Capítulo 24. Lo que Rafael no debía saber #2
Encontré fórmulas semejantes, pero no una coincidencia exacta en las solicitudes recientes que podía consultar.
Aun así, aquel resultado tampoco probaba nada.
Una frase genérica podía ser utilizada más de una vez.
Lo importante seguía siendo la vía por la que Rafael había conocido el contenido.
Cerré la búsqueda.
No tenía derecho a revisar su cuenta de usuario ni a consultar registros administrativos para los que carecía de permisos.
Necesitaba otra manera de comprobarlo.
* * *
Encontré a Lucía en la pequeña sala de descanso.
Estaba recogiendo un recipiente vacío de comida.
—¿Tienes cinco minutos? —le pregunté.
Me miró.
—Sí.
Esperé a que saliera un compañero que se estaba preparando un café.
Después cerré la puerta sin echar el pestillo.
Lucía dejó el recipiente sobre una silla.
—¿Qué pasa?
—Rafael ha mencionado algo del expediente de Mateo.
—¿Qué cosa?
Le expliqué la conversación.
No necesité repetir cada frase.
Bastó con contarle que Rafael había citado literalmente el texto de despedida y que yo no recordaba habérselo mostrado.
Lucía frunció el ceño.
—¿Puede abrir los expedientes comerciales?
—No sé exactamente qué permisos tiene.
—Entonces esa es la primera pregunta.
—Me dijo que no recordaba si lo había consultado o si alguien le pasó una copia.
Lucía pensó un momento.
—Puede ser verdad.
—Lo sé.
—Los directores reciben documentos que no llegan a los redactores. A veces alguien les reenvía una consulta sin dejar constancia en la conversación original.
—También lo sé.
Me senté.
Había imaginado que contarle aquella escena a Lucía me ayudaría a decidir qué significaba.
En cambio, estaba escuchando las mismas explicaciones que yo había considerado.
Era lo que necesitaba.
Aunque no me gustara.
—Hay otra cosa —dije.
—¿Qué?
—El sábado diez Rafael me aconsejó que no guardara en la redacción los documentos de Mateo.
Lucía me observó.
—Eso suena razonable.
—No le había contado que Mateo preparaba una bolsa con una carpeta.
—¿Le dijo algo sobre la bolsa?
—No.
—¿Sobre una carpeta concreta?
—Tampoco.
Lucía negó despacio.
—Entonces no lo mezcles. El consejo podría haberlo dado por experiencia.
Asentí.
Sabía que tenía razón.
No podía tomar una frase que en su momento interpreté como una recomendación profesional y transformarla después en una prueba de que Rafael conocía la vivienda de Mateo.
—Lo que me preocupa es la esquela —dije.
—Entonces céntrate en la esquela.
Lucía se sentó frente a mí.
—¿Qué necesitas saber?
—Quién tuvo acceso al texto original. Y cuándo.
—Eso no te lo puede decir la carpeta editorial.
—No.
—¿Administración?
—Tienen pendiente identificar al usuario de la excepción. Ni siquiera han terminado esa parte.
Lucía se quedó pensando.
—Una cosa es el usuario que permitió que la solicitud pasara a revisión. Otra son las personas que la consultaron después.
La miré.
—Exactamente.
—Y si Rafael la abrió para revisar tu incidencia, eso no demostraría que la hubiera introducido.
—Lo sé.
—Pero permitiría explicar cómo conoció el texto.
Asentí.
Lucía apoyó los brazos sobre la mesa.
—Clara, ¿estás pensando que Rafael tuvo algo que ver con la esquela?
Tardé en responder.
Hasta entonces no había querido formular aquella pregunta.
Era más fácil pensar en permisos, correos y consultas.
—No sé qué pensar —dije.
Lucía no apartó la mirada.
—Entonces todavía no pienses en culpables. Averigua qué registros existen.
* * *
Llamé a Inés al salir del periódico.
Había esperado hasta las seis para no interrumpirla durante una reunión.
Respondió después de varios tonos.
—Clara, dime.
—Quiero consultarte algo sobre la esquela.
Le expliqué la conversación con Rafael y las comprobaciones que había hecho.
Inés no me interrumpió.
Cuando terminé, preguntó:
—¿Estás segura de que nunca le facilitaste una copia?
—No se la mostré el jueves. He revisado mis correos posteriores y tampoco se la envié.
—¿Y puedes descartar que la recibiera de administración?
—No.
—Entonces, por ahora, lo que tenemos es que ha demostrado conocer el texto completo y no ha precisado de dónde lo obtuvo.
La escuché en silencio.
Formulado así, el hecho parecía menos inquietante.
Pero también más claro.
—Quiero saber si accedió al expediente —dije.
—Eso puede solicitarse dentro de la revisión de la incidencia.
—Llevamos más de dos semanas esperando una respuesta.
—Lo sé. Podemos reiterar la petición de conservación y concretar qué información necesitamos. Habrá que distinguir el registro de entrada, la autorización manual de la excepción y las consultas posteriores al expediente.
—¿La policía podría pedirlo?
—Si considera relevantes esos datos para la denuncia, podrá utilizar los cauces correspondientes. Pero no podemos dar por hecho que nos entregue los registros íntegros ni que haya ya una diligencia acordada.
