Capítulo 23. La oferta de Soria #3
—No tienes que avergonzarte por haberlo considerado —dije.
Mateo bajó la cabeza.
—Lo he considerado.
—Ya me lo dijiste esta mañana.
—Pero no sabía que me afectaría tanto escucharlo de su boca.
Se sentó otra vez.
Inés le acercó un vaso de agua.
—No tienes que decidir hoy. De hecho, no hay un acuerdo cerrado que puedas aceptar tal como está. Han presentado una propuesta con condiciones que tendríamos que examinar y discutir.
Mateo bebió un poco.
—¿Qué ocurrirá si digo que no?
—No podemos saber qué decidirá hacer la fundación. Podría no insistir, presentar otra propuesta o defenderse frente a las actuaciones que considere necesarias. Eso no convierte la reunión en una obligación para ti.
Mi hermano miró hacia la puerta.
—No quiero tener que entregar los nombres.
—Entonces esa condición no es aceptable —respondió Inés.
—¿Y si la quitan?
La abogada se tomó unos segundos.
—Habría que revisar el resto. Quién examinaría los documentos, qué acceso tendría la fundación, qué compromisos de confidencialidad se exigirían y si el acuerdo afectaría a procedimientos o derechos de terceros.
Mateo asintió.
—No quiero que parezca que estoy negociando en nombre de personas que no me lo pidieron.
—No debes hacerlo —dijo Inés—. Solo puedes decidir sobre tu propia posición.
Lo observé.
Era una conversación distinta de las que habíamos tenido al principio de aquella historia.
Mateo ya no me pedía que aceptara su silencio.
Estaba intentando averiguar qué decisiones le correspondían y cuáles no.
* * *
Inés conservó la propuesta para revisarla.
Nos explicó que prepararía una nota de la reunión, con los asistentes, las condiciones planteadas y los puntos que no habíamos aceptado. También comprobaría que la comunicación recibida del despacho correspondía con la documentación presentada aquel día.
—¿Y los mensajes de amenaza? —pregunté.
—Siguen siendo un asunto separado —respondió—. Podemos aportar que la fundación se ha dirigido ahora a Mateo para ofrecerle un acuerdo sobre documentación. Pero no vamos a afirmar que quien hizo esta oferta sea también quien envió los mensajes anteriores.
—¿Aunque pidan lo mismo? —preguntó Mateo.
Inés lo miró.
—Que dos comunicaciones busquen información semejante es un dato que puede resultar relevante. No identifica por sí solo a un responsable. Si ampliamos la denuncia, explicaremos las coincidencias y las diferencias.
Mi hermano asintió.
Yo pensé en la esquela.
Alguien había utilizado una fotografía pública de Mateo para anunciar su muerte el lunes doce.
Ahora una persona perfectamente identificada intentaba conseguir, mediante una propuesta económica, documentos y nombres que también habían sido reclamados en el ultimátum.
La semejanza me parecía demasiado importante para ignorarla.
Pero había un trecho entre esa semejanza y una prueba.
Inés guardó la carpeta.
—Por hoy hemos terminado.
* * *
Mateo y yo caminamos hasta la parada del autobús.
Había empezado a refrescar.
Mi hermano llevaba las manos en los bolsillos y avanzaba despacio, como si no tuviera demasiada prisa por regresar al lugar donde estaba alojado.
—¿Quieres venir a cenar? —pregunté.
—Hoy no.
—El perro estará encantado de verte.
—Lo sé.
Caminamos unos metros.
—¿Qué te ha parecido Soria? —preguntó.
Pensé antes de responder.
—Que sabía qué ofrecerte.
Mateo asintió.
—Eso mismo pensé.
—No parecía dispuesto a explicar demasiado sobre los documentos.
—Tampoco le dimos la oportunidad de revisarlos.
Lo miré.
—¿Crees que deberíamos haberlo hecho?
