ni copias de registros a personas que no tengan que intervenir.
Me pareció razonable.
Después miró la hora.
Eran casi las siete.
—Vamos a comprobar lo de la calle —añadió.
* * *
Bajamos juntos.
La recepcionista estaba recogiendo algunas cosas de su mesa.
Inés se acercó primero a la puerta de cristal.
Miró hacia la farmacia.
—No veo a nadie esperando allí —dijo.
Mateo se situó a mi lado.
El hombre no estaba.
Sentí cierto alivio.
Salimos.
Había oscurecido y empezaba a levantarse un viento frío. Caminamos por la acera principal hacia una avenida donde todavía quedaban comercios abiertos.