Capítulo 21. Las versiones de Mateo #2
—Entonces, para que aparezcan como reservadas tendría que haber ocurrido algo más.
Inés señaló las hojas.
—Algo que estas copias no explican. Podría existir una asignación posterior, una modificación administrativa o una corrección cuyo soporte no tenemos. Hay que pedirlo.
Miré el documento más reciente.
No aparecía ninguna nueva alta.
Tampoco un número de autorización que pudiera seguir hasta un expediente concreto.
Solo aquella expresión.
Reservas regularizadas.
No era una prueba suficiente para afirmar que alguien había inventado residentes.
Pero tampoco podía considerarse una explicación por sí misma.
—¿Y qué relación tiene esto con la facturación? —pregunté.
Mateo se quedó pensando.
—Quienes me dieron los documentos estaban preocupados porque algunas relaciones posteriores utilizaban el total de plazas computables.
—¿La de veinticuatro?
—En este caso, sí.
Miré las hojas.
La misma semana.
El mismo centro.
Veintiuna plazas ocupadas.
Tres plazas reclasificadas.
Había visto otras cifras de ese periodo en el despacho de Inés, pero procedían de la consulta confidencial de Darío.
No podía reproducirlas ante Mateo como si fueran información mía.
Inés conocía ambos conjuntos documentales. Le correspondía valorar si existía una relación comprobable entre ellos y cómo podían utilizarse.
—¿Tienes esa relación posterior? —pregunté.
Mateo negó.
—No dentro del conjunto que yo recibí. Por eso quiero que se busque el original.
Guardé silencio.
Era importante no atribuir a aquellas dos páginas más alcance del que tenían.
Podían mostrar un cambio de clasificación.
Todavía no demostraban que ese cambio hubiera determinado un pago.
* * *
Mateo se levantó para servirse agua.
Cuando regresó, se quedó de pie junto a la ventana.
—Estas son algunas de las copias que me pidieron entregar —dijo.
Lo miré.
—¿Las mencionaron específicamente?
—No por su referencia completa. Pero sí hablaron de los cierres de Santa Oliva y de las personas que conservaban otras versiones.
—¿Cómo sabían que existían?
—Eso es lo que me preocupa.
Su voz había cambiado.
No parecía asustado como el jueves anterior, cuando la esquela llegó al periódico. Parecía enfadado.
—Yo estaba ayudando a ordenar estos materiales —continuó—. No los había publicado. Ni había pedido a nadie que los difundiera. Aun así, alguien sabía que se estaban revisando.
—También podían saber que los documentos existían porque habían trabajado con ellos —dije.
Mateo se volvió.
—Es posible.
—No necesariamente porque alguien os vigilara.
—Lo sé.
Se sentó.
—Pero cuando recibí el mensaje pensé que alguien había hablado.
Inés dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Todavía no sabemos de dónde salió la información que utilizó el remitente. Puede haber varias explicaciones. No debemos señalar a una persona por miedo a que hubiera sido indiscreta.
Mateo asintió.
Lo observé.
Hasta entonces había pensado en los documentos principalmente como una forma de comprobar qué había ocurrido en Alerce.
Para mi hermano representaban también una serie de decisiones personales.
Había aceptado trasladarlos.
Había prometido discreción.
Después recibió amenazas que parecían conocerlos.
Y alguien entró en su vivienda.
No sabía si aquellos hechos tenían un único responsable.
Pero comprendía por qué Mateo temía que una persona que había confiado en él terminara preguntándole cómo se había enterado alguien más.
—¿Quién guarda ahora las dos versiones? —pregunté.
—Inés tiene copias de trabajo y las referencias para localizar las que conserva la persona que me las entregó —respondió Mateo—. Las que saqué de mi casa están protegidas.
No pidió que le creyera por completo.
Lo explicó como una situación que podía documentar si resultaba necesario.
—¿Y vas a entregar esto a la policía? —pregunté.
Inés respondió:
—Los mensajes de amenaza y la intrusión forman parte de un asunto.
Las posibles discrepancias de Alerce son otro.
Puede haber relación, pero cada información debe llegar por el cauce que permita comprobarla.
No conviene presentar documentos administrativos como prueba de quién entró en la casa de Mateo.
Asentí.
Mi hermano también.
Era una distinción que los tres necesitábamos tener presente.
* * *
Revisamos una vez más las páginas.
