La mujer de los obituarios Capítulo 20. Mi hermano sabía #2
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Capítulo 20. Mi hermano sabía #2

No era la que había utilizado en el despacho de Inés.

—He preparado esto para que no terminemos hablando de memoria.

Abrió una página.

Había anotado tres fechas y una lista breve de tipos de documentos.

No aparecían nombres de personas.

—A finales de septiembre empecé a organizar con Inés qué copias conservaba y qué referencias podían servir para localizar versiones completas —dijo—. Queríamos evitar entregar materiales sin saber de dónde procedían.

—¿Y alguien se enteró?

—Eso parece, pero no sabemos cómo.

—¿Por qué dices que parece?

Mateo señaló el teléfono.

—Porque los mensajes utilizaban expresiones muy parecidas a las de las carpetas que estábamos revisando. No decían simplemente que dejara de investigar. Querían los cierres de Santa Oliva y saber quién tenía las otras copias.

Lo pensé.

Conocer la existencia de aquellos documentos no demostraba que el remitente trabajara en la fundación.

Podía haber recibido información de otra persona.

Pero la exigencia era bastante más concreta que una amenaza genérica.

—¿Y qué hiciste cuando recibiste el ultimátum?

—Hablé con Inés. No entregué nada a quien enviaba los mensajes.

—¿Ni respondiste?

—No al ultimátum. Conservé toda la conversación, también los contactos anteriores. Inés está revisando cómo incorporarla de manera completa a la denuncia.

—¿Entonces el lunes qué tenías que hacer?

—Se suponía que era el último día para entregar las copias y facilitar los nombres de quienes conservaban las demás.

—¿Dónde tenías que entregarlas?

—No me dieron un lugar concreto en aquel mensaje. Antes habían dicho que me indicarían cómo hacerlo si aceptaba.

—¿Aceptaste?

—No.

Lo observé.

Por primera vez empezaba a comprender con precisión cuál había sido su decisión.

No se había limitado a esperar que llegara el lunes.

Había decidido no entregar documentos que afectaban a otras personas.

Y alguien parecía haber querido obligarlo a cambiar de opinión.

* * *

—¿Por eso preparaste la bolsa que vi el viernes? —pregunté.

Mateo asintió.

—Quería tener conmigo lo imprescindible si debía salir de casa durante varios días.

—Había una carpeta oscura dentro.

—Sí.

—¿Contenía esos documentos?

—Una parte de las copias y notas para identificarlas. No estaban todas.

Miré la pequeña bolsa cruzada sobre su pecho.

—¿Y el lunes te las llevaste?

—Retiré la bolsa de deporte por la mañana y dejé los documentos en otro lugar. Inés sabe qué medidas hemos tomado para poder localizarlos y aportarlos si corresponde.

No le pedí la dirección.

Había aprendido que saber dónde se guardaba algo también podía convertir a una persona en objetivo de una presión.

Pero necesitaba comprender lo ocurrido aquel día.

—El lunes me dijiste que estabas fuera de casa con alguien de confianza —recordé—. ¿Estabas ocupándote de eso?

—En parte. Quería comprobar que la documentación no dependiera de que yo pudiera volver a mi piso.

—¿Y el ordenador?

Mateo se pasó una mano por el rostro.

—Ese fue mi error.

Esperé.

—Dejé el portátil sobre el escritorio. Había sacado las copias que consideraba más importantes y pensé que bastaba por ese día.

—¿No tenía información sensible?

—Tenía trabajo personal, mensajes y borradores. No guardaba allí todas las copias que querían. Pero no puedo asegurarte todavía qué archivos temporales habían quedado en el equipo ni qué podrían recuperar si consiguen acceder.

—¿No habías previsto que alguien entrara en casa?

—No de esa manera.

Lo miré.

—Pero habías dejado al perro con la vecina.

—Porque tenía miedo de tener que marcharme con prisas. Pensé que podían buscarme, presionarme para una reunión o volver a escribir. No imaginé que encontraría la puerta forzada.

Su respuesta me produjo una mezcla de alivio y rabia.

Había tomado precauciones.

También había subestimado el peligro.

—¿Sabes si entraron antes o después de que terminara el plazo? —pregunté.

—No. La vecina encontró la puerta casi a las seis, pero nadie ha determinado a qué hora entraron.

Era una diferencia que yo conocía desde aquella noche y que, aun así, necesitaba escucharle de nuevo.

—Entonces no sabemos si ocurrió porque no entregaste los documentos.

—No lo sabemos.

Guardó la libreta.

—Yo creo que están relacionados. Pero no puedo demostrar quién entró ni si recibió órdenes de la misma persona que me escribió.

Miré las manos de mi hermano.

