Capítulo 24. Lo que Rafael no debía saber
El lunes encontré a Rafael revisando las pruebas de impresión antes de las nueve.
Estaba de pie junto a la mesa central de la redacción, con una carpeta abierta y el teléfono apoyado entre el hombro y la oreja. Me saludó levantando una mano, sin interrumpir la conversación.
Yo continué hacia mi puesto.
Había decidido dedicar la mañana a terminar el trabajo acumulado. Después de la reunión del sábado con Héctor Soria necesitaba unas horas en las que nadie me pidiera que examinara un documento antiguo o recordara una conversación de hacía trece años.
El domingo había pasado casi todo el día en casa.
Mateo vino a ver al perro por la tarde. Dieron un paseo largo y, cuando regresaron, mi hermano se quedó a tomar café. Hablamos de la cerradura de su piso, de lo que todavía necesitaba reponer y de algunas cosas que habían quedado pendientes desde la muerte de nuestra madre.
No mencionamos los quince mil euros hasta que estuvo a punto de marcharse.
Entonces Mateo me dijo que había escrito a Inés para confirmar que no aceptaría una propuesta condicionada a identificar a otras personas.
Le pregunté si estaba satisfecho con su decisión.
—Estoy conforme —respondió—. No es exactamente lo mismo.
Entendí a qué se refería.
Seguía necesitando dinero. Seguía viviendo fuera de su casa. Y todavía no sabía si los documentos que había ayudado a conservar servirían para demostrar algo.
Pero al menos había dejado de intentar resolver el problema solo.
Aquella mañana, mientras encendía mi ordenador, pensé que yo debía hacer lo mismo.
* * *
Tenía cuatro solicitudes de esquelas pendientes de revisión.
Empecé por la más antigua.
Una funeraria había enviado dos fotografías distintas de la misma persona y no quedaba claro cuál había autorizado la familia. Llamé al número registrado, comprobé quién llevaba la contratación y pedí una confirmación escrita antes de continuar.
Después corregí un segundo apellido y comprobé la fecha de una ceremonia que figuraba de manera distinta en el formulario y en el texto adjunto.
Trabajo corriente.
Era precisamente lo que necesitaba.
A media mañana Lucía se acercó con una carpeta.
—¿Cómo fue el fin de semana?
—Complicado.
—Eso parece convertirse en costumbre.
Se sentó junto a mi mesa.
—¿Lo de Santa Oliva?
Asentí.
—Hubo una reunión.
—¿Con quién?
Miré hacia el despacho de Rafael.
La puerta estaba abierta.
—Con personas relacionadas con la fundación. También estuvieron Mateo e Inés.
Lucía esperó.
—¿Y?
—No puedo contarte todavía los detalles. Se presentó una propuesta que necesita revisión.
—¿Habéis aceptado algo?
—No.
—Bien.
No me pidió nombres.
Habíamos llegado a una forma de colaboración que antes habría considerado insuficiente: Lucía me ayudaba a revisar documentos públicos y a comprobar procedimientos sin exigir que le entregara todas mis fuentes.
—¿Te preocupa la reunión? —preguntó.
—Me preocupa lo que intentaban conseguir.
—Entonces habrá que distinguir lo que propusieron de lo que realmente pueden exigir.
Sonreí.
—Empiezas a hablar como Inés.
—No sé si sentirme halagada.
Se levantó.
—Voy a terminar una noticia. Si necesitas otra mirada sobre algún documento público, avísame.
Le di las gracias.
Cuando se marchó, abrí el correo de trabajo.
No había ninguna respuesta nueva sobre la procedencia de la esquela de Mateo.
La última comunicación administrativa seguía siendo el acuse de recibo de nuestra solicitud de revisión. La identificación de quien autorizó la excepción manual continuaba pendiente de las comprobaciones correspondientes.
Habían pasado más de dos semanas.
Decidí volver a preguntar.
* * *
Rafael apareció junto a mi mesa poco antes del mediodía.
Llevaba unas pruebas de impresión dobladas.
—¿Tienes un momento?
—Claro.
Dejó las páginas frente a mí.
Había una nota de agradecimiento cuya publicación estaba prevista para el día siguiente. La familia había pedido conservar el texto completo, aunque superaba el espacio contratado.
—¿Puedes hablar con comercial y ver si aceptan la ampliación? —preguntó.
—Sí. Pero tendremos que enviar otra prueba antes del cierre.
—Eso mismo les he dicho.
Se quedó mirando la pantalla.
Yo tenía abierto el correo de administración.
—¿Sigues esperando lo de Mateo?
—Sí.
Rafael dejó las manos sobre el respaldo de la silla.
—No hemos recibido todavía el detalle del usuario, por lo que sé.
—No me han comunicado ninguno.
—Insistiré otra vez.
Lo miré.
—¿Has hablado con administración recientemente?
—El viernes. Pregunté por varias incidencias pendientes y les recordé que esta no puede quedarse sin respuesta.
—Gracias.
Rafael asintió.
—Por lo menos la publicación no llegó a producirse. Eso es importante.
—Lo sé.
—Y tampoco había datos de una ceremonia real. Ni velatorio, ni dirección, ni familiares identificados individualmente.
Me quedé mirando las pruebas que había dejado sobre la mesa.
