La mujer de los obituarios Capítulo 23. La oferta de Soria
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Capítulo 23. La oferta de Soria

Mateo me llamó el sábado antes de las diez.

Había salido a comprar pan y estaba esperando para pagar cuando vi su nombre en la pantalla.

—¿Qué pasa?

—¿Puedes hablar?

Miré a las personas que tenía delante.

—Dame un momento.

Salí de la cola y me acerqué a la puerta.

—Dime.

—Me han hecho una oferta.

No entendí.

—¿Quién?

—Fundación Alerce.

Me aparté del paso para dejar entrar a una mujer con un carrito.

—¿Qué clase de oferta?

—Dinero, Clara. Entre otras cosas.

Su voz sonaba distinta de la noche en que encontramos su vivienda forzada. No estaba hablando deprisa. Tampoco parecía asustado.

Eso me inquietó más.

—¿Quién te ha llamado?

—No ha sido una llamada. Ayer por la tarde recibí un correo de un abogado que dice representar a la fundación. Se lo reenvié a Inés.

—¿Y qué dice?

—Que quieren resolver una situación relacionada con documentos que circulan fuera de sus archivos. Proponen una reunión y un acuerdo.

Miré hacia la caja. La cola había avanzado.

—¿Has contestado?

—No. Inés se ha ocupado de hablar con el abogado.

—¿Sabes quién está detrás?

—El correo viene firmado por un despacho y menciona expresamente a Héctor Soria.

Reconocí el apellido.

Lo había leído en la información pública de Fundación Alerce cuando empecé a revisar su actividad.

Era el presidente.

—¿Te refieres al presidente de la fundación?

—Sí.

Me quedé callada.

Durante dos semanas habíamos hablado de registros, antiguos trabajadores y documentos cuya procedencia necesitaba comprobarse.

Ahora el nombre de la persona que dirigía aquella organización aparecía en una propuesta dirigida a mi hermano.

—¿Inés qué opina?

—Que debemos escuchar únicamente lo que estén dispuestos a plantear de forma identificable y documentada.

—Eso no significa que tengas que reunirte con ellos.

—Lo sé.

Mateo guardó silencio un momento.

—Pero quiero hacerlo.

No respondí enseguida.

—¿Para qué?

—Para saber exactamente qué quieren.

La mujer del carrito salió de la tienda con dos bolsas.

Yo seguía junto a la puerta, con el teléfono en la mano.

—¿Dónde sería?

—En una sala de reuniones del centro. Inés ha elegido el lugar. A las cuatro.

—¿Vas a ir solo con ella?

—No. Quiero que vengas.

Me sorprendió.

Hasta hacía pocos días Mateo se había resistido a contarme dónde guardaba sus documentos.

Ahora me pedía que estuviera presente en una reunión con el presidente de Alerce.

—¿Inés está de acuerdo?

—Sí. Ya sabe que quiero que vengas.

Miré la hora.

—Entonces estaré allí.

* * *

Volví a casa sin comprar pan.

El perro me esperaba en el recibidor. Había llevado una de sus mantas hasta la puerta y estaba tumbado encima.

Me senté a quitarme los zapatos y le acaricié la cabeza.

Durante un rato pensé en llamar otra vez a Mateo.

Quería preguntarle por el dinero, por las condiciones y por qué había aceptado la reunión tan deprisa.

Pero había una diferencia entre estar informada y necesitar controlar cada decisión.

Abrí el ordenador.

Busqué el nombre de Héctor Soria en las publicaciones de Alerce que ya había consultado.

Aparecía en la memoria de actividades de 2016 y en noticias públicas sobre proyectos de atención residencial.

En una fotografía estaba detrás de una mesa durante la inauguración de unas instalaciones. En otra, varios años después, estrechaba la mano de un representante municipal.

Tenía el cabello canoso, peinado hacia atrás, y una expresión seria.

Los textos lo presentaban como una persona experimentada en la gestión de servicios sociales y residenciales.

No encontré en aquellas noticias nada que aclarara por qué su organización quería llegar a un acuerdo con Mateo.

Tampoco esperaba encontrarlo.

Cerré el ordenador.

A mediodía, Inés me llamó.

—Mateo me ha dicho que vas a acompañarnos.

—Sí.

—Quiero explicarte cómo será la reunión.

Me apoyé en el respaldo del sofá.

—Te escucho.

—La propuesta llegó ayer a una dirección de correo de Mateo. El remitente se identifica como abogado de Fundación Alerce. Hemos podido comprobar que el profesional existe y ejerce en el despacho que figura en el mensaje. Eso no significa que hayamos aceptado su interpretación de los hechos.

—¿Y Soria?

—El abogado ha confirmado que acudirá personalmente.

—¿Qué quieren de Mateo?

—Según el escrito, revisar documentación administrativa que consideran incompleta o descontextualizada. También proponen unas condiciones económicas para resolver las molestias y los gastos ocasionados por esta situación.

—¿Qué gastos?

—Ese es uno de los puntos que tendrán que explicar.

Miré al perro. Había empezado a morder una esquina de la manta.

—¿Y por qué quieren reunirse ahora?

—No lo sabemos. La comunicación no menciona nuestra presentación administrativa del jueves y no voy a dar por hecho que tengan conocimiento de ella.

—¿Vas a contarles que existe?

—No tenemos necesidad de hacerlo durante esa reunión.

Inés hizo una pausa.

—Clara, si asistes, será como acompañante de Mateo. No como periodista del periódico ni como representante de las personas que han aportado información. Quiero evitar malentendidos sobre el propósito de tu presencia.