Esta vez busqué las coincidencias, no las diferencias.
El número de referencia era idéntico.
Las fechas del periodo también.
En ambas constaban veintiuna plazas ocupadas y tres bajas definitivas previas. No aparecían nuevas altas.
La discrepancia estaba concentrada en dos casillas y en una observación añadida.
Tres plazas pasaban de disponibles a reservadas.
El total computable aumentaba de veintiuno a veinticuatro.
Me fijé en el espacio destinado a la validación.
En la primera versión estaba en blanco.
En la segunda aparecía una indicación de revisión por el área de gestión, pero no una firma identificable en la copia que teníamos delante.
—¿Esto se consideraba una autorización? —pregunté.
Mateo negó.
—No puedo saberlo.
Inés examinó el recuadro.
—Es una referencia al circuito interno. Para determinar quién validó la modificación necesitaríamos la hoja completa, el registro de versiones o la correspondencia que la acompañó.
Pensé en Elena.
El lunes había reconocido que firmó documentos con incidencias pendientes. Pero la copia que me mostró era distinta de aquellas relaciones.
No podía adjudicarle el cambio.
Tampoco sabía si había visto esas versiones en su momento.
—Hay algo que me gustaría que comprobarais —dije.
Inés levantó la vista.
—Dime.
—No solo si existen esas reservas. También quién las pidió, en qué fecha y cómo se incorporaron al cierre.
Mateo miró las hojas.
—Eso es precisamente lo que nunca me explicaron.
—Pues habrá que preguntarlo a quien conserve el expediente.
Inés tomó nota.
Después añadió:
—Y comprobar si la categoría de plazas de estas hojas coincide exactamente con la que se utilizó en las liquidaciones. Una referencia parecida no basta.
Asentí.
Habíamos conseguido formular una pregunta que podía responderse mediante documentos.
No dependía de que Elena recordara una conversación ni de que Mateo identificara a quien lo había amenazado.
Alguien tendría que enseñar el soporte de aquella reclasificación.
O explicar por qué no existía.
* * *
Cuando terminamos la comparación, Inés nos explicó qué iba a hacer.
Había preparado un escrito para poner en conocimiento de la entidad responsable de la financiación una discrepancia documental concreta. No incluía acusaciones penales ni nombres de residentes.
Identificaba el centro, el periodo y la categoría de plazas. Solicitaba comprobar los registros originales de movimientos, la justificación de las posibles reservas, las distintas versiones del cierre y su relación con las estancias declaradas.
También pedía que se conservara la documentación vinculada a aquel periodo mientras se realizaban las comprobaciones.
Mateo revisó el apartado que describía el origen de la consulta.
—¿No aparece el nombre de la persona que me entregó las copias?
—No en este escrito inicial —respondió Inés—. Si resulta necesario aportar su testimonio o documentación original, tendremos que acordarlo con ella y hacerlo por un cauce adecuado.
—¿Y mi nombre?
—Constas como persona representada en la presentación. No es una comunicación anónima.
Mateo asintió.
Leí las conclusiones del escrito.
Eran deliberadamente limitadas.
No afirmaban que existiera una red de facturas falsas.
No atribuían la modificación a Elena ni a ningún responsable concreto.
Pedían que se examinara una discrepancia entre versiones y que se comprobara su justificación.
—¿Esto obliga a la administración a darnos una respuesta inmediata? —pregunté.
—No —respondió Inés—. La presentación dejará constancia de lo que comunicamos y de cuándo lo hacemos. La revisión llevará sus propios plazos, y puede que no nos faciliten directamente documentos que contengan información protegida.
Mateo miró hacia la mesa.
—Pero al menos ya no dependerá solo de que guardemos las copias nosotros.
—Eso es parte de lo que buscamos —dijo Inés.
Volvió al ordenador.
Revisó la identificación de la persona representada, los datos del órgano destinatario y el objeto de la comunicación.
Después nos pidió que comprobáramos una última vez la descripción del periodo.
Del seis al doce de marzo de 2017.
Santa Oliva.
Veintiuna plazas ocupadas según una versión.
Tres plazas reclasificadas como reservadas en otra versión posterior.
No se afirmaba que la reclasificación careciera necesariamente de soporte.
Se solicitaba comprobarlo.
Mateo autorizó la presentación.
Inés la registró por vía electrónica.