—No. Pero quiero ser justo con lo que ha pasado. Nos ofrecieron una revisión. También pidieron cosas que no podemos darles.
No añadí nada.
Mateo se detuvo junto a una papelera.
—Lo que más me molestó fue que hablara de facilitarme la vida.
—¿Por qué?
—Porque tiene razón en una cosa: mi vida sería más fácil si dejara de ocuparme de esto.
Esperé.
—Podría haber entregado las copias hace semanas —continuó—. Podría haber dicho quién las conservaba. Quizá entonces no me habrían robado el portátil.
—No sabes si eso habría evitado la entrada en tu casa.
—No.
Me miró.
—Y tampoco sé qué les habría ocurrido a las personas cuyos nombres me pedían.
La calle estaba llena de gente que salía de las tiendas.
Una mujer pasó a nuestro lado hablando con su hijo. Un repartidor descargaba cajas de una furgoneta.
Durante un momento me pareció extraño que pudiéramos tener aquella conversación allí, rodeados de personas que seguían con su sábado.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté.
Mateo tardó poco en responder.
—Decirle a Inés que no quiero aceptar ninguna propuesta que me obligue a identificar a otros.
—¿Y si ofrecen pagarte los gastos sin esa condición?
—Entonces lo pensaré con ella. No tengo por qué fingir que no necesito ayuda.
Asentí.
No era una respuesta heroica.
Era una decisión que podía sostener.
Nos abrazamos antes de despedirnos.
* * *
Llegué a casa antes de las siete.
El perro estaba dormido junto a su cuenco.
Al oírme levantó la cabeza, se acercó y me olfateó las manos, como si buscara alguna señal de Mateo.
Lo acaricié.
Después salimos a caminar.
Durante el paseo pensé en Soria.
No había gritado, amenazado ni dado ninguna orden.
Había defendido el prestigio de una organización que, según los documentos que yo había visto, tenía preguntas importantes que responder.
Podía tener razones legítimas para exigir que no se difundieran acusaciones sin comprobar.
Pero la propuesta había ido más lejos.
Pedía entregar copias, identificar a sus custodios y aceptar condiciones de confidencialidad cuyo alcance todavía no estaba claro.
Aquello no era simplemente ofrecer una auditoría.
Era intentar establecer quién controlaría el acceso a los documentos.
Al regresar abrí el cuaderno.
Escribí la fecha:
Sábado 24 de octubre de 2026.
Debajo anoté los nombres de Héctor Soria e Inés, y la existencia de una propuesta económica y documental presentada por un abogado que decía representar a Fundación Alerce.
No escribí que Soria hubiera enviado el ultimátum.
Tampoco que hubiera ordenado entrar en casa de Mateo.
No tenía cómo sostenerlo.
Pero sí había estado presente cuando pidió identificar a otras personas que conservaban documentación.
Y sabía que esa exigencia coincidía con una parte de los mensajes recibidos por mi hermano.
Dejé el bolígrafo.
Pensé en Aurora.
En 2013 había intentado averiguar quién había dado por revisada una relación de turnos y dónde podían encontrarse sus distintas versiones.
Casi trece años después, Mateo había aceptado guardar copias porque otras personas tampoco confiaban en que las preguntas pudieran resolverse únicamente dentro de la fundación.
No sabía qué habría pensado Aurora de nuestra reunión con Soria.
Me imaginé, sin embargo, cuál habría sido su primera pregunta.
No cuánto dinero ofrecían.
Sino qué ocurriría con los documentos después de entregarlos.
Miré al perro, que se había tumbado debajo de la mesa.
Aquella tarde Mateo había tenido delante una salida que podía hacer su vida más fácil.
Había decidido no aceptarla a costa de otras personas.
No resolvía ninguna de las amenazas.
Pero, por primera vez desde que recibí su esquela, tenía la impresión de que mi hermano había recuperado algo que el miedo le había arrebatado.
La posibilidad de tomar una decisión sin esconderla de mí.