Rafael continuó:
—Aquello de «Tu familia y quienes te quieren te recordarán siempre» era una fórmula completamente genérica. Lo único preciso eran los datos de tu hermano.
Levanté la vista.
No sabía si había escuchado bien.
—¿Qué has dicho?
Rafael pareció sorprendido.
—Que el texto no contenía ninguna información familiar concreta.
—No. La frase.
La repitió, sin dificultad:
—«Tu familia y quienes te quieren te recordarán siempre».
Me quedé callada.
Conocía aquellas palabras.
Eran las mismas que aparecían en la solicitud del jueves ocho.
Pero yo no se las había leído a Rafael.
* * *
Durante unos segundos pensé que estaba equivocándome.
Habíamos hablado tantas veces de la esquela que podía haber olvidado algún detalle.
Rafael había estado presente cuando revisé el manual de recepción. Le había explicado la ausencia de intermediario y la anomalía de la fecha. También sabía que el anuncio contenía una fotografía pública de Mateo.
Quizá en alguna de aquellas conversaciones mencioné el texto sin recordarlo.
—¿Has visto el expediente completo? —pregunté.
Rafael retiró la mano del respaldo.
—¿El de tu hermano?
—Sí.
—He seguido la incidencia, Clara. Ya lo sabes.
—Pero ¿has abierto la solicitud?
Me observó.
—No recuerdo si me pasaron una copia desde gestión o si consulté la ficha cuando revisábamos el problema.
No contesté.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque no recordaba haberte enseñado el texto.
Rafael miró hacia mi ordenador.
—No me lo enseñaste aquel primer día. Me lo resumiste.
—Te dije que era una fórmula de despedida.
—Pues debí de verlo después.
Su respuesta era perfectamente posible.
Como director, podía intervenir en incidencias comerciales y editoriales. En ocasiones recibía copias de solicitudes que yo no necesitaba trasladarle personalmente.
Pero nunca me había dicho que hubiera examinado la esquela íntegra de Mateo.
—¿Te la envió administración? —pregunté.
—Tendría que comprobarlo.
Sonrió ligeramente.
—Clara, han pasado más de dos semanas y hemos gestionado decenas de anuncios. No puedo recordar cada pantalla que he abierto.
—No te pido eso.
—Entonces no entiendo el problema.
Lo observé.
Había trabajado con Rafael durante once años.
Lo había visto perder la paciencia por una fecha mal comprobada, rehacer una portada cuando ya estaba preparada para impresión y enfrentarse a anunciantes que querían decidir cómo debíamos escribir una noticia.
Nunca había sido especialmente paciente con las preguntas que consideraba innecesarias.
Sin embargo, aquella respuesta me molestó.
No por su tono.
Porque había pasado de decir que yo le había resumido el texto a admitir que quizá consultó el original, sin saber precisar cómo.
—Solo quiero reconstruir quién ha accedido al expediente —respondí.
Rafael asintió.
—Eso es precisamente lo que hemos pedido a administración.
Recogió las pruebas de impresión.
—Si necesitas comprobar algún acceso concreto, hazlo por el cauce previsto. No tenemos por qué discutirlo aquí.
—De acuerdo.
Antes de marcharse añadió:
—Y procura no convertir cada detalle en una nueva preocupación. Ya tienes bastante con lo de Mateo.
Lo vi entrar en su despacho.
No sabía si aquella última frase había sido un consejo.
Hasta ese momento siempre la habría entendido así.
* * *
Esperé a terminar las solicitudes urgentes antes de volver a abrir el expediente de mi hermano.
No quería reaccionar delante de Rafael.
Tampoco quería hacer algo de lo que después tuviera que dar explicaciones.
Abrí mi cuaderno por las páginas del jueves ocho.
Las notas eran escuetas.
11:17. Entrada de esquela.
Fecha de fallecimiento: 12/10.
Publicación solicitada: 13/10.
Después aparecían la referencia del expediente y la anotación de que no había un contacto visible para verificar el anuncio.
Busqué la página siguiente.
Había apuntado que hablé con Rafael al mediodía.
No había escrito qué palabras exactas utilizamos.
Eso no me ayudaba demasiado.
Abrí los correos que había enviado a administración.
El sábado diez expliqué que la solicitud había entrado como una tramitación mediada sin datos de contacto visibles. Después añadí el detalle de la excepción autorizada manualmente a las once y catorce y pedí que se identificara su justificación.
No incluí el texto de despedida.
Tampoco adjunté una copia íntegra del anuncio.
Revisé los destinatarios.
El correo se había dirigido al buzón de administración y al responsable del circuito de esquelas, según el procedimiento.
Rafael no figuraba entre los destinatarios visibles.
Eso no significaba que no hubiera recibido el mensaje por otra vía ni que no pudiera acceder al expediente.
Pero me permitió descartar una explicación sencilla: que yo misma le hubiera enviado aquella frase en los correos que acababa de revisar.
Abrí después la copia de trabajo que guardé el jueves ocho.
El texto seguía allí.
Tu familia y quienes te quieren te recordarán siempre.
Me quedé mirándolo.
Era una frase corriente.
Podía aparecer en otras esquelas.
Quizá Rafael la había recordado de un anuncio distinto y la coincidencia me estaba llevando a atribuirle una precisión que no tenía.
Busqué la expresión en el archivo de textos publicados del periódico.