La mujer de los obituarios Capítulo 22. El último aviso de Aurora #2
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Capítulo 22. El último aviso de Aurora #2

Examiné la hoja.

En el margen, con bolígrafo, había una anotación:

Pendiente respuesta S. Oliva.

—¿Eso lo escribiste tú?

—Sí.

—¿Esperabas una respuesta de la residencia?

—Pensaba volver a consultar con la dirección sobre cómo se verificaban las sustituciones. No recuerdo haber llegado a hacerlo.

Me miró.

—Y, antes de que me lo preguntes, no quiero convertir esa nota en una gestión que quizá nunca realicé.

Le devolví las páginas.

Era exactamente lo que necesitaba saber.

* * *

—Hay algo que no entiendo —dije.

Marisa esperó.

—Aurora te preguntó cómo conseguir una respuesta por escrito. ¿Sabías si ya había presentado una reclamación?

—No.

—¿Ni si llegó a hacerlo después?

—Tampoco.

Miré el correo.

—Entonces su aviso pudo quedarse en una petición.

—Pudo.

—O pudo trasladarlo a administración.

—Eso tendrás que comprobarlo por otra vía.

Me quedé pensando.

Elena había admitido que Aurora le pidió revisar un resumen y que ella respondió que ya estaba comprobado sin haber verificado el punto concreto.

La conversación tuvo que producirse antes de 2014.

Ahora tenía una comunicación de finales de 2013 que podía corresponder a aquella preocupación.

No significaba que se tratara del mismo documento.

Pero justificaba preguntárselo.

—Conozco a una persona que trabajaba en administración de Alerce —dije.

Marisa levantó la vista.

—¿En aquella época?

—Sí.

—¿Está dispuesta a hablar?

—Ya ha hablado conmigo sobre algunas decisiones suyas. Quiero preguntarle si recuerda que Aurora solicitara una comprobación por escrito.

Marisa se quedó callada.

—Si vas a utilizar mi correspondencia para preguntar —dijo—, prefiero que no compartas estas hojas completas sin que hablemos antes de qué datos contienen.

—No lo haré.

—Puedes decirle que he encontrado una comunicación de diciembre de 2013 y explicarle el asunto. No quiero que circulen las direcciones ni las referencias a otras trabajadoras.

—De acuerdo.

Marisa guardó las hojas en la carpeta.

—Quiero comprobar una cosa más antes de que las utilices para un texto.

—¿Cuál?

—Si tengo algún registro de que Aurora me autorizara a publicar ese último mensaje. No encuentro ninguno.

—Entonces no lo publicaremos.

Me observó.

—No he dicho que jamás pueda utilizarse. He dicho que necesitamos decidir cómo hacerlo.

Asentí.

Habíamos pasado demasiados años trabajando con personas que acudían a un periódico porque necesitaban ser escuchadas y, al mismo tiempo, temían las consecuencias de hablar.

Aurora había sido una de ellas.

Su muerte no convertía automáticamente en público todo lo que había confiado a Marisa.

* * *

Salí del edificio a las seis y cuarto.

Había empezado a oscurecer.

Caminé hasta una esquina donde el tráfico se reducía y llamé a Elena.

Marqué el número que me había anotado al despedirnos en octubre.

Respondió después de varios tonos.

—Clara.

—Hola. ¿Puedes hablar?

—Un momento. ¿Ha pasado algo?

—He visto unas notas periodísticas de 2013 sobre Aurora.

No respondió.

Continué:

—También una impresión de un correo del diecinueve de diciembre de aquel año.

—¿Qué dice?

—Que había pedido aclaraciones sobre diferencias entre cuadrantes y relaciones de turnos revisadas. Quería saber quién comprobaba las correcciones y cómo conservar las versiones anteriores.

Escuché un pequeño ruido al otro lado.

Como si hubiera dejado algo sobre una mesa.

—¿Quién te ha enseñado eso?

—La periodista con la que habló. Marisa Olmedo.

Elena guardó silencio.

—¿La recuerdas? —pregunté.

—Recuerdo que Aurora habló con una periodista. No sabía que conservara correspondencia.

—No hemos comprobado todavía el archivo digital original. Pero las notas están fechadas y las impresiones parecen corresponder a ese intercambio.

Esperé.

—¿Aurora presentó alguna petición de comprobación en administración?

Elena tardó en responder.

—Sí.

Me detuve junto a un portal.

—¿La recibiste tú?

—Una de ellas, sí.

No pregunté inmediatamente por su contenido.

Necesitaba saber si hablábamos de la misma época.

—¿Fue antes de que terminara 2013?

