La mujer de los obituarios Capítulo 22. El último aviso de Aurora
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Capítulo 22. El último aviso de Aurora

Marisa Olmedo me escribió el viernes a las nueve y doce.

Clara, he encontrado las notas de Santa Oliva. También una cosa que no recordaba haber guardado. ¿Puedes llamarme cuando tengas un momento?

Leí el mensaje mientras esperaba que se abriera el archivo del periódico.

Habían pasado once días desde nuestro encuentro en la cafetería de la plaza del Mercado.

Aquel lunes, Marisa había hablado de Aurora Serra con una precisión que me sorprendió.

Recordaba sus preocupaciones sobre los turnos, las dificultades para contrastar los cuadrantes y la insistencia de la enfermera en que los residentes no debían sufrir las consecuencias de una mala organización.

También había reconocido que no conservaba las hojas que Aurora le enseñó.

Antes de despedirnos prometió buscar sus notas.

No volví a preguntárselo.

La llamé.

—Buenos días, Clara.

—Hola. ¿Qué has encontrado?

—Un cuaderno de 2013. Y un correo que imprimí en su momento.

—¿De Aurora?

—Sí.

Me aparté de la zona de trabajo.

—¿Qué decía?

—Prefiero que lo leas. Hay cosas que recordaba de una manera y que en las notas aparecen algo distintas.

Miré la hora.

Tenía que cerrar varias solicitudes antes de comer.

—¿Puedes enviarme una copia?

Marisa tardó en responder.

—Podría, pero no quiero fotografiar estas páginas sin revisar antes lo que contienen. Hay nombres que nunca publiqué.

—Lo entiendo.

—Si puedes acercarte esta tarde, las vemos juntas. Estaré en casa.

Me dio la dirección.

Quedamos a las cinco.

Antes de colgar, pregunté:

—¿Es algo importante?

Marisa dejó pasar unos segundos.

—Es importante para entender qué me estaba pidiendo Aurora. No sé si lo será para tu investigación.

Agradecí la distinción.

Después regresé a mi mesa.

* * *

Durante la mañana tuve que corregir un anuncio cuyo texto había cambiado tres veces entre la contratación y la autorización de la familia.

El hombre que gestionaba la solicitud insistía en conservar la primera versión. Su hermana quería utilizar la tercera. Las dos habían llegado desde direcciones de correo distintas y ambas se presentaban como definitivas.

Les pedí que designaran una persona responsable de aprobar el texto.

No era una discusión nueva.

Al terminar, miré las tres versiones guardadas en el expediente.

Cada una tenía una fecha de entrada. También constaba qué cambios se habían solicitado y quién los había comunicado.

Si alguien examinara aquel anuncio dentro de diez años, podría reconstruir cómo había llegado a publicarse.

Pensé en las dos relaciones administrativas que Mateo me enseñó el jueves.

En ellas habíamos visto un cambio claro. Tres plazas disponibles pasaban a figurar como reservas regularizadas.

Pero todavía no sabíamos quién lo había solicitado ni qué documento justificaba la modificación.

Guardé la prueba de la esquela familiar y cerré el expediente.

Lucía se acercó poco después.

—¿Sigues con los registros de Santa Oliva?

—Hoy voy a revisar unas notas periodísticas antiguas.

—¿De Marisa?

Asentí.

—Me ha dicho que encontró algo.

Lucía apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.

—¿Necesitas que vaya contigo?

—No. Prefiere enseñármelas antes de decidir qué puede compartir.

—Tiene sentido.

Miró el reloj.

—¿Has avanzado con lo de las plazas?

—Hay una discrepancia concreta. Todavía falta comprobar cómo se produjo.

—¿La administración ha contestado?

—Se presentó una comunicación ayer. No esperamos una respuesta inmediata.

Lucía asintió.

—Entonces no mezcles las dos cosas antes de tener claro si están relacionadas.

—No pensaba hacerlo.

Me observó con una sonrisa.

—Esa frase empieza a ser habitual entre nosotras.

Se marchó antes de que pudiera responder.

* * *

Marisa vivía en un edificio de cuatro plantas, en una calle tranquila al otro lado del centro.

Me abrió con unas gafas de lectura puestas y una carpeta de cartón entre las manos.

—Perdona el desorden —dijo.

La seguí hasta el salón.

Había libros apilados junto a una estantería y varias cajas abiertas sobre una mesa pequeña. En el suelo descansaba una bolsa con carpetas antiguas.

—¿Todo eso es del periódico? —pregunté.

—Parte. Lo demás es de una mudanza que debería haber terminado hace dos años.

Me ofreció café.

Acepté.

Cuando regresó de la cocina, había colocado sobre la mesa un cuaderno de tapas azules y dos hojas impresas.

—Aquí está.

Me senté frente a ella.

El cuaderno tenía las esquinas dobladas y varias etiquetas pegadas en el borde. Marisa lo abrió por una página marcada con un papel amarillo.

En la parte superior había escrito:

Santa Oliva. Diciembre 2013.

Debajo aparecían anotaciones hechas con bolígrafo negro. Reconocí su manera de abreviar nombres y añadir preguntas al margen. Había trabajado lo suficiente junto a ella para recordar que sus libretas solían estar llenas de flechas.

—¿Son notas de una entrevista? —pregunté.

—De la segunda conversación con Aurora. La que te conté el lunes.

