La mujer de los obituarios Capítulo 22. El último aviso de Aurora #3
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Capítulo 22. El último aviso de Aurora #3

—Lo que sí puedes hacer es explicar lo que recuerdas sin ocultar la parte que te corresponde.

Elena tardó en contestar.

—Eso intentaré.

Nos despedimos.

Guardé el teléfono.

Tenía las manos frías.

* * *

No regresé directamente a casa.

Caminé hasta una pequeña plaza y me senté en un banco.

Había pasado la tarde leyendo unas notas de 2013 y escuchando una explicación sobre algo que ocurrió muchos años antes.

No había descubierto quién preparó la esquela de Mateo.

Tampoco sabía si las reservas regularizadas de marzo de 2017 habían servido para justificar pagos indebidos.

Pero empezaba a ver con mayor claridad algo que los documentos recientes no podían enseñarme.

En Santa Oliva, las dudas sobre las versiones y las correcciones no habían comenzado con Darío ni con Mateo.

Aurora ya preguntaba en 2013 por qué un documento podía darse por revisado sin que quedara claro quién había comprobado lo que decía.

Y Elena, que trabajaba en administración, reconocía que respondió a una de aquellas preguntas sin tener la confirmación que Aurora necesitaba.

Las cifras de 2017 pertenecían a otro expediente. Lo que reconocía en las palabras de Elena era la costumbre de dar una revisión por terminada sin comprobar que la pregunta original estuviera respondida.

Miré el teléfono.

Pensé en llamar a Mateo.

El miércoles me había pedido que dejara de investigar únicamente por él.

Quería contarle que había encontrado una prueba de que las preocupaciones por los registros de Santa Oliva eran anteriores a su colaboración con Inés.

Pero no podía tratar las notas de Marisa como si fueran documentos de libre circulación.

Tampoco sabía todavía qué había aceptado Elena que compartiera.

Decidí esperar.

No porque Mateo no tuviera derecho a conocer lo que le afectaba, sino porque por fin empezaba a distinguir entre hablar con mi hermano y utilizar cualquier información para mantenerlo informado.

* * *

Llegué a casa pasadas las ocho.

El perro me recibió junto a la puerta.

Había volcado su cuenco de agua, aunque no parecía especialmente preocupado por el resultado. Busqué una bayeta, sequé el suelo y volví a llenarlo.

Después salimos a pasear.

En el parque había poca gente. Un hombre jugaba con un perro pequeño que ladraba cada vez que le lanzaban una pelota.

El mío se detuvo a observarlos.

Durante un rato lo dejé decidir por dónde caminar.

Cuando regresamos, calenté la cena y abrí el cuaderno.

Busqué la página dedicada a Aurora.

Debajo de las anotaciones del lunes doce añadí una fecha:

19 de diciembre de 2013.

Escribí que Marisa conservaba una impresión de un correo atribuido a Aurora. Anoté que su contenido coincidía parcialmente con apuntes periodísticos contemporáneos y con el recuerdo de una conversación posterior a la noticia de noviembre.

Después separé los pendientes.

El correo digital original no estaba recuperado.

Los cuadrantes seguían sin aparecer.

No había constancia de una respuesta escrita de Santa Oliva.

Y Elena reconocía haber recibido una petición de comprobación, aunque todavía no había contrastado su recuerdo con documentación.

Me quedé mirando la última anotación.

Hasta entonces había imaginado a Aurora como una mujer que insistía en denunciar una situación laboral injusta.

Aquella tarde había podido leer una preocupación mucho más precisa.

No quería que le creyeran porque estaba enfadada.

Quería que alguien comprobara quién había trabajado realmente un turno y quién había decidido dar por correcta una versión posterior.

Eso era lo que había intentado conseguir antes de morir.

No tenía razones para pensar que hubiera previsto su muerte.

No había escrito que la persiguieran, que alguien fuera a matarla ni que necesitara esconderse.

Había pedido una respuesta.

Y Elena acababa de reconocer que no supo dársela.

* * *

Antes de acostarme recibí un mensaje de Marisa.

He dejado separados el cuaderno y las impresiones. No voy a tirar nada. Si hace falta, hablaré con la abogada que mencionaste, pero primero quiero identificar qué material es mío y cuál recibí de Aurora.

Le respondí:

Gracias. Es importante conservarlos como están. Mañana hablamos.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

El perro dormía junto al sofá.

Pensé en mi madre.

Lidia había empezado a orientar a Elena años después de la muerte de Aurora, según recordaba Inés. No podía atribuirle una intervención en aquella reclamación ni imaginar que habría conseguido resolverla.

Pero conocía demasiado bien su manera de preguntar.

Si una persona llegaba a su despacho con dos versiones de un mismo documento, no se conformaba con saber cuál era la última.

Quería saber por qué había cambiado.

A veces me había parecido una obstinación innecesaria.

Aquella noche comprendí que, en determinados trabajos, aceptar una corrección sin conocer su origen podía tener consecuencias que permanecían mucho después de que alguien diera el asunto por cerrado.

Aurora había intentado impedir precisamente eso.

No sabía si alguien llegó a escucharla como necesitaba.

Al menos ahora podía demostrar que había hecho la pregunta.

Cerré el cuaderno y apagué la luz.