Me apoyé contra la pared junto a la parada.
—¿Y mientras tanto?
—Conserva lo que ya tienes. No intentes entrar en una cuenta ajena ni pedir a un compañero que te enseñe información a la que no estás autorizada.
—No lo iba a hacer.
—Lo sé. Prefiero decírtelo porque ahora el asunto afecta también a personas de tu trabajo.
Pensé en Rafael.
En el despacho abierto, las pruebas de impresión, el gesto con que me había dado permiso para ausentarme cuando Mateo estaba en peligro.
—Es mi director —dije.
—Precisamente.
Inés guardó silencio un instante.
—¿Has hablado con Mateo de esto?
—No.
—No necesitas llamarlo para acusar a nadie. Pero sí deberíamos valorar juntos qué información nueva incorporamos a las gestiones sobre la esquela. Él es parte afectada y ya conoce el procedimiento que estamos siguiendo.
Asentí, aunque no podía verme.
—¿Quieres que te envíe una nota de la conversación?
—Sí. Escríbela cuanto antes, indicando qué recuerdas literalmente y qué no. No completes los huecos.
—De acuerdo.
—También conservaré constancia de que has advertido una posible consulta del expediente por alguien cuyo acceso no conocemos todavía. Lo formularemos así, sin atribución de responsabilidad.
—Gracias.
Antes de colgar le pregunté:
—¿Crees que estoy exagerando?
Inés tardó un momento.
—Creo que estás haciendo una pregunta concreta. Lo importante es que aceptes la respuesta que resulte de comprobarla, aunque no sea la que ahora imaginas.
Guardé el teléfono.
* * *
Aquella noche escribí la nota que Inés me había pedido.
No utilicé el cuaderno de la investigación.
Abrí un documento nuevo en mi ordenador personal y anoté la fecha, el lugar y las personas presentes.
Describí la conversación con Rafael del modo más preciso que pude.
No añadí que hubiera parecido nervioso.
No lo había visto nervioso.
Tampoco escribí que su respuesta fuera una mentira.
No tenía cómo saberlo.
Consigné que había citado el texto de despedida de la esquela y que, cuando le pregunté cómo lo conocía, dijo no recordar si lo había recibido desde gestión o consultado en el sistema.
Después añadí lo que podía comprobar sobre mis propios actos: no le mostré copia el jueves ocho y mis correos de consulta no reproducían la frase.
Al terminar releí el documento.
No parecía una acusación.
Era una relación de hechos observados y de preguntas pendientes.
Se lo envié a Inés.
A los pocos minutos respondió que lo había recibido.
También me comunicó que prepararía una solicitud complementaria para preservar, junto con los registros de entrada y autorización ya pedidos, las trazas de consulta o acceso al expediente que conservaran los sistemas correspondientes.
No me prometió que las obtendría de inmediato.
No esperaba que pudiera hacerlo.
* * *
El perro se había dormido debajo de la mesa.
Lo desperté para sacarlo a dar una última vuelta.
En la calle todavía había gente regresando a casa. Dos hombres discutían junto a un coche aparcado y una pareja esperaba el autobús frente a la farmacia.
Caminé despacio.
Había pasado toda la tarde intentando decidir qué significaba que Rafael conociera unas palabras que yo no recordaba haberle dicho.
Quizá había abierto el expediente para revisar una incidencia delicada.
Quizá alguien de administración le había enviado la copia.
Ambas explicaciones encajaban con su trabajo.
Y ambas podían comprobarse, al menos en parte, mediante comunicaciones o registros conservados.
Hasta entonces no había pensado demasiado en las personas que habían consultado la esquela después de recibirla.
Me había concentrado en descubrir quién la introdujo y quién autorizó que pasara a mi bandeja.
Pero el documento había permanecido en el sistema durante más de dos semanas.
No sabía cuántas personas lo habían visto.
Ni por qué.
Rafael era una de las que podían haberlo consultado legítimamente.
Esa posibilidad me obligaba a hacer una pregunta distinta: si lo había hecho por su trabajo, ¿cuándo y a través de qué acceso?
Recordé la primera vez que entré en su despacho para contarle lo ocurrido.
Había apartado las gafas, escuchado mi explicación y recomendado que no borrara nada.
Me había sentido menos sola.
No quería perder aquella confianza por una frase.
Tampoco quería conservarla a costa de no hacer una comprobación necesaria.
El perro se detuvo junto a una farola.
Esperé a que terminara de olfatear el suelo.
Al volver a casa abrí otra vez el cuaderno.
En la página dedicada a la esquela añadí una línea:
26 de octubre. Rafael conoce literalmente el texto. Vía de acceso pendiente de comprobar.
La leí dos veces.
No escribí su nombre junto al de Soria.
No lo añadí a la lista de personas que podían haber amenazado a Mateo.
Todavía no tenía motivos suficientes.
Pero por primera vez había anotado una pregunta sobre Rafael que no se resolvía únicamente confiando en su palabra.
Cerré el cuaderno.
Si existía una explicación ordinaria, quería encontrarla.
Y si no existía, también necesitaba saberlo.