Me incliné para leer.

Había varias frases incompletas:

Turnos asignados / turnos cubiertos.

Diferencias tras cierre.

No responsabilizar a compañeras.

Más abajo aparecía otra anotación:

Pide conservar primera versión. Dice que después solo queda la corregida.

Levanté la vista.

—No recordabas esto.

Marisa negó.

—Recordaba que me había hablado de cuadrantes diferentes. No que hubiera insistido tanto en conservar las versiones anteriores.

—¿Sabes a cuáles se refería?

—No. Eso sigue siendo el problema. No guardé las hojas que me enseñó y nunca llegué a comprobar de qué tipo de registros se trataba exactamente.

Señaló otra frase.

Preguntar quién comprueba sustituciones.

Debajo había escrito:

Sin acusar de falsificación.

—Esto último es mío —aclaró—. Era una advertencia para la noticia que pensaba preparar.

—¿La publicaste?

—No.

—¿Por qué?

Marisa se quitó las gafas.

—Porque nunca conseguí verificar la diferencia con una fuente independiente. Y porque Aurora no quería que se publicara nada que permitiera identificar a las otras trabajadoras.

Volvió a mirar el cuaderno.

—He pensado mucho en eso desde que lo encontré.

—¿En que deberías haber publicado?

—En si debí seguir preguntando.

No respondió con dramatismo.

Me pareció que llevaba toda la mañana haciéndose aquella pregunta.

—Habías publicado la reclamación inicial —dije.

—Sí.

—Y después volviste a escucharla.

—Pero no hice una segunda noticia.

Esperé.

—Tal vez no había noticia suficiente —continuó—. Eso fue lo que pensé entonces. Lo que me molesta ahora es no recordar si le dije claramente que necesitaba más pruebas o si fui aplazando el asunto hasta que dejó de escribirme.

Miré el cuaderno.

Una periodista podía olvidar el tono de una conversación.

Las notas no conservaban necesariamente todo lo que se había dicho.

Pero aquella página demostraba que Marisa había registrado las dudas de Aurora en 2013.

No eran una reconstrucción hecha después de su muerte.

—¿Y el correo? —pregunté.

Marisa acercó las dos hojas.

* * *

La primera tenía el formato de una impresión de correo electrónico.

En la cabecera aparecían una dirección de remitente, el nombre de Marisa como destinataria y una fecha.

19 de diciembre de 2013.

Leí el asunto.

Sobre la revisión de los turnos.

El mensaje era breve.

Aurora agradecía a Marisa que la hubiera escuchado semanas antes. Después explicaba que seguía sin conseguir una respuesta satisfactoria sobre algunas diferencias entre los cuadrantes utilizados para organizar el trabajo y las relaciones que se daban por revisadas al final del periodo.

Me detuve en uno de los párrafos.

Aurora decía que, al comparar las copias que había visto, una sustitución aparecía finalmente cubierta pese a que ella no había conseguido confirmar quién había realizado ese turno.

No afirmaba saber que nadie lo hubiera cubierto.

Pedía que se comprobara.

Seguí leyendo.

Quería saber cómo solicitar que se conservaran ambas versiones, incluida la anterior a la corrección, y quién debía responder por la comprobación.

También insistía en que no deseaba una publicación que identificara a compañeras sin su consentimiento.

La última frase era una pregunta:

¿Hay alguna manera de exigir que me contesten por escrito antes de dar la incidencia por resuelta?

Dejé la hoja sobre la mesa.

No era una denuncia de fraude económico.

No hablaba de plazas ocupadas ni de facturación.

Era una petición de orientación sobre registros laborales.

Pero tenía una precisión que no había encontrado en el artículo publicado.

Aurora no se limitaba a denunciar que faltaba personal.

Quería saber quién comprobaba las correcciones y dónde quedaba constancia de ellas .

—¿Le respondiste? —pregunté.

Marisa me mostró la segunda hoja.

Era una copia impresa de su contestación, fechada al día siguiente.

Le explicaba que no podía establecer por sí sola si había existido una irregularidad.

Le recomendaba pedir formalmente la documentación correspondiente y buscar asesoramiento laboral o jurídico.

También le recordaba que una investigación periodística no sustituía los procedimientos para reclamar una revisión.

Había una frase final:

Si consigues una respuesta documentada, podemos volver a hablar.

Miré a Marisa.

—¿Volvisteis a hablar?

—No que yo recuerde.

—¿Ese fue su último mensaje?

—El último que encuentro en este material.

—¿Conservas el correo digital?

—No lo sé. Esta impresión procede de mi cuenta de trabajo de entonces. Dejé el periódico años después y no tengo acceso a ese buzón.

—¿Y el mensaje original del archivo?

—Podría existir en alguna copia histórica del sistema. También podría haberse eliminado con los cambios de proveedor. No quiero asegurarte ninguna de las dos cosas.

Aquellas hojas eran importantes, pero seguían siendo impresiones cuya correspondencia con los correos originales no habíamos comprobado.

—¿Por qué las imprimiste? —pregunté.

Marisa se puso las gafas.

—Porque entonces guardaba en papel la correspondencia de algunas noticias delicadas. No había un sistema de archivo tan cómodo como el de ahora y nunca me gustó depender únicamente del correo.

Sonrió.

—Después fui dejando las carpetas en cajas y me olvidé de ellas.