Capítulo 23. La oferta de Soria #2
—Nuestra fundación lleva años trabajando con personas que necesitan atención. Tenemos convenios, empleados y familias que dependen de que los centros funcionen correctamente.
No levantó la voz.
—Sé que han surgido preguntas sobre determinados registros. Algunas pueden tener explicación. Otras requerirán revisar documentación anterior.
—Eso es lo que estamos intentando hacer —respondió Mateo.
—Lo sé. Pero no todos los documentos que circulan son completos.
—¿Cuáles considera incompletos?
Soria se tomó un momento.
—Hemos tenido conocimiento de que se están examinando copias de cierres administrativos y relaciones de ocupación de años anteriores.
—¿Qué copias? —preguntó Inés.
El presidente de Alerce miró a su abogado.
—No hemos venido con una relación exhaustiva —respondió este—. Precisamente queremos reunir el material y someterlo a una revisión conjunta.
Mateo se inclinó hacia delante.
—Entonces no saben si los documentos que tenemos están completos.
Soria le sostuvo la mirada.
—Sabemos cómo funciona una residencia. Una cifra aislada puede significar cosas diferentes según el momento en que se elaboró.
—Por eso necesitamos los originales —dijo mi hermano.
—Y nosotros estamos dispuestos a revisarlos.
Inés levantó la vista del documento.
—¿Con qué garantías de independencia?
Soria no respondió inmediatamente.
* * *
El abogado explicó la propuesta.
Fundación Alerce asumiría el coste de una revisión externa de los registros que se consideraran discutidos. También ofrecía compensar determinados gastos personales que Mateo pudiera justificar en relación con las gestiones documentales.
La cifra propuesta era de quince mil euros.
No se presentaba como indemnización por un delito ni como reconocimiento de responsabilidad de la fundación.
Según el abogado, era una cantidad destinada a facilitar una salida negociada y evitar mayores gastos para ambas partes.
Mateo permaneció inmóvil.
Yo miré el papel que Inés tenía delante.
No podía leerlo completo desde mi sitio.
—¿Y qué tendría que hacer mi cliente? —preguntó Inés.
El abogado pasó a la página siguiente.
—Facilitar las copias que conserva, identificar los documentos de los que proceden y colaborar para determinar qué otras personas pueden tener versiones diferentes.
Mateo miró a Soria.
—¿Colaborar cómo?
—Poniéndonos en contacto con esas personas —respondió el presidente.
—¿Dándoles sus nombres?
—Permitiendo que podamos aclarar de dónde proceden los papeles.
Mateo no contestó.
Inés señaló una cláusula.
—Aquí se exige identificar a otros custodios de documentación.
—Para completar la revisión —respondió el abogado.
—Sin distinguir entre quienes han autorizado compartir sus datos y quienes no.
El hombre consultó su copia.
—La redacción puede matizarse.
—No es únicamente un problema de redacción —dijo Inés.
Soria apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Entiendo la preocupación. Pero tampoco podemos analizar documentos cuya procedencia se mantiene deliberadamente oculta.
—Pueden solicitar los registros originales de su propia organización —respondió Mateo.
La frase quedó suspendida unos segundos.
Soria se volvió hacia él.
—Los archivos de una entidad de este tamaño no funcionan como un cajón donde uno encuentra lo que busca en cinco minutos.
—Eso lo entiendo.
—Entonces comprenderá que necesitemos referencias.
—Las referencias pueden darse sin identificar a todas las personas que tuvieron copias.
El presidente de Alerce permaneció callado.
Era la primera vez que Mateo había respondido sin buscar antes la mirada de Inés.
—También hay una cláusula de confidencialidad —añadió ella.
El abogado asintió.
—Mientras dure la revisión.
—¿Qué alcance tiene?
—Evitar que se difundan materiales no contrastados o conclusiones que puedan dañar a terceros.
—¿Incluye comunicaciones ya realizadas a organismos competentes?
El abogado tardó un momento.
—Habría que determinar cómo coordinar los distintos procedimientos.
Inés cerró la carpeta.
—Mi cliente no asumirá obligaciones que limiten indebidamente su derecho a poner hechos en conocimiento de las autoridades ni a colaborar con ellas.
Soria la miró.
—Nadie está proponiendo impedir una denuncia legítima.
—Entonces la propuesta deberá decirlo con claridad.
No discutieron.
El abogado anotó algo en el margen.
Yo empecé a comprender qué se estaba ofreciendo realmente.
Quince mil euros.
Una revisión sufragada por la fundación.
Y, a cambio, una colaboración que daba acceso a documentos y nombres que Mateo llevaba semanas intentando proteger.
No era necesario que alguien levantara la voz para que aquellas condiciones resultaran intimidantes.
* * *
—¿Puedo preguntarle una cosa? —dije.
Soria me miró.
—Naturalmente.
—¿Por qué están interesados en negociar con Mateo y no se limitan a revisar sus propios registros?
El presidente de Alerce entrelazó las manos.
—Porque hay materiales fuera de nuestros archivos y queremos comprender qué se está haciendo con ellos.
—¿Y cómo supieron que Mateo conservaba documentación?
El abogado intervino.
—Señora Vega, no hemos venido a examinar los contactos de mi representada con terceros.