—De acuerdo.

—Y no vamos a mostrar documentos.

—Lo imaginaba.

—Tampoco daremos nombres de las personas que conservan copias.

Aquella precisión me hizo pensar en el ultimátum del miércoles siete.

Era exactamente uno de los datos que habían exigido a Mateo.

—¿La propuesta los pide? —pregunté.

—Habla de identificar la procedencia y a otros posibles custodios. Necesitamos escuchar cómo pretenden justificar esa solicitud.

No dije nada.

Inés continuó:

—Si en cualquier momento Mateo no quiere seguir, nos marchamos. No tiene obligación de negociar.

—¿Tú crees que debería ir?

—Creo que ha tomado la decisión después de conocer sus opciones. Mi trabajo es acompañarlo y evitar que acepte compromisos que no comprende.

Me quedé pensando.

—¿Y si lo presionan?

—Terminaremos la reunión y dejaremos constancia de lo ocurrido.

Cuando colgué, el perro había conseguido desprender un hilo de la manta.

Se lo quité de la boca.

—Hoy vas a tener que portarte bien —le dije.

Me miró sin ningún interés.

* * *

La sala estaba en la primera planta de un edificio de oficinas que alquilaba espacios para reuniones.

Inés la había reservado por dos horas.

Llegué a las tres y cuarenta.

Mateo estaba junto a una máquina de café, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

Se acercó al verme.

—Gracias por venir.

—¿Estás bien?

—Sí.

No parecía convencido.

—¿Has hablado con el abogado?

—Solo Inés. Yo no he tenido contacto directo.

Miré alrededor.

Había una recepción pequeña, una zona de espera y un pasillo con puertas de cristal. Aquel sábado estaban abiertas dos salas, aunque apenas se escuchaban voces.

—¿Por qué aceptaste reunirte? —pregunté.

Mateo se quedó mirando el vaso que acababa de sacar de la máquina.

—Porque llevo semanas sin saber quién quiere los documentos. Ahora hay alguien que se identifica y dice actuar en nombre de la fundación.

—Puede que no tenga nada que ver con los mensajes.

—Lo sé.

—¿Y si no lo tiene?

—Entonces sabremos qué está proponiendo Alerce por su cuenta.

Asentí.

Era una distinción importante.

Mateo no había acudido para encontrarse con la persona que lo amenazó.

Había aceptado escuchar a quienes dirigían la organización sobre la que estaba reuniendo documentación.

—¿Y lo del dinero? —pregunté.

Mi hermano dio un sorbo al café.

—Eso también quiero entenderlo.

Lo observé.

—No tienes que sentirte obligado a rechazar algo solo porque yo esté delante.

Me miró, sorprendido.

—¿Por qué dices eso?

—Porque llevas semanas fuera de tu casa. Te han robado un ordenador. Estás pagando arreglos y haciendo gestiones que no tenías previstas.

Mateo bajó la vista.

—Ya.

—Es normal que una oferta de dinero te haga pensar.

—Me ha hecho pensar.

No añadió nada.

Inés apareció al final del pasillo.

—Podemos pasar.

* * *

Héctor Soria llegó a las cuatro en punto.

No parecía un hombre preocupado por causar una buena impresión.

Llevaba un traje oscuro, sin corbata, y un abrigo doblado sobre el brazo. Era más bajo de lo que sugerían sus fotografías.

Lo acompañaba un hombre de unos cuarenta años, con una cartera de cuero y varias hojas sujetas dentro de una carpeta.

Inés hizo las presentaciones.

Soria saludó primero a Mateo.

—Señor Vega Salcedo.

—Señor Soria.

Después me tendió la mano.

—Clara Vega.

—Sí.

—Gracias por acompañar a su hermano.

No preguntó qué hacía allí.

Su abogado había sido informado de mi presencia antes de confirmar la reunión.

Nos sentamos.

Inés ocupó la silla junto a Mateo. Yo me quedé al otro lado.

El abogado de Alerce abrió la carpeta y colocó sobre la mesa un documento de varias páginas.

Soria no se apresuró a hablar.

Miró a Mateo.

—Lamento lo que ha tenido que pasar estas semanas.

Mi hermano sostuvo su mirada.

—¿A qué se refiere?

—A las dificultades que ha tenido a raíz de su relación con documentación de nuestra fundación.

Mateo no respondió.

—Nos consta que está preocupado —continuó Soria—. Y entiendo que quiera buscar asesoramiento.

Inés intervino.

—Antes de avanzar, queremos dejar claro que no estamos reconociendo ninguna irregularidad en la obtención o conservación de los materiales a los que ustedes se refieren.

El abogado asintió.

—Por supuesto. Nuestra intención es evitar precisamente una discusión sobre responsabilidades que todavía no están determinadas.

Soria miró de nuevo a Mateo.

—No creo que nadie salga beneficiado si continuamos así.

Me fijé en el plural.

Continuamos.

No sabía si estaba incluyendo las amenazas, las consultas de documentos o simplemente el conflicto que atribuía a quienes habían trabajado con Alerce.

—¿Qué propone? —preguntó Mateo.

Soria miró a su abogado.

Este acercó una copia del documento a Inés.

—Se trata de una propuesta de colaboración para una revisión ordenada de materiales administrativos —explicó—. No es un acuerdo definitivo. Esperamos conocer las observaciones de su representación antes de redactarlo.

Inés empezó a leer.

Soria continuó: