Capítulo 21. Las versiones de Mateo #3
Esperamos hasta que apareció el justificante.
Lo guardó con el resto de la documentación del asunto.
No hubo ninguna resolución.
Nadie confirmó que las reservas fueran improcedentes.
El sistema solo acreditó que se había presentado una comunicación ese jueves.
Aun así, Mateo permaneció un rato mirando la pantalla.
—Tenía que haber hecho esto antes —dijo.
Inés cerró la ventana del registro.
—Ahora está presentado.
No añadió nada más.
* * *
Salimos del despacho pasadas las siete.
Mateo me acompañó hasta la parada del autobús.
Durante unos minutos caminamos sin hablar.
Hacía fresco. Los escaparates comenzaban a cerrarse y había poca gente en la acera.
—¿Estás más tranquilo? —pregunté.
Mateo tardó en responder.
—Un poco.
—¿Por haber presentado el escrito?
—Por haber dejado de intentar resolverlo todo por mi cuenta.
Lo miré.
—Eso ya es bastante.
Sonrió.
—Supongo.
Nos detuvimos junto a la parada.
—¿Crees que esos documentos explican por qué me amenazaron? —preguntó.
No esperaba que fuera él quien me hiciera la pregunta.
Pensé en las dos versiones.
En las fechas impresas.
En el cambio de las plazas disponibles a reservas regularizadas.
Después recordé el mensaje del miércoles siete.
Queremos las copias de los cierres de Santa Oliva que estás moviendo.
—Creo que los mensajes demuestran que alguien quería obtener documentación de ese tipo —respondí—. Pero todavía no sabemos si buscaban exactamente estas hojas ni cómo se enteraron de que las tenías.
Mateo asintió.
—Eso mismo me dijo Inés.
—Entonces estamos de acuerdo los tres.
Soltó una pequeña risa.
—Eso sí que es raro.
El autobús apareció al final de la avenida.
Antes de que llegara, Mateo se volvió hacia mí.
—Clara, no tienes que seguir investigando por mí.
—No estoy haciéndolo solo por ti.
—Lo sé. Pero tampoco quiero que sientas que debes terminar algo que yo empecé.
Lo observé.
Había pasado días enfadada porque me había dejado fuera de sus decisiones.
Ahora mi hermano estaba intentando no decidir por mí.
—Quiero averiguar qué ocurrió con la esquela —dije—. Y también quiero entender por qué una persona que trabajó en Alerce aparece en cuatro ceremonias que acabaron en el archivo del periódico.
Mateo no me pidió nombres.
—Entonces hazlo de una manera con la que puedas estar tranquila —respondió.
El autobús se detuvo.
Nos abrazamos.
—¿Vienes a ver al perro el fin de semana? —pregunté.
—Sí. Te confirmaré cuándo.
Subí.
Desde la ventana lo vi alejarse calle abajo.
* * *
Cuando llegué a casa, el perro estaba dormido en su manta.
Abrió un ojo al escuchar la puerta.
—Ni te has enterado de que me he ido —le dije.
Se levantó con desgana y vino a saludarme.
Lo saqué a pasear antes de cenar.
Después abrí el cuaderno.
Había escrito tantas veces el nombre de Santa Oliva que empezaba a resultarme extraño recordar que, dos semanas antes, no sabía nada de aquella residencia.
Busqué la página correspondiente al martes.
Allí estaban las cifras que Darío me había mostrado.
Veintiuna plazas ocupadas.
Veinticuatro estancias declaradas.
Una semana de marzo de 2017.
Ahora tenía otras dos referencias del mismo periodo.
En una versión, tres plazas libres.
En la otra, tres reservas regularizadas.
No escribí que una de aquellas hojas hubiera sido falsificada.
Tampoco que la segunda explicara por sí sola la diferencia de facturación.
Lo que había visto era una modificación documental concreta. Si había sido legítima, debería existir una explicación respaldada por el procedimiento y por los registros correspondientes.
Anoté también que Inés había presentado una comunicación formal y obtenido el justificante.
Era un cambio pequeño si lo comparaba con todo lo que seguía sin aclararse.
Pero significativo.
Hasta entonces las preguntas habían circulado entre personas que conocían una parte de la historia y conservaban copias cuya procedencia todavía debía reconstruirse.
Ahora una discrepancia identificada había sido comunicada a la entidad que podía comprobar los originales.
Eso no garantizaba una respuesta favorable ni rápida.
Al menos fijaba qué debía examinarse y dejaba constancia de la solicitud.
Pasé a las notas sobre Aurora Serra.
Había muerto en 2014.
Mucho antes de las dos versiones que acababa de comparar.
Recordé lo que Marisa Olmedo me contó sobre sus reclamaciones y lo que Elena había admitido acerca de una revisión que aseguró haber realizado sin haber comprobado lo que Aurora preguntaba.
No podía utilizar aquellos recuerdos como prueba de las cifras de 2017.
Pero necesitaba saber si la enfermera había dejado alguna constancia de sus advertencias antes de morir.
Marisa no conservaba los cuadrantes que le mostraron en su día.
Quizá aún pudiera orientarme sobre qué otra persona había estado presente en aquella conversación y si aceptaría hablar.
Cerré el cuaderno.
La presentación del jueves no resolvía las cifras de marzo. Habíamos pedido a la administración que examinara una pregunta precisa; la respuesta seguía pendiente. Entretanto podía volver a las notas de Aurora sin hacerles decir lo que todavía no sabíamos.