—No estoy pidiendo nombres —respondí—. Solo quiero entender por qué contactaron con mi hermano.
Soria me sostuvo la mirada.
—En una organización con muchos trabajadores y antiguos colaboradores, no es extraño que se conozca la existencia de consultas sobre sus documentos.
Era una respuesta posible.
También era incompleta.
—¿Sabe que alguien ha amenazado a Mateo? —pregunté.
Inés se volvió ligeramente hacia mí.
Soria no modificó su expresión.
—Sé que ha tenido problemas —respondió.
—Le han enviado mensajes exigiéndole documentación.
—No conozco el contenido de esos mensajes.
—¿Se los ha enviado alguien de Alerce?
El abogado dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—No podemos responder a una imputación sin que se nos indique qué hechos concretos se atribuyen a quién.
Soria levantó una mano.
—No tengo conocimiento de que la fundación haya autorizado amenazas contra el señor Vega Salcedo.
Lo dijo sin vacilar.
No significaba que estuviera diciendo la verdad.
Tampoco tenía yo ninguna prueba para afirmar lo contrario.
—¿Y el robo en su vivienda? —pregunté.
—Eso corresponde investigarlo a la policía —respondió Soria.
Inés intervino antes de que continuáramos.
—La reunión no debe convertirse en un interrogatorio sobre hechos denunciados. Si Alerce dispone de alguna información relacionada con las amenazas o la intrusión, podrá comunicarla por el cauce apropiado.
Soria asintió.
—Estamos de acuerdo.
Se volvió hacia Mateo.
—Precisamente me gustaría que esto no siguiera afectando a su vida.
Mi hermano lo observó.
—¿Cómo sabe cuánto me está afectando?
Soria tardó un momento en responder.
—Porque basta con sentarse aquí para comprender que la situación se ha vuelto difícil.
No añadió nada sobre su vivienda, su portátil ni el lugar donde se alojaba.
Aquello me tranquilizó parcialmente.
Al menos no parecía conocer detalles que no habíamos compartido.
Pero la oferta seguía exigiendo una entrega de información.
* * *
—Quiero que entienda algo —dijo Mateo.
Soria se volvió hacia él.
—Le escucho.
—No empecé a ayudar a estas personas para conseguir dinero ni para enfrentarme a la fundación.
—No he dicho que lo hiciera.
—Me pidieron ayuda para ordenar documentos y buscar asesoramiento. Algunos habían trabajado en sus centros. Otros conocían información de años anteriores.
Soria esperó.
—Yo no podía decidir por ellos que debían entregarlo todo —continuó Mateo—. Sigo sin poder hacerlo.
—Por eso proponemos una revisión acordada.
—Pero su propuesta exige que les diga quiénes son.
—Necesitamos saber de dónde procede lo que se está examinando.
Mateo miró el documento.
—Pueden comprobar los registros de Santa Oliva sin que yo entregue los datos de personas que no me han autorizado a hacerlo.
El presidente de Alerce se reclinó en su silla.
—La revisión que proponemos sería más eficaz con toda la información.
—Puede ser.
Mi hermano dejó pasar un segundo.
—Pero no puedo darles lo que no es mío.
Soria lo observó con una expresión que no supe interpretar.
Después señaló el documento.
—La compensación no pretende comprar su silencio.
—Entonces no debería depender de que identifique a otras personas.
Esta vez el silencio fue más largo.
El abogado volvió a intervenir.
—Quizá podamos reformular esa condición.
Inés asintió.
—Pueden enviarnos cualquier nueva propuesta. La examinaremos por escrito.
Soria miró a Mateo.
—No quiero que se marche pensando que esto es una amenaza.
—No he dicho que lo sea.
—Bien.
El presidente de Alerce recogió su abrigo.
Antes de levantarse añadió:
—Solo les pediría que fueran conscientes de las consecuencias de utilizar documentación incompleta. Una entidad puede verse seriamente perjudicada por acusaciones que después no se sostengan.
Mateo no respondió.
Inés sí.
—Mi cliente no ha formulado aquí ninguna acusación pública. Está utilizando asesoramiento y cauces de comprobación.
Soria asintió.
—Espero que así continúe.
Nos despedimos.
La reunión había durado algo menos de una hora.
* * *
Cuando Soria y su abogado se marcharon, permanecimos unos minutos en la sala.
Inés dejó el documento sobre la mesa.
—¿Cómo estás? —preguntó a Mateo.
Mi hermano se pasó una mano por la cara.
—No lo sé.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
—Quince mil euros —dijo.
Ninguna de las dos respondió.
—Con eso podría pagar todo lo que llevo gastado y dejar de preocuparme durante un tiempo por el dinero.
—Lo sé —dije.
Se volvió hacia mí.
—No creo que seas consciente de cuánto me está costando esto.
Me dolió la frase.
Pero no era del todo injusta.
—No lo soy —reconocí.
Mateo se quedó mirándome.
—He tenido que pedir favores para dormir fuera. He perdido días de trabajo. Tengo que reemplazar un ordenador y arreglar cosas del piso. No sé cuándo voy a poder volver a estar tranquilo allí.
Se interrumpió.
—Y ahora viene ese hombre, se sienta delante de nosotros y ofrece una cantidad que podría resolverme varias de esas cosas.
Inés lo escuchó sin intervenir.