Capítulo 25. El borrador eliminado #3
Habíamos pasado tanto tiempo buscando al usuario de la excepción manual que apenas habíamos vuelto a preguntarnos de dónde había salido el archivo original.
Sabíamos que la fotografía era pública.
Eso explicaba cómo alguien podía conseguirla.
No explicaba quién decidió cargarla en un borrador comercial el miércoles.
—¿Qué harías tú? —pregunté.
Lucía pensó unos segundos.
—No empezaría por Rafael.
La observé.
—¿Por qué?
—Porque si tuvo acceso al sistema, el registro debería permitir comprobarlo. Y si no lo tuvo, tampoco tendría sentido acusarlo por conocer una frase que pudo leer de otra manera.
Asentí.
—¿Entonces?
—Comprobaría si el expediente conserva algún rastro de quién inició la tramitación. Si no, pediría que se identifique la entrada de la fotografía. Es una pregunta distinta de quién autorizó la excepción.
Me quedé pensando.
—¿Y si la misma persona hizo todo?
—Que lo demuestren los registros.
No había reproche en su voz.
Lucía sabía que me costaba esperar.
También sabía que habíamos encontrado demasiadas cosas como para resolverlas mediante una sospecha.
—No me gusta que Rafael esté preguntando por la revisión —dije.
Mi compañera tardó en contestar.
—Es el director. Tiene motivos profesionales para interesarse.
—Lo sé.
—Lo que tendrías que preguntarte es si hay alguna razón concreta para que él no deba participar en esa comprobación.
Miré hacia la puerta abierta de su despacho.
No sabía qué responder.
La víspera había descubierto que conocía el texto literal de la esquela.
Ahora había pedido información sobre el hallazgo técnico.
Ambas cosas podían encajar con sus responsabilidades.
Pero empezaba a resultarme difícil distinguir lo que hacía como director de lo que podía saber por otras vías.
—No tengo pruebas para apartarlo de nada —respondí.
Lucía asintió.
—Entonces asegúrate de que la revisión no dependa únicamente de él.
* * *
Al terminar mi jornada llamé a Mateo.
No le hablé de Rafael.
Le conté primero lo que había encontrado administración.
Escuchó sin interrumpirme.
—¿Un borrador del miércoles siete? —preguntó.
—Sí.
—¿A qué hora?
—A las siete y cuatro de la tarde.
Mateo guardó silencio.
—No recuerdo a qué hora recibí el mensaje que me enseñaste —añadí.
—Puedo comprobarlo.
—No hace falta que lo hagas ahora. Inés tiene las comunicaciones que vais a ordenar para la denuncia.
—Sí.
Escuché que se movía.
—¿Entonces alguien preparó mi esquela antes de enviarla? —preguntó.
—Alguien empezó una tramitación comercial vinculada a la fotografía que después utilizaron en ella. No hemos visto el contenido del borrador.
Mateo tardó en responder.
—Quiero ver ese documento.
—Inés va a revisarlo. Le pediré que lo comentemos juntos.
—De acuerdo.
Parecía cansado.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—He tenido un día largo.
—¿Por la casa?
—En parte. También he hablado con Inés sobre los documentos que faltan del portátil.
Esperé.
—No he encontrado nada nuevo —añadió—. Solo he podido precisar qué archivos había copiado fuera antes del lunes doce.
—Eso ya sirve.
—Supongo.
Hubo un silencio.
—Clara, ¿crees que esa persona sabía que trabajabas en el periódico?
Me quedé callada.
La pregunta me resultó más dolorosa de lo que esperaba.
—Quien preparó la solicitud eligió el periódico donde trabajo —respondí—. No puedo demostrar todavía si sabía que llegaría exactamente a mi mesa.
—Pero terminó allí.
—Sí.
Mateo respiró hondo.
—Lo siento.
—No tienes que pedirme perdón por lo que hizo otra persona.
—No es por eso.
Esperé.
—Es por no haber entendido a tiempo que podían utilizarte para presionarme.
Me senté en el borde de la cama.
—Ahora lo entendemos los dos.
No añadió nada.
Después hablamos unos minutos del perro. Mateo quería saber si seguía destrozando las mantas y si había comido bien.
Le dije que sí a lo segundo.
Respecto a lo primero, preferí no entrar en detalles.
Mi hermano se rio.
Hacía días que no lo escuchaba reír de aquella manera.
Cuando colgamos, me quedé sentada unos instantes.
La investigación seguía avanzando.
Pero cada respuesta parecía llegar después de que Mateo y yo hubiéramos tenido que aprender a convivir con su ausencia.
* * *
Por la noche repasé el resumen que me había entregado Sonia.
Anoté las operaciones en orden.
Miércoles 7 de octubre, 19:04. Creación de borrador comercial.
Jueves 8, 10:53. Borrador descartado.
Jueves 8, 11:09. Recepción comercial de solicitud definitiva.
Jueves 8, 11:14. Excepción manual por datos de contacto incompletos.
Jueves 8, 11:17. Remisión a revisión editorial.
Debajo escribí la única relación técnica que constaba entre el primer borrador y la esquela:
Mismo identificador interno del adjunto fotográfico utilizado después.
No añadí una fecha de edición del texto. No la conocía.
Tampoco escribí el nombre de Rafael.
No podía asociarlo a ninguna de aquellas operaciones.
Guardé una copia del resumen en la documentación que iba a facilitar a Inés y conservé el original recibido de administración.
Después cerré el ordenador.
El perro dormía junto a la puerta del salón.
Me acerqué para apagar la luz y vi que había dejado una pelota debajo de la mesa.
La recogí y la coloqué en su caja.
Durante casi tres semanas había tratado la esquela como un documento que alguien había introducido en el periódico el jueves ocho.
Ahora sabía que su recorrido podía haber empezado antes, en un borrador que no llegó a la redacción.
Alguien lo había descartado.
Después apareció una solicitud nueva que reutilizaba la fotografía de Mateo.
No conocía el contenido del primer borrador ni la identidad de quien trabajó con él.
Pero aquella operación había dejado una referencia técnica.
Y esa referencia ya no dependía de lo que recordaran o quisieran contarme las personas del periódico.
Había quedado registrada antes de que yo supiera que alguien había escrito la muerte de mi hermano.