Capítulo 20. Mi hermano sabía #3
Podía contarle algunas cosas de mi investigación, pero no utilizar las confidencias de terceros para aliviar la tensión de aquella conversación.
—He encontrado información pública sobre Santa Oliva y he hablado con personas que conocieron a mamá —respondí—. Algunas cosas todavía no puedo compartirlas.
Mateo asintió.
No pareció ofendido.
—Entiendo.
Me sorprendió la facilidad con la que aceptó la respuesta.
Durante una semana habíamos discutido por algo parecido.
Ahora ambos sabíamos lo que costaba respetar un límite sin convertirlo en un muro.
—Hay algo que sí quiero enseñarte cuando podamos hacerlo con Inés —añadió.
—¿Qué?
—Dos versiones de una misma relación administrativa. Las referencias coinciden, pero tienen fechas de preparación distintas y hay datos que cambiaron entre una y otra.
Lo miré.
—¿Qué datos?
—Todavía tenemos que comprobar si la segunda era una corrección legítima. No quiero decirte que manipularon cifras si no sabemos por qué las modificaron.
Pensé en las relaciones que Darío me había mostrado el martes.
No sabía si Mateo hablaba de los mismos materiales.
Tampoco podía deducirlo de aquella descripción.
—¿Las tienes tú? —pregunté.
—Hay copias bajo custodia. Inés sabe cuáles son y está ayudando a localizar los documentos con los que pueden contrastarse.
—Entonces veámoslas cuando tengamos autorización.
—Eso quiero.
Me observó unos segundos.
—Y quiero que estés presente.
No había hecho falta exigírselo.
* * *
Regresamos despacio hacia mi calle.
Mateo se quedó unos minutos frente al portal, jugando con el perro.
El animal iba de uno a otro, incapaz de decidir a quién debía prestar atención.
—¿Quieres quedarte a cenar? —pregunté.
Mi hermano dudó.
—Hoy no. Tengo que regresar.
—¿Al lugar donde estás alojado?
—Sí.
No le pedí más detalles.
Mateo se agachó para despedirse del animal.
—Pórtate bien con tu tía.
El perro le lamió la mano.
Cuando se incorporó, lo abracé.
Esta vez no era porque hubieran entrado en su casa ni porque acabáramos de salir de una comisaría.
Lo abracé porque habíamos conseguido tener una conversación que llevábamos demasiado tiempo aplazando.
—Gracias por contármelo —dije.
—Debí hacerlo antes.
—Sí.
Nos separamos.
Mateo sonrió apenas.
—No ibas a dejarme escapar sin decirlo.
—No.
—Ya me lo imaginaba.
Lo vi alejarse hacia la parada.
El perro tiró una vez de la correa, intentando seguirlo.
Después regresó conmigo.
* * *
En casa preparé algo de cenar y dejé que el perro se acomodara sobre su manta.
Abrí el cuaderno.
No necesité buscar las anotaciones sobre las fotografías.
Fui directamente a la página de la esquela.
Jueves 8 de octubre. Recepción a las 11:17.
Debajo figuraban las tres etapas de su entrada en el sistema: recepción comercial, excepción manual y llegada a revisión editorial.
En otra página tenía anotado el mensaje que Mateo me enseñó el martes trece.
Ahora podía añadir lo que acababa de mostrarme.
Miércoles 7 de octubre: Mateo recibe exigencia de entregar copias de cierres de Santa Oliva e identificar a otras personas que conservan documentación. Plazo indicado: lunes 12.
Escribí después:
Mensaje posterior del mismo día: referencia expresa a nuestra familia.
Me detuve antes de continuar.
No había visto la conversación íntegra de las semanas anteriores. Mateo se había comprometido a aportarla por los cauces correspondientes, y yo solo conocía los mensajes que había decidido enseñarme.
Pero ya podía establecer algo que antes ignoraba.
Mi hermano conocía el plazo del lunes doce antes de que yo recibiera la esquela.
La fecha no había aparecido por primera vez en un anuncio funerario.
Formaba parte de una exigencia dirigida a él.
No podía demostrar todavía que las dos comunicaciones procedieran de una misma persona. Tampoco sabía quién había decidido utilizar el periódico para amenazarlo.
Pero las fechas y el contenido justificaban comprobar esa relación.
Pasé a las notas del lunes doce.
Mateo había retirado documentos de su vivienda por la mañana. Había dejado al perro con una vecina. Había salido de casa y regresado a su edificio después de que encontraran la puerta forzada.
El portátil había desaparecido.
No sabía a qué hora habían entrado.
Ni quién.
Lo que sí sabía era que, mientras yo esperaba su llamada de las seis, mi hermano ya había decidido no entregar la documentación ni identificar a las personas que conservaban otras copias.
Me quedé mirando el cuaderno.
Durante días había pensado en el anuncio como una amenaza cuya explicación estaba encerrada en el periódico.
Ahora comprendía que alguien había elegido una fecha que Mateo ya conocía.
La esquela había conseguido lo que pretendía una amenaza: llevar el miedo hasta nuestra familia.
Pero no había conseguido que mi hermano entregara los documentos.
Apagué la luz de la cocina.
El perro levantó la cabeza cuando pasé junto a él. Me agaché para acariciarlo y después fui a cerrar la puerta del dormitorio.
Al día siguiente seguiríamos sin conocer al responsable.
Pero esa noche, por primera vez, mi hermano y yo sabíamos lo mismo sobre el plazo del lunes.
Y podíamos empezar a decidir qué hacer con ello.