—Sí. No puedo decirte el día sin revisar mis anotaciones.

—¿Qué te pidió?

Escuché que respiraba hondo.

—Que verificáramos si determinadas sustituciones estaban reflejadas correctamente. Había diferencias entre la relación que habían utilizado para organizar unos turnos y otra que figuraba después como revisada.

Reconocí la pregunta que había leído en las notas de Marisa, aunque Elena no podía identificar aquellas mismas hojas.

—¿Qué hiciste con su petición?

Elena no respondió enseguida.

—La trasladé para que se comprobara.

—¿A quién?

—A gestión. No recuerdo si la entregué directamente o si la incorporé a las incidencias pendientes de aquel periodo.

—¿Y qué te contestaron?

—Que se había regularizado.

Miré hacia la avenida.

—¿Comprobaste cómo?

—No lo suficiente.

—Eso ya me lo contaste el lunes.

—Lo sé.

Elena dejó pasar unos segundos.

—Hay algo más.

Esperé.

—Aurora volvió a preguntarme si se habían conservado las dos versiones.

Sentí que se me tensaban los dedos alrededor del teléfono.

—¿Y?

—Le dije que la incidencia estaba cerrada.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Sabías si habían guardado ambas?

—No tenía la confirmación.

Me quedé mirando un coche que intentaba salir de un aparcamiento demasiado estrecho.

—Entonces le respondiste algo que no contestaba su pregunta.

—Sí.

Su voz había perdido firmeza.

—¿Por qué no le dijiste que no lo sabías?

—Porque ya le había asegurado antes que se estaba revisando. Volver atrás significaba reconocer que había permitido darlo por resuelto sin comprobar la parte que ella consideraba importante.

No habló durante unos segundos.

—Creí que todavía podría arreglarlo después.

Aquella frase me resultó familiar.

Mateo había dicho algo parecido cuando me explicó por qué no me contó el ultimátum.

Creí que todavía podía arreglarlo.

En los dos casos, alguien había pospuesto una conversación difícil.

Pero las consecuencias no eran iguales.

Mateo había intentado preservar documentación frente a una amenaza.

Elena había dado por cerrado un problema que tenía la obligación profesional de ayudar a revisar.

—¿Aurora te dijo qué pensaba hacer? —pregunté.

—Quería obtener una respuesta escrita. Estaba cansada de que todo se explicara de palabra.

—¿Llegó a recibirla?

—No lo sé.

—¿No lo recuerdas?

—No sé si después se le envió algún documento desde otra unidad. No quiero decirte que no existió porque yo no lo viera.

Me apoyé contra la pared.

—¿Conservas su solicitud?

—No la tengo conmigo. Puede que exista una copia en los archivos antiguos de Alerce. No puedo asegurar que se conserve.

—¿Y tú guardaste alguna?

—Tengo referencias de documentación de aquella época, pero necesito comprobarlas. No quiero volver a enseñarte algo sin poder explicar exactamente de dónde salió.

Recordé la hoja de 2017 que me mostró en la plaza de la biblioteca.

Había reconocido su firma.

Todavía debía entregarla a Inés para que se intentara contrastar con los originales.

—Elena, ¿has hablado con Inés de esa petición de Aurora?

—No con ese detalle.

—Creo que deberías hacerlo.

No respondió.

—Ya has reconocido que le diste una respuesta incompleta —continué—. Ahora sabemos que Aurora estaba preguntando específicamente por la conservación de dos versiones.

—Lo sé.

—No te pido que adivines qué ocurrió. Te pido que expliques lo que hiciste.

Hubo un silencio.

Después Elena dijo:

—Tienes razón.

No sentí satisfacción.

Aquella conversación había dejado de parecerme una entrevista mucho antes.

—Voy a hablar con Inés —añadió—. Le diré lo que recuerdo y qué documentos tendría que buscar para comprobarlo.

—¿Estás dispuesta a dejarlo por escrito?

—Sí.

—Incluyendo que no comprobaste lo que Aurora preguntó.

—Incluyendo eso.

Me quedé callada.

Elena tampoco habló.

—Hay una cosa que quiero que entiendas, Clara —dijo finalmente.

—Dime.

—No sé si Aurora llegó a encontrar algo más. No sé qué habría ocurrido si yo hubiera hecho mejor mi trabajo. Y no puedo explicarte su muerte a partir de aquella discusión.

—No te he pedido eso.

—Lo sé. Pero llevo años oyendo mis propias respuestas de entonces como si pudiera cambiarlas.

Miré hacia la calle.

—No puedes.

—No.