Tenía una pequeña rozadura junto al pulgar.

Me pregunté cuándo se la habría hecho.

No se lo pregunté.

Ya teníamos suficientes heridas que intentábamos explicar.

* * *

Seguimos caminando.

El perro había recuperado el entusiasmo y tiraba de la correa hacia una zona con árboles.

Mateo lo dejó avanzar unos metros.

—Hay otra cosa que necesito decirte —comentó.

Me volví hacia él.

—Cuando llegó la esquela al periódico, pensé que alguien quería demostrarme que podía alcanzarte sin acercarse a ti.

—¿Por qué?

—Porque el día anterior habían mencionado a nuestra familia. Y al día siguiente utilizaron tu lugar de trabajo para hacerte recibir un anuncio con mi nombre.

Lo escuché sin interrumpirlo.

—No sé quién presentó la solicitud —continuó—. Ni quién permitió que pasara a tu bandeja. Pero para mí las dos cosas estaban relacionadas.

—Entiendo por qué lo pensaste.

—Cuando me dijiste que habías hablado con Rafael, me enfadé.

Recordé aquel mensaje del jueves.

No tendrías que haber hablado con nadie.

—Lo recuerdo.

—No porque tuviera pruebas contra él. No las tenía. Me enfadé porque había dejado de controlar quién sabía lo que estaba pasando.

—Rafael es mi director. Tenía que comunicarle una incidencia de publicación.

—Ahora lo entiendo.

—Deberías haberlo entendido entonces.

Mateo asintió.

—Sí.

Caminamos unos pasos.

Había pasado muchos años confiando en Rafael. Seguía sin tener un motivo concreto para pensar que hubiera intervenido en la preparación de la esquela.

Pero el miedo de Mateo empezaba a resultar comprensible.

El miércoles siete no había sido el primer día de las presiones.

Cuando yo recibí el anuncio, mi hermano ya sabía que alguien estaba intentando obtener documentos de Alerce y que había fijado un plazo.

—¿Le has contado a Inés todo esto? —pregunté.

—Sí. Le he enseñado la conversación completa, incluidos los mensajes anteriores y los que recibí el miércoles.

—¿Y a la policía?

—Cuando denuncié mencioné las amenazas y la esquela. Estamos preparando la ampliación con los mensajes ordenados y la información del portátil. Prefiero hacerlo bien a entregar frases sueltas que después no pueda explicar.

—Eso está bien.

Mateo se detuvo.

—También quiero que sepas que no pienso volver a negociar con quien me escribió por mi cuenta.

Lo miré.

—¿Te lo han recomendado?

—Sí. Pero también lo he decidido yo.

Fue la primera respuesta de aquella tarde que me tranquilizó de verdad.

* * *

Nos sentamos en otro banco, cerca de la salida del paseo.

El perro se tumbó entre nuestros pies.

Habíamos dejado atrás la fuente y los árboles más altos. Desde allí se veían los autobuses detenerse junto a una avenida iluminada.

—¿Por qué has esperado hasta hoy para contármelo? —pregunté.

Mateo sostuvo la correa con las dos manos.

—Porque quería hablar primero con Inés sobre qué podía enseñarte. Y porque había cosas que me daba vergüenza admitir.

—¿Qué cosas?

—Que sabía que habían amenazado a nuestra familia y aun así decidí contarte solo una parte.

No respondí.

—Pensé que era capaz de proteger a todo el mundo si mantenía cada asunto separado —continuó—. La documentación por un lado, los contactos por otro, tú lejos de todo aquello.

—Y terminó llegando a mi mesa una esquela con tu fotografía.

—Sí.

Miró al perro.

—No sé cómo voy a explicarles a las personas que confiaron en mí lo del ordenador.

Su voz se había apagado.

—Mateo, alguien entró en tu casa.

—Lo sé.

—No eres responsable de que te hayan robado.

—No he dicho que lo sea.

—Pero te estás comportando como si hubieras provocado todo por no esconder mejor las cosas.

Mi hermano tardó en responder.

—Tomé decisiones. Algunas fueron malas. Necesito reconocerlas para no repetirlas.

Me quedé pensando.

Había algo de nuestra madre en aquella manera de asumir responsabilidades sin permitir que otra persona lo absolviera de inmediato.

También había una diferencia.

Lidia solía llegar a las conversaciones con una conclusión.

Mateo estaba empezando a aceptar que podía equivocarse.

—Yo también tomé decisiones —dije—. Revisé fotografías, hice preguntas y busqué relaciones entre personas que quizá no querían ser encontradas.

Mateo me miró.

—¿Conseguiste averiguar algo?

Pensé en Paula.

En Darío.

En Elena y la hoja que había firmado.